De nuevo lo nuevo

Thom Yorke regresa con un disco solista de lanzamiento novedoso pero contenido traicionado por una falla inédita en el cerebro de Radiohead: no es que suene familiar, sino que le falta criterio.

Por Santiago Farrell

En lo que a innovación respecta, el CV de Thom Yorke viene abultado. Como líder de Radiohead, Yorke apeló a la introspección depresiva en plena euforia Britpop (The Bends), despreció la fórmula del éxito para hacer un arriesgado salto a la electrónica (Kid A) y ofreció el disco más accesible de la banda cuando se la daba por muerta (In Rainbows), obra vendida de forma autónoma por Internet bajo un novedoso sistema que pretendía evitar el compromiso con el leviatán discográfico. Con esta mezcla entre vanguardia, inconformismo y una actitud contrera, el nativo de Oxford quedó asociado a una postura progresista, complementada por el apoyo a una serie de causas políticas y ecológicas.

El gesto se repite en Tomorrow’s Modern Boxes, primer disco solista de Yorke desde The Eraser (2006), lanzado sin previo aviso y ofrecido bajo un ambicioso esquema de descarga por el sitio BitTorrent, lo que, de funcionar, “podría ser una forma efectiva de devolver parte del control sobre el comercio por Internet a las personas que están creando las obras […] permitiendo que las vendan por sí mismas, esquivando a los guardianes autoproclamados”, según el inglés. Nada mal, pero por desgracia, si este esquema de publicación de novedad que no es nuevo (todas las obras de Yorke y Radiohead en este siglo implicaron algo parecido) da tanto que hablar, en parte es porque la obra en sí tiene un fuerte olor a déjà vu.

Tomorrow’s Modern Boxes toma gran parte de su paleta sonora de las incursiones electrónicas de Yorke y su banda en estos últimos años, como The Eraser, el injustamente vituperado The King of Limbs (2011) y el gran debut de Atoms For Peace, Amok (2013). Es lo que se detecta desde el vamos, cuando un sintetizador oscilante da lugar a la marcha submarina de “A Brain In A Bottle”. Todos los elementos familiares están en su lugar: la cadena del desánimo del falsete de Yorke, un beat crepitante e inmóvil, ecos de voces fantasmagóricas al fondo, sintetizadores metamórficos; todo está manejado con el cuidado y la precisión de siempre. Hasta que el tema cierra colgando con un sintetizador que oscila en altura a medida que pasa al frente.

Ese cuelgue ejemplifica el verdadero problema con este disco. En realidad, Tomorrow’s Modern Boxes sí exhibe cambios. Se trata de un conjunto más monolítico, no un compilado de temas, y ostenta una fuerte tendencia al krautrock, con composiciones extendidas (“The Mother Lode”, “There Is No Ice (For My Drink)”) e instrumentales y una producción que arma planos espaciosos, bien separados. No cambiará las reglas del juego, pero sería injusto pedirle a Yorke que revolucionara su sonido después de hacerlo tantas veces. El problema es que los cambios son para mal: a la sensación de familiaridad se une otra mucho más inquietante, la de aislamiento, una obsesión con el sonido que descuida la música en las ocho pistas ofrecidas.

Un déjà vu no es lo que ocurrió antes, sino la sensación de revivirlo, y como tal es algo más débil que ese evento anterior. Es lo que pasa en Tomorrow’s Modern Boxes. Yorke apela a procedimientos que ayudó a popularizar y agrega algunos detalles, pero obtiene un rendimiento menos satisfactorio que en ocasiones anteriores, de ahí la impresión de repetición. “Guess Again!”, por ejemplo, es una melancólica y bonita melodía de piano con beats, centro de incontable cantidad de baladas en Radiohead. Eso no tendría mucho que ver si no fuera porque Yorke la estructura exactamente de la misma manera pero con menor calidad: el motivo queda demasiado austero, la ecualización es muy lúgubre y el tema divaga sin rumbo por algo más de un minuto, jugando y divirtiéndose solo.

Así, la mayor longitud de los temas —una novedad— es un desacierto, especialmente en “Truth Ray”, que parece un loop del tercer cuarto de “Echoes” con beats de Kid A, y se arrastra por cinco minutos. El ritmo de casi todo el disco es cataléptico, achaque que por primera vez es justo aplicar a un disco de Yorke. Simplemente no fluye; la suite final, desde “There Is No Ice (For My Drink)” hasta “Nose Grows Some”, parece un remix soporífero y amateur de aquellos instrumentales legendarios de Nine Inch Nails, porque la concentración está puesta en agregar, ecualizar y panear pistas, no en darles un sentido. Y eso es lo verdaderamente triste: por primera vez Yorke no suena especial; es repetido, pero también común terrenal. Falta ese criterio para lo gestual que siempre maravilló tanto desde lo sónico, como cuando entra el bajo en “Before Your Very Eyes” o las vueltas de la melodía en “Codex”, por poner ejemplos bien recientes. Y el disco fracasa.

Tomorrow’s Modern Boxes es enteramente escuchable y Yorke no perdió su talento de hacer sonar dolorosamente bello todo lo que canta, como en “Interference” (“en el futuro, vamos a cambiar de número y perder el contacto”) o en partes de “Nose Grows Some”. Pero esta vez, el jugueteo en los detalles del sonido (la altura del piano que patina de “Pink Section”, el baño de sintetizadores promediando “The Mother Lode”) deja poco lugar al trabajo compositivo, y el disco se convierte en una marcha zombie sosa, producción inmaculada para auriculares. Paradoja digna de este siglo: puede que Thom Yorke haya logrado poner en venta una auténtica caja moderna, pero parece que olvidó revisar el contenido.//z

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