Chaco, de Marcos Apolo Benítez

El autor presenta en un libro atípico y con una visión despiadada y sin filtro, un mundo oscuro, ácido y en ruina. Benítez narra la animalidad monstruosa del infierno de Dante en un ingreso a las entrañas de esta provincia olvidada de nuestro país.  

Por Alan Ojeda

¿Cómo se puede construir un mundo? Muchos han elegido la extensión por sobre la intensidad, y optaron por narraciones largas y minuciosas como ese famoso mapa que amenazaba con cubrir la ciudad que suponía representar. Ese método, más afín al mercado (por su capacidad de dividirse en tomos infinitos hasta que la demanda cese) supone, quizá, una imaginación basta y un rigor no menor, pero entonces, ¿qué habilidad correspondería a quien, en unas breves páginas, nos pintara algo más que una geografía imaginaria? Chaco. Odio en El Impenetrable de Marcos Apolo Benítez (editado por Santiago Arcos) es algo más que una descripción de una de las regiones más olvidadas de Argentina, es la condensación de un espíritu. Si Barthes señalaba que es imposible hablar de aquello que uno ama, el odio parece volver todo concreto y aprehensible. En ese caso, podríamos decir que Chaco es la concreción de un odio que todo lo destruye, y que permite crear, sin decorados, un lugar tan temible como una tierra de dragones, pero poblado únicamente por chaqueños y tobas.

En estas épocas de tanta corrección política, Chaco aparece como un cachetazo. Este primer libro del autor –un chaqueño “exiliado” en Rosario- escapa de esa prosa llana y coloquial que abunda hoy en la literatura contemporánea, aún plagada de residuos de alt-lit y abuso de lo anecdótico y del grado cero de la escritura. Sin dificultad, el autor alterna entre dos registros opuestos, provocando un contraste que desacomoda al lector, enfrentándolo a una nueva forma de abyección, más estética, más pulida, incluso bella, como se supone que lo fue el primer ángel creado por Dios. Para justificar esta afirmación, bastaría tomar cualquiera de los fragmentos que componen el libro, y leer. Por ejemplo, en “La belleza en Chaco”: “En ninguna parte del mundo se ven las estrellas como en la noche chaqueña. Solo en lugares tan inhumanos y miserables como éste el cielo presume irónicamente su belleza. La profunda oscuridad de los profundos montes que iluminan la noche, lo más bello de Chaco –sin duda-. Exceptuando a las criaturas nocturnas; sirenas capaces de hacer encallar todo tipo de naves y tripulantes; ¡súcubos implacables! Lo demás: la flora, la fauna, lo autóctono, el crisol de razas, las costumbres, el folklor… Todo abolido por la perversión chaqueña. Todo estático, desforestado, calcinado, envenenado… En Chaco solamente son bellos los fuegos fatuos de la muerte”

Chaco abandona lo obvio. No reniega del lenguaje soez cuando debe ser usado, sin embargo, no le otorga ningún valor en sí. No basta decir infierno para narrar el infierno; no basta usar palabras desagradables para narrar lo desagradable. Eso sería demasiado fácil, una lectura rápida, efectista, sin textura, sin densidad porque el ejercicio de la maldad puede ser banal, pero esa misma banalidad, en su exceso, su crueldad, se aleja del fin práctico (la muerte) y se estetiza, es decir, busca la forma de expresarse de manera indirecta e, incluso, se transforma en un arte.  Esto se manifiesta, especialmente, en la sonoridad de la prosa, en el uso de una adjetivación excesiva pero no inútil, que produce el efecto de expansión sobre cada elemento geográfico que de otra manera sería poco más que anecdótico.

Esta obra es el resultado de una imaginación mito-poética capaz de borrar los límites entre la provincia argentina, el infierno de Dante y el limbo. Si bien el autor se empeña en crear un espacio singular (y lo logra) también diluye los límites de la realidad y lo erosiona todo. Chaco es más una suma de efectos destructivos que un espacio determinado. Y aún peor que Chaco, eso que a la imaginación viene cuando uno pronuncia esa palabra, es lo chaqueño, la “chaqueñitud”, la quintaescencia del mal: “Ahora bien, lo chaqueño, ese rasgo acuciante y oculto, esa maleza macheteada y vengativa, ese monte demente de yuyo cruel y ese desierto fantasma… duerme su siesta temblorosa en el reverso de la percepción. Revés que es la entrada a una pesadilla interminable donde uno deja de imaginar para comenzar a alucinar. Y Chaco es el espectro insistente de los alucinados. La tala de la imaginación”.

El libro agota, paso a paso, todas las experiencias posibles del dolor, el sufrimiento y la decrepitud. Si algo pudo haber sido bello, basta que haya nacido en suelo chaqueño para agangrenarse, deformarse y mutar como por obra de un líquido radiactivo. Incluso el amor, en Chaco, es símbolo de pérdida. En esas tierras el amor es un diablo que roba el alma sin pedir un pacto: “[…] Amar en Chaco despierta el asco de los asesinos. ¡No se os ocurra amar en Chaco! […] Amar en Chaco es una ruta de animales aplastados por la rueda de tu ira y la mía. Una intersección de escorpión e insecto. Una madriguera inundada de kerosén y chispas. Un yacaré dividido a machetazos […] Y es la reina de la nada…dándonos su beso de lengua impenetrable”.

En un último nivel de análisis (el más obvio quizá), este libro podría ser considerado como la autobiografía de un sobreviviente, de un auto-exiliado que ha logrado escapar de las fauces del agujero negro que le había tocado por suerte. Y su odio, como un cuchillo, disecciona y opera incluso sobre los rasgos más mínimos y abstractos, porque como el amor, es una experiencia total, sin tregua. Es por eso que se puede dar al lector un solo consejo. Como dijo William Carlos Williams en el prólogo a Aullido: “Remangaros las faldas, señoras mías, vamos a atravesar el infierno”.//z

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