Borges, Inspector de Aves, de Lucas Nine

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En esta novela gráfica, editada por Hotel de las Ideas en 2017, un hecho curioso en la vida del gran escritor argentino funciona como disparador para tres historias detectivescas.

Por Agustina del Vigo

Borges es probablemente uno de los autores más conocidos y parodiados de la historia de la literatura argentina. Para la mayoría, las frases que incluyen su nombre van desde “Es muy difícil leer a Borges”, “Borges, ese genio de la literatura”, “Sí, será un genio, pero era un facho”. Del amor al odio, los argentinos hablan de él como del último Boca-River.

Borges, inspector de aves (Hotel de las Ideas, 2017), de Lucas Nine, viene a contribuir y a romper con esa biblioteca de fraseologías populares. No es el primero en querer experimentar con la materia prima del autor consagrado. Y a esto se refiere Franco Della Imagine en su prólogo: “A Borges se lo engorda, se lo adelgaza; se lo llama a los gritos y luego se lo exorciza; se lo envenena y luego se lo reanima con respiración boca a boca entre reproches y lamentos. Puede ser un furibundo nacionalista tanto como ciudadano del mundo (dependiendo del humor de la paisanada)y lo cierto es que Borges acepta mansamente todos los convites que se le hacen. Eterno colegial, virgen como una página en blanco, se mantiene disponible para toda reescritura”.

Al comienzo del párrafo, cuando Della Imagine habla de “engordar” al autor, se refiere al caso de Pablo Katchadjian, otro escritor argentino que, como Lucas Nine, también tomó la figura de Borges y su literatura para crear algo nuevo. En 2009 le agregó 5.600 palabras a la versión original del cuento “El Aleph” y publicó El Aleph engordado. Fue una edición polémica por la que María Kodama, viuda de Borges, inició un proceso en contra del autor por defraudar la propiedad intelectual, episodio que finalizó hace apenas algunos meses.

Más allá de la anécdota, estos intentos no dejan de ser medios para sacar a Borges de su zona de confort, de esa posición central que ocupa en la historia de la literatura argentina, y devolverlo a los márgenes, el lugar de donde provino. Como todos los que luego fueron canonizados en el santuario del arte, Borges alguna vez se rebeló contra su época. También él fue una especie de Daniel el Travieso que molestaba a su vecino. Si aún viviese, hoy debería lidiar con las piedras y las gomeras de Katchadjian y Nine como hacía el Sr. Wilson en la película norteamericana.

Lo que el público conoce de Borges son, sobre todo, los libros de cuentos que reflejan a un escritor en pleno dominio de su oficio. Infinidad de bibliografías y autores de la Biblioteca Universal se agregan como voces de fondo en casi todos sus textos. Esto es lo que los hace por un lado fascinantes y por otro increíblemente aburridos si no se logra descubrir la referencia. El lector se queda fuera del juego muy fácilmente. Entonces, se escucha, que Borges es difícil de leer. Pero no siempre fue así.

También fue joven, y en ese entonces uno de los lugares en los que solía publicar era la revista argentina Martín Fierro (febrero de 1924 – febrero de 1927) que, heredera de un primer proyecto centrado en la difusión de ideas anarquistas, proponía la independencia intelectual y la ruptura con la tradición. Los artículos y poemas con los que Borges participó criticaban a autores canónicos de la época – como Leopoldo Lugones-, reivindicaban los movimientos vanguardistas – el surrealismo, el cubismo y el posterior ultraísmo español- y discutían con otras publicaciones literarias, en especial La Gaceta Literaria de Madrid. Uno de los debates principales surgió a partir de “La polémica del meridiano intelectual de hispanoamérica”, un artículo que pretendía reivindicar a Madrid como el centro de la vanguardia artística y literaria de todos los países hispanoparlantes. Borges y sus compañeros martinfierristas se alzaron en contra de este neo atisbo colonialista y atacaron a sus colegas madrileños con artículos llenos de frases como: “Che meridiano: hacete a un lao, que voy a escupir.” También esto es la literatura del gran autor argentino.

Lucas Nine revive, de algún modo, el espíritu de este otro Borges. En esta novela gráfica, publicada originalmente en 2012 en la revista Fierro, se lo transforma en un inspector-superhéroe que termina salvando al mundo del advenimiento del Mal. Al mejor estilo de los textos borgeanos, donde la intertextualidad –la mezcla de diferentes voces y géneros- es un rasgo constitutivo, Nine toma los elementos de las novelas policiales, le dibuja a Borges un Perramus y un sombrero de ala corta y lo envía a resolver crímenes por Buenos Aires. La idea parte de un episodio casi anecdótico de la historia argentina, de esos que también se desarrollan en los márgenes. En 1946, con el comienzo del primer gobierno peronista, Borges es asignado como inspector de “aves, conejos y huevos” en las ferias municipales. Renuncia a su cargo en la Biblioteca Municipal Miguel Cané en la que trabajaba desde 1937 sin lograr la reasignación en ninguna otra dependencia. El escritor nunca aceptó el puesto de inspector ofrecido sarcásticamente por el peronismo. Pero Lucas Nine levantó el guante y, ante el desafío, creó otra realidad posible, en un fabuloso intento por reescribir parte de la historia de la literatura nacional.

2El libro recopila 3 historietas. En la primera se presenta al inspector Borges investigando en un gallinero, donde finalmente encuentra su primera víctima: un gallo que toma whisky y es custodiado por una pollita que empuña una pistola Luger. “El gallinero que se levanta en los fondos de Juan B. Justo 621 era una moderna construcción de madera y alambre. Quienquiera que hubiese diseñado semejante cosa, debía ser capaz de usar polainas en la ducha”. Pocas viñetas después, Borges, que logra escapar con vida de este primer encuentro, llega a su oficina. Al abrir la ventana los ecos de la marcha peronista retumban en la sala.

La trilogía continúa con el capítulo titulado “El loro que sabía demasiado” en el que el inspector de aves arresta al escritor argentino Adolfo Bioy Casares por haber asesinado a su loro. Lo interesante del capítulo es, sobre todo, la abierta ratificación que hace Borges de su nueva condición: “Georgie ha muerto, Adolfo. Mi nombre es Borges, inspector de aves. El hombre que conociste ya no existe. Se ha extinguido, aplastado bajo el peso de infinitas cautelas.” La cita sigue con una réplica inesperada y “soez”, como afirma el recientemente apresado Bioy Casares. Las afirmaciones del Borges de Nine son rotundas: ahora, en vez de hacer traducciones todo el día, dice que se acuesta con mujeres (“con mujeres desnudas”). Nine no deja pasar oportunidad para hacer hablar al escritor erudito como cualquier porteño que espera, con su amigo, el colectivo. Y aún así, el inspector de aves continua, por momentos, citando a los clásicos y hablando en una hermosa prosa poética. Es la mezcla de ambos registros lo que mantiene en vilo al lector. El sentido se (re)produce y se expande en la colisión lingüística entre ambos mundos.

Lo mismo sucede de algún modo con las ilustraciones. Como un ojo que ve a través de un prisma, los trazos blancos y negros parecen deformar o completar las imágenes en un único movimiento orgánico. En este sentido, también se rompe con la perspectiva clásica, como alguna vez propuso el movimiento cubista. Sin embargo, nunca se deja de percibir la expresión de cada personaje. La exactitud en el trazado de los gestos resulta, por momentos, desconcertante.

La prosa de Nine es desafiante. Por momentos las viñetas se completan de párrafos largos y densos, llenos de referencias literarias, a los mitos escandinavos – al valhalla de los Nibelungos -, a la música clásica – Wagner-, a filósofos del siglo III a.c y a grandes personajes del periodismo y la literatura argentina: Billy Kerosene (periodista deportivo del diario El Mundo, 1928-1967), Xul Solar, Oliverio Girondo y Norah Lange. Afortunadamente, y aunque el cambio de registro es vertiginoso, en el medio aparecen las frases que dan respiro y ritmo a la historia. Las que, como dice el Borges inspector de aves durante el desayuno, y refiriéndose al whisky, ayudan a “bajar los huevos y la panceta”. El mismo que, ante la frustración de una mala afeitada, es capaz de decir: “Mañana probaré a afeitarme con una banana”. O, frente a su colega Falcone: “No se puede hacer una tortilla sin romper algunos huevos, Falcone, pero no resulta saludable que sean los míos, por eso del colesterol ¿Qué insinuas? Sé preciso y no abuses de la paciencia del lector”.

Aparte de hablar de los científicos del siglo XVIII, el Borges de Nine golpea viejitas en el mercado de aves, cobra sobornos y, si la misión lo requiere, se compra el disfraz más caro con tal de generarle un gasto extra al ministerio para el que trabaja.

El inspector Borges usa este traje en una de las batallas finales de la tercera – y más extensa-entrega de la historieta. En “Operación Espantapájaros”, se enfrenta a Oliverio Girondo, que pretende conquistar el mundo con un ejército de muñecos, reproducciones de aquella escultura con la que el autor recorrió Buenos Aires en 1932 para promocionar su poemario Espantapájaros.

En esta batalla el inspector se disfraza de gallo gigante y se disputa bajo su armadura de plumas la salvación del mundo y el amor de Norah Lange, famosa escritora argentina, a la que amaba y que también amó en secreto en la vida real. Es la manera que encuentra Nine para ridiculizar las peleas intelectuales de la época y recordar el antiguo antagonismo entre las armas y las letras, entre la civilización y la barbarie, que era también el modo en el que Borges y otros intelectuales de su época comprendían al peronismo.

Queda imaginar por qué el ilustrador y guionista argentino emprendió este proyecto en el que no se sabe si lo que prevalece es la parodia o la admiración. Sea como fuere, lo que queda es la inmortalidad de un nombre que continúa a pesar de los años sobrevolando la historia de la literatura argentina. Siempre flexible y por eso indestructible, como las alas de un avión. //∆z

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Borges, Inspector de aves, de Lucas Nine (Buenos Aires, 1975)

Hotel de las Ideas

160 páginas, blanco y negro.

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