Carlos Bernatek: “Sirve la mirada que tenés ahora, el resto es refrito”

Hablamos con el escritor sobre su trilogía de novelas ambientada en el mundo marginal de Santa Fe, su provincia por adopción, la relación conflictiva entre el pasado y el presente en la Argentina y la incertidumbre que genera dedicarse a la literatura en un país volátil. 

Por Juan Carrique

Foto por Rafael Calviño

 

Acaso sin darse cuenta, Carlos Bernatek ha concretado un proyecto literario extraordinario en tiempos de cuentos cortos y nouvelles. Con El hombre de cristal (Adriana Hidalgo editora, 2019) concluyó la ambiciosa Trilogía de Santa Fe, ciclo de novelas que se inició en 2015 con la publicación de La noche litoral y continuó en 2017 con Jardín primitivo. Tres ficciones descarnadas que retratan la vida en los márgenes de aquellos que no acatan los principios divinos del trabajo y el sacrificio.

Ovidio Balán, “el gran monologuista no apto para la hora del té”, en palabras de Horacio González, es quien vertebra la saga. Sus aventuras iluminan los rincones más sórdidos y grotescos de una ciudad-pueblo que hierve de calor y que no sólo esconde estafadores, chantas y sicarios, sino también personajes como Jota, el desasosegado burócrata que también protagoniza El hombre de cristal. Situada en los primeros años del 2000 y plagada de referencias a “hechos reales” de la historia reciente del país, la Trilogía de Santa Fe consagra a Bernatek como uno de los grandes narradores de la década.

Nacido en Avellaneda en 1955 pero “santafesino por opción”, trabajador de la Biblioteca Nacional desde hace doce años y con más de diez libros publicados –entre los que se destacan Rencores de provincia (Adriana Hidalgo editora, 2008) y El canario, ganador en 2016 del Premio Clarín-Alfaguara de novela– Carlos Bernatek es una figura enigmática de la literatura argentina. En la entrevista que le concedió a ArteZeta unos días antes de las PASO cuenta cómo fue el proceso de construcción de la Trilogía, adelanta cuáles serán sus próximos libros y confiesa la incertidumbre que le produce la posibilidad de jubilarse el año que viene: “es como dar un paso al vacío”.

AZ: ¿Cuál fue el germen de la historia? Primero de La noche litoral y después de la Trilogía de Santa Fe como un proyecto más grande.

Carlos Bernatek: Este quilombo empezó con un cuento corto de veinte páginas y terminó con una novela larga de setecientas. En principio fue un cuento que se llamaba “La carne”. Ni siquiera transcurría en Santa Fe, pero ya aparecía Ovidio, aunque tenía otro nombre. Lo leí un par de veces en público y a la gente le agarraba unos estertores… Les daba entre risa y asco por las situaciones que relataba. Ahí dije “este tipo da para más, acá hay otra cosa”. Lo primero que me puse a buscar es dónde mierda pasaba esto, y era Santa Fe. No podía ser otro lugar. Inconscientemente había descripto periplos que son de Santa Fe. Entonces me dediqué a laburar sobre el lenguaje, que era lo que sostenía todo, y que es el lenguaje que vos escuchás en un bar de Santa Fe: el lenguaje de machos. En Santa Fe había cafés –ahora las cosas cambiaron– donde había solo hombres y no entraba una mujer ni por error. El Doria, por ejemplo, que yo lo nombro por ahí. Y el lenguaje es el del macho provinciano medio pelo. Toda esa escucha fue lo que terminó de delinear al personaje. Cuando lo tuve dije “bueno, voy a probar si esto da para más”. Porque como cuento era largo –hay que sostener un cuento veinte páginas–, pero había más sustancia atrás. Y ahí encontré que era Ovidio. Ovidio era un personaje que yo conocí, un vago de mierda que vivía en la peatonal, pero no se parecía a este. Era un gordo forro que se creía que era Gardel, pero tenía una cosa fascinante: pertenecía a esa clase media santafesina e iba al colegio de la aristocracia, el colegio de la Inmaculada. Ahí iba el hijo del comerciante pero también el hijo del estanciero. Y se daba esa rara convivencia en que un clasemediero se criaba con un oligarca.

AZ: ¿En qué momento decidiste que era una trilogía?

CB: Cuando terminé La noche litoral no tenía idea que podía ser una trilogía. Pero me empezó a entusiasmar el hecho de que lo dejo a Ovidio en una situación que da para más. Ovidio tiene más cuerda todavía. Ahora, cuando me planteo hacer una continuación, digo “no quiero que siga sumando anécdotas del mismo tenor”. Me aburro de escribirlo y no me sirve, no crece el personaje. Entonces la fórmula para mí es hacerlo envejecer, por eso está esa división tan tajante en Jardín primitivo que es la isla y la evocación. Primero, lo saco de su hábitat. Lo llevo a un lugar cercano pero asfixiante, como es la isla, y lo rodeo de esos engendros que son sus amigos. Son bien patéticos, típicos ejemplares de la clase media santafesina: el abogado que saca presos, el otro que odia a los negros, el cocinero… Y después, bueno, la cosa era seguir la historia y meterlo a Fendrich, que era la frutilla del postre [NdE: Mario Fendrich fue el ex-tesorero del Banco Nación de Santa Fe que en 1994 se robó más de tres millones de dólares de la sucursal, en lo que se conoció como “El robo del siglo”]. Yo lo llamo El Quía, y pongo esa salvedad porque en el libro aparecen detalles que se conocen pero que no salieron nunca en los diarios, como la guita que se robó, que en realidad era mucha más.

AZ: Horacio González dijo que tus libros son “una incesante apología del borde más harapiento de las vidas”. ¿Por qué te interesa retratar a esta clase de personajes?

CB: Estos personajes son marginales. El marginal habita ese lugar y ni siquiera es consciente de que es habitante de ese lugar. Tiene un discurso del deseo de otro lugar –aspiraciones que nunca va a realizar– y al mismo tiempo un ancla clavada donde nació… Me interesa porque son como apátridas, pero al mismo tiempo son muy patriotas. Digo: este tipo odia a su entorno, odia a la gente con la que tiene que departir a diario, sueña con irse a la mierda con un montón de guita, pero en realidad no hace nada para que eso ocurra. Hace todo para quedarse. En los otros libros, al menos, Ovidio cuando describe la ciudad habla siempre del “entre bulevares”. “Entre bulevares” es como la parte rescatable de la sociedad, la parte que está a salvo del malón, porque el resto es el malón. Y él no quiere salir mucho de ese perímetro. Cada vez que sale es como que va a una excursión a los indios ranqueles, y después vuelve cagando al lugar que pertenece.

AZ: ¿Qué análisis hacés del derrotero de Ovidio desde La noche litoral hasta El hombre de cristal? ¿Qué se sostiene y qué cambia en el personaje?

CB: La noche fue una explosión. Fue un libro que enganchó a mucha gente que no me había leído antes. Era muy incorrecto, y la incorrección con el humor daba como resultado una cosa patética. Ovidio era un personaje fuerte y tenía que controlarlo porque se te iba a la mierda en cualquier momento. En los libros siguientes, esa incorrección se va a aplacando a medida que envejece. Yo traté de ponerme mucho en la situación del tipo con ese esquema de pensamiento, sin modificarle la estructura de lo que lo sostiene. A él lo sostiene el rechazo al trabajo formal –esa ilegalidad que no lo va a llevar en cana, aunque está siempre merodeando la zona fronteriza del delito–, la exaltación con el sexo y con las minas, la posibilidad de tener aventuras y estar siempre en la búsqueda de una escapatoria, en el caso de El hombre de cristal, con el tema del falsificador. Si bien Ovidio sigue manteniendo estas características, también notás que se va quedando sin nafta y va terminando en un lugar cada vez de mayor patetismo.

AZ: Por lo que contás, da la impresión que en las ciudades chicas como Santa Fe los personajes como Ovidio son atemporales. Sin embargo, en las tres novelas hay muchas referencias a hechos históricos que efectivamente sucedieron, aunque no se precisan las fechas. ¿Vos tenés claro en qué tiempo transcurre la historia?

CB: No lo tengo claro porque no lo quise poner claro desde el principio. Quise que fuera una melange donde hubiera una ciudad intemporal, donde hubiera una memoria del pasado, pero que el presente no fuera muy transparente tampoco. Porque el presente es como una nada que está formada por esos pasados superpuestos. Por eso no pongo fechas yo. Cito acontecimientos. En La noche litoral citaba la inundación del 2003. O sea que todo transcurre del 2000 para acá, bastante avanzado el 2000. Pero no hay una fecha precisa nunca. Para alguien que no conoce la historia da la sensación de un territorio que está cercano a su fundación, porque siempre te da una sensación de proximidad de la tierra, decís “pero acá falta el indio, en cualquier momento aparece el indio”; y, por otro lado, hay como una falsa modernidad. En otras palabras, hay una memoria bastante cercana de lo que fue y el presente es como un presente continuo, que se aproxima a lo que somos ahora pero no es ahora, sino que siempre da la sensación de ser arcaico. Eso fue muy deliberado, eso me lo propuse porque quería esfumar toda la cuestión puntual.

AZ: Si bien naciste en Avellaneda y viviste mucho tiempo en Buenos Aires, por lo general sos reconocido como un escritor santafesino. ¿Cómo te vinculás con su tradición literaria? 

CB: Yo soy un francotirador en Santa Fe. No puedo decir que soy heredero de ninguna tradición porque soy un lector de la tradición. Por lo general, cuando hablás de Santa Fe la primera referencia a la que acude todo el mundo es a la de su escritor más fuerte: Juan José Saer. Ahora, yo con esa tradición más que lector no tengo otras inferencias. Hay otros autores santafesinos que también podés frecuentar allá y acá ni siquiera se conocen: Lermo Balbi o Mateo Booz, que es otro clásico de la literatura de la inmigración, autor de Los inundados.

AZ: Es curioso porque, en ciertos momentos, hablás como santafesino y, en otros, te parás en un lugar de mayor ajenidad y distancia, al punto de decir que sos un francotirador allá. ¿Cómo es tu relación actual con Santa Fe?

CB: El tema es que yo estuve en años muy fuertes para cualquiera. Pensá que me fui por primera vez en el año ‘72 a Santa Fe y vi distintas ciudades. Fui viendo y viviendo en distintas ciudades. En los ‘70 con la euforia de los ‘70, ya cuando vino la dictadura con la paranoia y la persecución. Toda la gente que conocía en aquel entonces salió eyectada. Yo mismo salí eyectado: en marzo del ‘76 me fui. En una ciudad chica era mucho más fácil ser visibilizado y allá la cacería fue terrible. Después cuando volví ya era la reconstrucción, la democracia, hasta que cae el menemismo. Lo que pasa es que vos, en realidad, es como que nunca terminás de ser asimilado. Siempre sos de afuera. Pero te ven con otra proximidad cuando te tornaste repetitivo. A la vez vas rompiendo puentes con lo que tenías atrás. Yo tengo una infancia de Gran Buenos Aires, calles de tierra y demás. Y eso como que va quedando… A veces lo recupero en los textos. Ahora que estuve escribiendo cuentos –estoy trabajando en un libro de cuentos que probablemente salga el año que viene– recuperé muchas cosas de esa etapa, pero escritas ahora, que las veo distintas. Había guardado notas pero tiré todo a la mierda, no sirve de nada. Sirve la mirada que tenés ahora, el resto es refrito. Y tampoco ese lugar existe más. Si yo voy ahora a lo que fue mi barrio de infancia, ya no me reconozco en ese barrio. En realidad es como que te vas quedando sin lugares. Es lo que dicen los teóricos: el pasado y el futuro no existen, existe el presente y donde estás parado. De lo otro tenés la reminiscencia o el recuerdo distorsionado. Es probable que uno vaya modificando todo lo que había guardado de ese pasado cuando lo evoca.

AZ: Hablando de eso, tanto Ovidio como Jota el otro protagonista de El hombre de cristal, parecen vivir atados al pasado, más allá de que su preocupación central sea cómo sobrevivir en el presente. ¿Qué efectos tiene en ellos esta imposibilidad de olvido?

CB: Hay una parte en la que Jota empieza a rememorar todas sus impotencias del pasado, todo lo que no se atrevió, todo lo que postergó, esos lugares donde él se sentía próximo pero no se quería sentir incluido porque a la vez sentía que iba a ser rechazado de antemano. Entonces se ponía al margen, se quedaba con Tati, su amigo, y eran como una yunta de extraterrestres mirando la realidad. El presente es tan pobre para Jota, la realidad es tan pobre, lo que le toca cotidianamente es un reparto de miseria diario, que lo único que le queda es recordar retazos de cosas que le parecieron valiosas en el pasado. Con el agravante de que vos mirás esta sociedad y decís “parece una sociedad ahistórica”. A veces se procede como si en la Argentina no hubiera ocurrido lo que ocurrió. Como si la historia empezara ayer y la gente vota lo que vota porque no hay pasado, que es uno de los problemas más graves que hay: no pararse a mirar de dónde venís para pegar el salto hacia adelante. Y este personaje yo creo que vive prisionero de ese pasado y al mismo tiempo ese pasado es el que le impide seguir hacia adelante. Tiene tanto pendiente, tanto postergado del pasado, que es como que teme seguir sumando postergaciones si sigue avanzando. Entonces es más cómodo quedarse instalado en un puesto burocrático, donde sigue haciendo lo mismo que hace veinticinco años. No quiero metaforizar de modo tan grosero, pero la imposibilidad de Jota es como la imposibilidad de la Argentina. Vos decís “este país no puede dar un paso adelante porque el atavismo que tiene con el pasado no lo puedo solucionar: no puede solucionar su historia.” Y este tipo es como un emergente de esa sociedad. El que puede pegar un paso adelante es el que se caga en todo el pasado, que es Ovidio. Y Ovidio tampoco puede, porque Ovidio en realidad tiene otro tipo de atavismo. Porque se desplaza, se pone al margen, se corre del centro de la escena y mira al resto desde un costado. Es un manual de imposibilidades, la novela es un manual de imposibilidades. Es la victoria pírrica permanente y la imposibilidad de crecimiento.

AZ: ¿Con qué otros personajes o libros de la literatura crees que se asemejan los de tu Trilogía?

CB: Si bien Arlt es el gran foco de todo este sector medio marginal y demás, Arlt es un tipo extremadamente serio con lo que relata. El humor que hay en sus libros es larvado, muy sutil, no está la cosa sainetesca que hay acá. Un tipo que escribió algunas cosas de este tenor podría ser Enrique Medina. Es un escritor que a mí no me gusta, yo no lo sigo, leí sus primeros libros y después lo abandoné. No encuentro un ejemplo para decir “son personajes que podría ser al modo de tal”.

AZ: O podríamos pensarlo de esta manera: ¿entre qué libros pondrías estos tres en una biblioteca?

CB: Es complejo, porque vos pensás en términos de empatía, por algún tipo de parentesco. Yo podría pensar en El jorobadito de Arlt, que por ahí es un texto más sarpado en un montón de aspectos, más irónico, y algo más pedestre… O un sainete, una cosa más de Armando Discépolo. Pero no lo tengo muy preciso. Al mismo tiempo reconozco que con todas las limitaciones que tiene el texto –que son las limitaciones que te da el mismo personaje, el lenguaje, qué se yo– es sumamente ambicioso, excesivamente ambicioso. Muchas veces pensé: se podría depurar mucho el tema y circunscribir más la anécdota, pero me pierdo todo lo otro. Y el cuadro social creo que te completan los personajes siempre, aun cuando sea incompleto.

AZ: ¿Qué estás leyendo y qué autores actuales te parecen más relevantes?

CB: Raro para mí, no estoy leyendo literatura contemporánea. Estoy leyendo un libro al que vuelvo siempre, que son Los mitos griegos de Robert Graves. Es un libro que me fascina desde la infancia, sobre todo con la acumulación de datos, que con toda esta cuestión del feminismo y demás, te remiten a los íconos de la sociedad pre-helénica, por ejemplo, que fue feminista antes de ser machista. Hay cosas que me deslumbran de esos descubrimientos, hasta que te abruma la cantidad y proliferación de dioses, diosecitos y sacerdotisas. Por otro lado, estoy leyendo un libro sobre el atentado a la AMIA que se llama La explosión. Tiene una perspectiva vincular histórica del atentado que nunca había leído. Siempre lo leí circunscripto al hecho, al encubrimiento y demás. Pero visto en perspectiva histórica, el autor empieza a ahondar en la cuestión del negocio de armas y cómo va evolucionando hasta llegar al atentado. Horacio Lutzky se llama el tipo y hace un laburo muy bueno. Es un periodista que dirigió un periódico que se llamaba Nueva Sion, que estaba enfrentado a la conducción oficial de DAIA y AMIA. Tiene muchísima data, mucha información y cita muchos libros que yo ya leí.

AZ: Siempre estás hurgando en la tranfugueada…

CB: Es que eso es el negocio detrás de la ideología. El trasfondo más fuerte que hay en todo el comercio de armas y su vinculación con las drogas es todo lo que uno no sabe y que forma parte de la estructura de poder. Si no lo sabés lo intuís. De golpe decís “¿Cómo Mario Montoto, montonero, termina siendo el representante de las empresas bélicas de Israel en el mundo?” “¿Cómo aparece de socio del marido de Patricia Bullrich?” Y así una cantidad de personajes que van jugando… Lo leés como si fuera un libro de espías, con el agravante de que es una historia real, porque cita mucho a libros que van apostrofando todo lo que el tipo te cuenta. Y si bien yo tengo disidencias, como síntesis de data es tremendo. No te deja dormir, estás todo el tiempo pendiente de sumar un capítulo más porque en todos aparece algo nuevo.

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AZ: ¿Lo podrías pensar como una novela, como algo que te gustaría laburar?

CB: Y… es como un exceso. Es para Ian Fleming eso, qué se yo. Yo no me atrevo a una novela tan excesiva, con tanta proliferación de datos. Por ahí es mejor leerlo desde el periodismo. Si agarrás, tenés que agarrar un fragmento de la historia, no podés agarrar todo. Es difícil darle verosimilitud a cosas que tienen un referente que la gente conoce. Porque si vos vas a contar una historia que los detalles los conocés vos solo, es distinto, te hacés más fuerte porque vos sos el dueño de la historia. Pero cuando tenés una relación con la realidad que tenés que respetar a rajatabla, porque si te fuiste muy a la mierda se te cae la credibilidad de la historia, es más complejo.

AZ: ¿Y a vos qué te gustaría escribir en este momento de tu vida?

CB: Ahora le quisiera encontrar la vuelta a una novela que vengo laburando hace muchísimo tiempo, donde vuelvo un poco a los ‘70. Hay una historia ahí con un represor, una historia que yo conocí de cerca. Un tipo que trabajaba para los servicios pero zafó y se naturalizó en la sociedad sin que nadie sospechara quién era. Hasta que pasado cierto tiempo ocurre un encuentro casual donde alguien lo reconoce. Me gusta ese tipo de ambigüedad en el personaje que vos vas avanzando y no sabés si realmente es lo que se dice que es. Esos personajes que tienen como cualquier persona una maldad larvada y que vos no sabés si la cristalizó realmente o es una intuición tuya y vos estás depositando ahí alguna cuestión personal. Me gusta ese juego y también un aspecto de la evocación de esos años, que creo que no lo escribí nunca. Hay algo en El canario pero no está muy transparente, que son los primeros años del proceso. Quiero ver que sale por ahí. Igual no tengo ningún apuro. Seguramente primero estará el libro de cuentos y después veré.

AZ: ¿Sentís muy diferente la práctica de escribir novelas y escribir cuentos?

CB: Sí, totalmente. El cuento me obliga a cortes, la novela la podés expandir. Después podás, pero la podés expandir mucho más. El cuento te circunscribe y te cierra el panorama. Es otra práctica, que yo tenía medio abandonada. En realidad, si yo miro los dos libros de cuentos anteriores que tengo, creo que muchas veces son un laboratorio de posibles novelas. De los dos libros de cuentos han salido novelas. A veces, novelas que estaban ocultas en la trama, pero salieron de ahí. Y otras veces por una especie de empatía. Por ejemplo, cuando escribí Rutas argentinas, yo tenía un montón de historias que ocurrían en un pueblo [NdE: Danel, trasunto de Esperanza, provincia de Santa Fe] y dije “acá tiene que haber una historia que atraviese a todas”. Ahí surgió Rutas argentinas, con el personaje que va saltando de una historia a la otra. Así que el cuento a veces sirve para eso, y otras veces se queda ahí.

AZ: Y en la poesía nunca te metiste…

CB: Me metí y salí cagando. No es para mí, eso no es para mí.

AZ: ¿Y qué otros proyectos tenés por delante? 

CB: Ahora viene un episodio muy difícil para mí que es que el año que viene yo podría jubilarme. Entonces necesariamente tengo que pensar por dónde voy a ir. No estoy decidido a jubilarme. En realidad quiero ver qué carajo pasa con este país, si existe alguna posibilidad de seguir laburando. En el Estado, cuando llegás a la edad, normalmente te obligan a jubilarte, salvo que haya buena onda. Si eso ocurre tendría que replantearme cosas de todo nivel: laborales, económicas y, al final, el tema de la producción literaria, a dónde carajo va. El tema editoriales, representante, agente es otra cuestión. Yo tengo un agente, pero he vendido poco afuera, vendí dos libros solos. A medida que transcurre el tiempo es como te apura el reloj. Si no metés obra ahora, después va a ser demasiado tarde. Otras cosas no las podés definir hasta que no ocurran.

AZ: ¿Podés imaginar tu vida sin escribir? 

CB: No. No, porque no me quedaría nada directamente. Si no puedo escribir y publicar, que es lo mío… En los últimos años yo no tuve dificultad para publicar. Puedo tener acceso a más de una editorial, pero el problema es que quiero ver a dónde voy. A dónde voy en perspectiva a lo que me falta por hacer, a lo que alguna vez quise hacer, a lo que veo como imposibilidad y a lo que realmente me interesa meterle pata. Pero es complejo. La jubilación es como un paso al vacío. Porque en otro momento uno la pensó como una compensación, decís “bueno, ahora voy a manejar mi tiempo”. Mi tiempo… ¿pero de qué mierda como? Pasás a ser jubilado y pasás a ser indigente. Por eso yo creo que, en realidad, lo que define es octubre. Lo que pase en octubre define todo. //∆z

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