David James Poissant: “Crecí con mucho miedo al infierno”

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Hablamos con el autor de El cielo de los animales, uno de los libros más destacados de 2016. El cuentista estadounidense analiza su universo narrativo. 

Por Alejo Vivacqua
Fotos de Florencia Alborcen

No fue el primero ni será el último, pero si sobre su figura se generó cierto revuelo es porque hay algo de su obra que nos remite a una tradición a la que siempre nos gusta volver. El cielo de los animales (Edhasa, 2016), su primer libro, tiene en sus quince relatos la estirpe que forjó gran parte del imaginario ficcional del siglo XX. Personajes que sobreviven en un mundo hostil, hombres que engañan a sus mujeres y mujeres que se engañan a sí mismas, padres golpeadores y borrachos criando hijos que serán golpeadores y borrachos, bebés que mueren o nacen deformes, adolescentes que esperan el apocalipsis, aferrados al blíster de pastillas, treintañeros que hablan de Dios con culpa, perdón o venganza, aunque hace rato hayan dejado de pensarlo. A esta altura ya a nadie se le ocurre mencionar el sueño americano. Se fue hace tanto ,y quedó tan atrás, que lo único que quedan son los restos diurnos, los resabios de una sociedad corroída por la paranoia. Que, como escribió Philip K. Dick, que algo sabía al respecto, se vincula muy seguido con la realidad.

‘Es mi primera vez en Sudamérica. Tengo un par de días libres y estoy emocionado por conocer la ciudad’, respondió, seguramente por tercera o cuarta vez aquel día, cuando le preguntamos por Buenos Aires. En el marco del FILBA, a fines de septiembre, junto a mucha gente que iba y venía alrededor, Poissant recibió a ArteZeta en la librería Eterna Cadencia.

‘García Márquez… Borges es muy popular…Bor-ges, ¿está bien?’, se rio cuando pronunció lo que suele enseñarles a sus alumnos en la universidad de Florida donde da clase y en la que hace unos años hizo sus estudios.

Con una camisa ancha, fuera del pantalón, anteojos que resaltaban sus mejillas coloradas y una taza de café que quedó sin tomar, Poissant se prestó de buena manera a la entrevista, siempre atento y receptivo a las preguntas y las fotos. A sus casi cuarenta años es consciente de que su debut literario fue muy bien recibido por la prensa y el público.

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AZ: Te llevó más o menos diez años escribir el libro. Dijiste alguna vez que en tus 20’s te sentiste aburrido con tu vida y por eso te largaste a escribir más seguido. ¿Estuviste ansioso en algún momento por publicar? ¿Sentís que hay apuro en otros colegas tuyos?

David James Poissant: Nunca me sentí apurado, no sentí que hubiera un deadline. Yo sabía que iba a seguir escribiendo historias y publicándolas en revistas, pero no sabía si iba a encontrar un editor que quisiera publicar un libro. En Estados Unidos no se lee tanto, la gente mira más televisión y esas cosas, y los que son más lectores tienden a leer más novelas que cuentos. Entonces, un editor tiene que realmente creer en un libro de relatos. En general hay autores que sienten que tienen que tener un libro todos los años y otros que se sienten satisfechos solo con escribir seguido.

AZ: Pusiste a tu madre como ejemplo de que no lee cuentos…

DJP:(Risas) Sí, pero ahora estoy logrando que lea más. Le gusta mucho Adam Johnson, que tiene un libro de relatos que se llama Fortune Smiles.

AZ: Y en el sentido de la publicación, ¿qué les decís a tus alumnos?

DJP: Uno de los errores más comunes que pueden tener escritores principiantes es enviar sus cuentos antes de que estén listos, antes de darle una última revisión, y hay que decirles que, una vez que se sientan listos, es posible que quizás los publiquen o quizás no. Y que no hay nada peor que darse cuenta, quizás diez años después,  de que en tal cuento publicado uno no trabajó lo suficiente.

AZ: Llama la atención que en estos relatos hay temas y obsesiones comunes a pesar de que fueron escritores durante varios años, desde que eras muy joven hasta ahora. Me imagino que hubo mucho trabajo para lograr esa unidad teniendo tanto material.

DJP: Sí, definitivamente tengo obsesiones. Estoy obsesionado con la muerte, con la familia, con el matrimonio, las parejas, relaciones de padres e hijos. Tenía cuarenta relatos, y trabajamos junto a mi editor para seleccionar los que nos parecían mejores.

AZ: Resaltan también las referencias al paraíso, la religión. Tiene que ver tu infancia…

DJP: Fui criado en una iglesia baptista del sur de Estados Unidos, en Georgia, lo cual no fue una gran experiencia porque crecí con mucho miedo a Dios y al infierno, y el infierno no es algo en lo que siga creyendo pero sigue ahí de alguna forma u otra, medio supersticiosamente. Hay una frase en el cuento ‘La amputada’ en la que el personaje dice ‘Le tengo miedo a un infierno en el que no creo’, y eso es muy autobiográfico. Pude, con el tiempo, alejar esa idea del miedo a Dios pero viví en ese ambiente durante diecinueve años, así que sigue ahí de alguna manera.

AZ: Leí que hay gente que te dice que tus historias son tristes y otra gente que les ve la ternura y el humor, y surge la pregunta por el enfoque que un autor le busca a su obra. Sacando, además, la pregunta por la parte autobiográfica, que siempre aparece aunque no se quiera…  

DJP: Hay escritores que dicen que hay mucho de sus vidas en sus obras. No es mi caso. No soy naif, sé que mis padres van a morir, y eventualmente mi mujer y yo vamos a morir, entonces mis historias surgen a partir de lo malo que va a venir en algún momento, y ocasionalmente uso experiencias  de gente que conozco en mis relatos. Por ejemplo, en el cuento ‘Cómo ayudar a tu marido a morir’. El esposo de mi tía murió de cáncer, y fui a verlo un par de veces al hospital y algunas cosas específicas de su proceso vinieron de ahí.  Hay gente que me dijo que el libro le pareció muy deprimente, y otra siente que tiene mucha esperanza. Otra le ve el humor a las historias y, de toda esta recepción, me queda que lo que a mí me interesa es no caer en golpes bajos ni generar ese tipo de emociones forzadas, pero sí quiero honestidad en las experiencias de la vida. Hasta en la historia más triste del libro siento que hay sinceridad, y son cosas que le pasan a la gente de clase media.

AZ: Bueno, hay una tradición norteamericana de retratar a esa clase media. Tus personajes tienen trabajos mal pagos, están disconformes con lo que les toca. ¿Te sentís parte de esa tradición?

DJP: Sí, definitivamente me interesa el little guy.

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AZ: El viaje, el nomadismo, es otra cosa muy presente en la cultura norteamericana. Viviste en muchos lugares y le das importancia a los paisajes. ¿Te interesan menos las historias urbanas?

DJP: Viví en Kentucky, Georgia, Arizona, Florida.  La verdad es que me interesan las historias en los suburbios, y es cierto que mis historias transcurren en lugares más alejados, pero no hago diferencia. Uno de mis escritores favoritos es Rick Bass, cuentista, que vive hace tiempo en el interior de Montana, rodeado de naturaleza, y escribe mucho sobre ese ambiente. Y al mismo tiempo disfruto las novelas urbanas de Paul Auster. Cada locación, creo, es funcional a cada historia en particular.

AZ: Esto es personal, pero vengo de leer hace poco Hijo de Jesús, de Denis Johnson, y noto, a pesar de las diferencias temáticas y de la crudeza en las historias, cierto patrón en cuanto al estilo. Hay algo de contar cosas jodidas de un modo elegante, con pasajes de cierto lirismo que contrastan con la tristeza de las situaciones.

DJP: Bueno, es uno de mis escritores favoritos. Ahora por suerte sale un nuevo libro suyo de relatos, en enero.

AZ: Siempre que surge algún cuentista norteamericano sale el nombre de Carver y la pregunta por su influencia. Pero a vos te gusta contar más, tus historias llevan varias páginas y hay muchas idas y venidas en el tiempo a lo largo de los relatos.

DJP: Sí, en mi primera época mis cuentos eran más del estilo de Carver, y a lo largo de ocho o nueve años de escritura mis historias se fueron alargando, y eso en parte lo tenía Carver también. Porque en su última etapa sus cuentos eran realmente más largos, no lo tenía más a (el editor) Gordon Lish a su lado. En mi caso hay algo que me interesa de tomarse un tiempo para estar con los personajes, meterse en su cabeza y en su mundo, y eso lleva, lógicamente, varias páginas. Empecé escribiendo cuentos de diez páginas y fui yendo más hacia relatos largos, de treinta o cuarenta. Y estoy con una novela que creí que iba a ser de doscientas pero está siendo de quinientas páginas. Pero sí, Carver, Hemingway, Donald Barthelme tuvieron una influencia muy grande que se ve hoy en día. Acá no sé si se conoce tanto a Barthelme, pero tiene un cuento que es mi favorito suyo, que se llama ‘The school’, en el que cuenta que todo lo que llevan los alumnos a la clase se muere. Llevan un perro, y el perro muere, después llevan una lagartija y toca un árbol y el árbol también muere, y después los abuelos empiezan a morirse, y los padres…entonces tiene una premisa absurda que parece graciosa al principio pero después uno nota cierta amenaza latente, y al final de la historia hay algo más triste e inquietante en todo eso.

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AZ: Siguiendo con escritores que te gustan, George Saunders es uno…

DJP: Sí, me gusta mucho. De hecho, estuve con él hace unos meses en Florida, en un evento literario, y yo estaba fascinado . Es uno de los tipos más dulces y cariñosos que conocí. No tiene ego, es budista. Hace poco publicó su primera novela, Lincoln in the Bardo. Me gustó mucho.

AZ: Florida, donde vivís hace un tiempo, está considerado un estado bastante raro dentro de Estados Unidos. No se lo suele asociar con la cultura.

DJP: Vivo en Orlando y todo el mundo automáticamente lo asocia con Disney, pero tenemos mucho arte. Muchos escritores se fueron mudando para allá. Tenemos a Billy Collins, el poeta, a Brian Turner, que es veterano de Irak y escribió un libro buenísimo que se llama Here, Bullet. Creo que Orlando se está convirtiendo en un lugar interesante. Florida en general está siendo parte de una movida literaria muy buena, y hay varios autores escribiendo sobre ella. Porque siempre Florida es tomado un poco con humor, es vista un poco como la Australia de Estados Unidos. Hay cocodrilos y animales que te matan, huracanes, serpientes, muchos turistas. La gente habla como si fuera algo salvaje, pero me enamoré del estado. Es un gran lugar para vivir y para criar hijos.

AZ: Aunque ahora está cambiando, acá no estamos acostumbrados a las escuelas de escritura creativa. ¿Cómo fue tu experiencia?

DJP: Para mí fue una gran decisión. Sé que hay escritores a los que no les fue bien y tuvieron malas experiencias. Depende a donde vayas y quiénes sean tus profesores y, sobre todo, de tus compañeros, si son amables o tienen mucho ego y eso. Hay muchas variables. Si sos extremadamente sensible, un programa de escritura puede resultarte complicado, porque la base de todo es mejorar tu trabajo y corregirte todo el tiempo.  A mí siempre me motivó eso. No hago deportes, pero si hiciera sería de esos a los que los motiva que les griten o los corrijan. Me gustan las correcciones, quiero ser mejor. Soy perfeccionista, entonces cualquier cosa que mejore mi trabajo, lo tomo. Pero, claro, no todos opinan lo mismo. Puedo ver que para escritores de otros países es raro, pero para los estadounidenses es común, tiene una tradición de cien años. Flannery O’Connor, por ejemplo, fue a un programa de escritura creativa. Varios de los que ganaron el Pullitzer también. Me cuesta encontrar a varios que no hayan tenido algo que ver, incluso los que tratan de diferenciarse de eso, como Junot Diaz, un escritor excelente, que casi siempre dice que no estudió pero fue a Cornell, una de las mejores universidades del país.

AZ: Por último, sos melómano, y vi una lista con tus canciones favoritas. Estaban Wilco, Josh Ritter…

DJP: Sí, Josh Ritter me encanta. Lo vi un par de veces y lo que me gusta es que siempre hace recitales íntimos. Pero mi última obsesión es con musicales de Broadway. Con mi mujer fuimos a Nueva York este verano y vimos muchísimas obras. Vimos Dear Evan Hansen, que ganó el premio Tony como mejor musical, vimos la adaptación de The groundhog day (El día de la marmota), que la escribió Tim Minchin, un australiano que es un genio. No sabe leer música pero toca como siete instrumentos y tiene oído absoluto, entonces toca y otra gente traduce eso en el papel. Es increíble. //∆z

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