La banda sueca llegó por primera vez a la Argentina para mostrar porque son “probablemente la mejor banda del mundo”. Humo del Cairo y los brasileros Monster Coyote fueron los teloneros.

Por Gabriel Feldman

Fotos de Florencia Videgain


Niceto está bastante lleno. Truckfighters va a tocar por primera vez a nuestro país y sólo un telón separa al trío sueco de su público. Horas antes se había sucedido una especie de superclásico de las américas del stoner: primero Monster Coyote de Brasil generó los primero revoleos de cabezas; después los locales de Humo del Cairo reafirmaron el buen presente que están viviendo. Hasta Niklas “Dango” Källgren y Oskar “Ozo” Cedermalm, guitarrista y bajista respectivamente, andaban paseando por Niceto, disfrutando de la música y chequeando el stand con el merchandising de su banda, como si fueran uno más de la concurrencia. En el stand, entre los discos, DVDs, vinilos, remeras y gorras, hay un volante rojo con el logo de la banda bien grande en amarillo y una bajada más pequeña que dice: “Probably the best band in the World”.

Pero en este momento, con el telón todavía cubriendo el escenario, la gente quiere que el show arranque de una buena vez. Nada pasa. La ansiedad aumenta. No debe haber banda en el mundo entero a la que, mientras está ultimando detalles antes de arrancar, le pasen su hit por los parlantes del lugar. Pero a ellos sí: “Desert Cruiser” suena y el público, aunque sorprendido, canta su estribillo como si el show ya hubiera arrancado: “¡I’mmmm runnnninnnng out of fueeeel!”, el grito catártico que aumenta aún más la manija.

El repertorio de los suecos sigue sonando por los parlantes y unos se miran con otros haciendo air guitar y sacudiéndose con la misma intensidad que lo harían con la banda sobre el escenario; un precalentamiento antes de la partida real quizás. Y cuando los aplausos empiezan a copar el ambiente y un anónimo deja sus pulmones en un “!Vamoooooos¡” enardecido, el sonido del bajo empieza a crecer, la guitarra se suma, se abre el telón y el riff de la ya nombrada “Desert Cruiser” –ahora en directo- hace estallar a los fanáticos.

Están extasiados. Ellos y su público. Dango no puede consigo mismo: en cuero, con sus ojos de loco bien abiertos, tiene la guitarra colgada pero no sabe si sacudir su cabeza, saltar, bailar, sacar la lengua o arengar al público. Por las dudas hace todo junto y sigue tocando, y completa el solo con la guitarra detrás de su cabeza. No parará en lo que queda del show. Ahora sí, Los Truckfighters por primera vez en Argentina. ”Muchas gracias. Somos los Truckfighters de Suecia, ¿están listos?”, grita Ozo, y les sigue “Atomic” y “Last Curfew”. Una de cada uno de sus discos para empezar, Gravity X (2005), Phi (2007) y Mania (2009) respectivamente.

No paran de arengar. Nadie para de arengar. Ellos disfrutan del calor del público argentino y los fanáticos se dejan hipnotizar por estos hechiceros europeos. Mckenzo, su nuevo baterista, se para detrás de los parches, estira su cuerpo y alza sus manos para que el público responda. Quieren hacer que esta noche sea especial y tocan “una que nunca tocamos antes”. “Convention”, anima al público a modo de intermedio para la apabullante y sincronizada “Monte Gargano”. Aplausos y más aplausos.

Ozo se para en el borde del escenario como si fuera el amo y señor del universo y empieza a jugar con los sonidos de su bajo generando la reacción del público. Gritos, palmas, todo es valedero. Grita para que el público conteste y le devuelven el grito. Y, como en la mayoría de sus canciones, es el bajo el que capitanea para luego ser acompañado por sus compañeros. Esta vez es el turno de la epopéyica “Majestic”. Dango baja las escaleras y recorre el pasillo que hay entre la valla y el escenario y se envuelve del público mientras le saca sonidos a su guitarra. El ritmo más aletargado se va concentrando suavemente y de a poco nos sumergen en el trance sonoro tan característico del stoner. Y es imposible no recurrir a la analogía facilista que ofrece la bandera que tienen por detrás con el dibujo de un camión de frente: son un camión que te pasa por arriba.

El tono melódico, más introspectivo, continúa con la primera mitad de “Kickdown”, otra de Phi, pero ni bien explota el estribillo, la calma se disipa y el salto equidistante se apodera de la pista. “¿Qué quieren escuchar ahora?”, pregunta Cedermalm, y una voz gutural y unánime responde graznidos incomprensibles. “No conozco esa canción… esta es ‘Traffic’”. Y así terminan y se despiden casi en seco: “Buenas noches”.

Las luces del escenario continúan prendidas y una voz en off en portugués –alguno de los muchachos de Monster Coyote– se apodera del recinto pidiendo arenga. Aplausos, chiflidos, gritos, lo que sea para que salgan. Y vuelven, claro. Dango agradece con su inglés menos fluido cargado de acento nórdico y de nuevo consulta al público por sus preferencias: “¡Uno por vez que no se entiende nada!”. El bajo de Ozo empieza el machaque de “México”, actualizada para la ocasión (“going down to argentina”) y hay tiempo para una más. Se despiden con “In Search Of (The)”, un clásico de su primer disco. Ozo termina tirando su bajo al público y lo recupera entre algunos tironeos de ambas partes.

Después las luces se prenden, los encargados de limpieza empiezan con su monumental tarea –Niceto se tiene que convertir en boliche– y la gente contenta se agolpa en el hall para comprar los discos, remeras, vinilos o truckcaps que quedan, tal vez sin darse cuenta que Dango y Mckenzo están parados ahí mismo al lado del stand, todavía en cuero y transpirados, como dos tipos cualquiera que están esperando a sus amigos para irse. Firmarán algún disco o dvd, aún un tanto sorprendidos por el fanatismo hacia su música, agradecerán el cariño, se sacarán fotos por aquí y por allá, y todos se irán con una sonrisa en la cara y la noche por delante.