Danny Collins, esclavo de su público

¿Qué pasa con los artistas consagrados que (sobre)viven de su pasado? Una reciente película protagonizada por Al Pacino dispara una reflexión sobre el público y la industria de la música: cuánto margen tienen las leyendas para seguir innovando en su obra.

Por Luciano Safdie

Danny Collins es una película de 2015 sobre un músico ficticio cuyo presente lo encuentra como un septuagenario que giró por décadas con un repertorio escrito por otros. Al Pacino protagoniza a este artista convertido en lo que conocemos como crooner, cuyo exponente máximo de los últimos años –y buen paralelismo para entender qué tipo de músico intenta representar el film- es Rod Stewart. En una escena, Collins intenta tocar en un pequeño bar una canción nueva (la primera de su autoría en mucho tiempo) y la geronte audiencia le pide su clásico “Baby Doll” cuando él esboza los primeros acordes de piano de su nueva creación. No se anima a hacer lo que quería ni en ese pequeño local en el que se presentó casi de sorpresa porque su público se lo impide.

Lo que le pasa a Danny Collins en esta comedia es lo que le pasa a tantos artistas clásicos e indiscutibles: no sabemos si ellos quisieran hacer otra cosa, pero hacen lo mismo y el público lo celebra. Más aún, sus novedades muchas veces son ¡volver a hacer lo más fielmente posible aquello que hicieron hace mucho! Por supuesto, siempre habrá fans que se enojen cuando Radiohead no toca “Creep” o cuando pagan un ticket para Pearl Jam y Eddie Vedder no grita lo suficiente en “Jeremy”. En casos como estos, el público ha aprendido con el tiempo que sacrificando eso tendrían la posibilidad de enfrentarse a covers, versiones raras, cambios en las listas y hasta canciones que nadie pide, en cada show. Se aprende a esperar la sorpresa; en pocas palabras, la música. Eso lo dispone el artista desde el principio y luego se puede volver una ventaja, un diferencial a favor del espectáculo, así como también un problema. Muchos artistas pueden ser (y han sido) acusados de desagradecidos con su propia obra si no hacen gala de su pasado en cada presentación. Vale recordar a Luis Alberto Spinetta y su negativa a tocar “Muchacha” durante tantos años. Pero, si los grandes –que tienen el capital simbólico para hacerlo- no asumen riesgos, ¿qué le queda al resto?

Muchos artistas en el mundo de la música popular intentan educar a su público permanentemente en cuanto a ideas políticas, sea repudiando o reivindicando arriba del escenario cuestiones de la coyuntura, como participando activamente en campañas electorales –Vote For Change, la gira anti Bush de 2004, es uno de los tantos ejemplos que abundan. Lo que no muchos intentan (y muchos menos logran), es educar a sus seguidores en cuanto a cómo recibir su obra. No hablamos de una correcta interpretación de sus canciones, sino de la idea de que el artista propone y el público dispone. Listas idénticas en cada show, años de giras sin material nuevo, artistas que intentan emular lo que fueron noche tras noche: algunas de las señales de que un músico no ha podido (o no ha querido) educar a su audiencia.

Un ejemplo. Roger Waters llenó nueve veces el Estadio Monumental en 2012 haciendo exactamente lo mismo que había hecho treinta años antes, pero con otra tecnología. En su anterior visita revisitó Dark Side of the Moon. No sabemos si el artista dentro suyo estaba conforme y satisfecho con ese raid de taylorismo musical que fue la gira de The Wall durante 182 shows, pero el público sin dudas lo estuvo. Este quizás sea el más brutal de los casos, pero es sólo uno de muchos ¿Qué hay de malo entonces en darle a la gente lo que la gente quiere? De malo no hay nada, pero acaso cuando Bruce Springsteen sale con un cover impredecible ¿no le está dando a su público lo que quiere? Por supuesto que sí, porque su propuesta a lo largo de los años fue ésa.

De esto hablamos cuando hablamos de educar al público. Se trata de un elemento que guarda una fuerte relación con la relevancia de la obra de las bandas clásicas en el presente (a esta altura algunas de las que surgieron en los noventa ya lo son) y sus shows. Más allá de gustos personales, cuando Springsteen saca un disco, pasa algo, no es una excusa para girar, es un artista trayendo una creación, lo mismo con David Gilmour, la contraparte de Waters. La otra mitad de Pink Floyd no deja de hacer canciones de su ex banda (de hecho son la gran mayoría del set en sus shows), pero al menos intenta mostrar cosas nuevas arriba del escenario y en los álbumes.

Por último, está a la vista lo que los artistas clásicos pueden ofrecer si siguen haciendo música y bancándose los posibles pasos en falso. ¿Acaso Modern Times de Bob Dylan de 2006 no puede ubicarse en entre sus mejores trabajos? ¿Es descabellado decir que The Rising de Bruce Springsteen y la E Street Band es uno de los clásicos de El Jefe? Sus discos inolvidables de los ‘80 no se ponen celosos, cosa que sí ocurre con el público, al que el músico no puede elegir. Sin embargo, Springsteen hace casi cualquier cosa que se le ocurra.

Volviendo a Danny Collins, disponible en Netflix como Directo al Corazón (¿?), el personaje de Al Pacino recibe en su mansión una carta que Lennon le escribió cuando aún era una joven promesa, pero el que la recibe y la lee, cuarenta años después, es un Collins ya agotado tras décadas de lo que él llama “la basura del rock n’ roll”. La basura es la repetición y el hartazgo ante la definición que su mánager le otorga: “no podés elegir a tu público”. Entonces Danny tratará de redimirse con su hijo (un treintañero al que jamás había conocido, interpretado por Bobby Cannavale) y con su obra personal, suspendida para tocar en vivo hits de otros y hacerse multimillonario.

El ejemplo perfectamente opuesto a Danny Collins es Bob Dylan. Nadie le pidió que agarrara una guitarra eléctrica en los 60 y lo hizo. Nadie le pidió que después volviera al folk, nadie le pidió hiciera música gospel, nadie le pidió que sacara un disco tristísimo o que deformara tanto las canciones en cada show a lo largo de los años. Tampoco nadie le pidió esos discos horribles –para gran parte de su público- a principios de los ‘80. Sin embargo Dylan hizo todo eso y hoy su prestigio es inmenso. Hace no muchos años, desde que el mundo aprendió que no puede exigirle nada, Dylan empezó a ponerse en la pose de crooner por pura elección propia, todo un chiste y una obra en sí misma. En varios tramos de sus shows actuales se dedica exclusivamente a cantar, gesticula y hasta ensaya algún paso de baile, algo concientemente ridículo, una auto parodia de su pose apática. El anti Danny Collins.

Ni a Dylan ni a ningún artista de ese calibre surgido en los ‘60 se les exige nada. Nadie va a discutir lo imprescindible de lo que nos dieron. Pero ahí está la diferencia entre seguir creciendo y aportando y educando al público o convertirse en un Danny Collins, alguien que en el final de su carrera no puede elegir ni siquiera qué canción tocar en su propio show.//z

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