Bailando en la oscuridad, de Karl Ove Knausgård

El cuarto volumen de la monumental saga autobiográfica del escritor noruego se centra en el tiempo de la caída de los idealismos, los fracasos amorosos y las inexperiencias propias de la adolescencia.

Por Juan Alberto Crasci

Nadie entiende cómo, pero Knausgård lo hace. Aún en los momentos más tediosos, llenos de trivialidades –como hacer un viaje en micro o sentarse a cenar con su madre o sus abuelos en una noche cualquiera–, el noruego logra que continuemos leyendo ávidamente, luego de las 1500 páginas de los tomos anteriores. Porque lo que hace Knausgård es contar la vida, así, sin más, amplificando detalles inútiles para cualquier otro proyecto narrativo y para colmo, sin estilizarlos en exceso, sin convertirlos en literatura. Estas 2000 páginas que se acumulan parecen tener la medida exacta de una vida, con sus grises, sus banalidades, con pocos sucesos realmente importantes o atrapantes para el lector promedio. Y sin embargo.

Este cuarto tomo de la autobiografía titulada originalmente Mi lucha –editada por Anagrama con títulos individuales para cada volumen–, se centra solo en un año de la vida de Karl Ove, que a sus 18 años abandona la casa de su madre para ser maestro en Håfjord, un pueblito perdido en los fiordos del norte de Noruega. Knausgård cuenta sus –fallidas– aventuras sexuales, las fiestas y las borracheras, el despertar de su vocación de escritor –sus primeros textos y el peso de las influencias en lo que escribe– y su fanatismo por ciertos músicos y artistas contemporáneos. Esta narración solo se ve interrumpida por un extenso flashback de casi 200 páginas que nos retrotrae dos años atrás, a un Knausgård de 16 años, que comienza su camino como escritor reseñando discos para un periódico local y ve caer a su padre en el alcoholismo –eje central del primer tomo, La muerte del padre. Una de las pequeñas variaciones de este volumen con respecto a los anteriores es el surgimiento de la madre como una figura importante y salvadora para Knausgård, en contraposición a la del padre, distante y tiránico, ahora hundido en el alcohol.

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No encontraremos en Bailando en la oscuridad los momentos reflexivos de La muerte del padre o de Un hombre enamorado. El tono es más cercano al del volumen anterior, La isla de la infancia. Las disrupciones filosóficas, artísticas o sentimentales de la voz del narrador se acallan y solo afloran las acciones, los diálogos, los personajes que entran y salen del libro sin mayor peso, las formas en las que el joven Karl comienza a introducirse en la vida adulta, teniendo que abandonar los idealismos propios de la juventud, adentrándose en un terreno más áspero de las relaciones humanas y de la reacción del individuo ante los acontecimientos de la vida.

Con un arco argumental más acotado, centrado en un año, y con solo un flashback, Knausgård sigue alimentando a este monstruo autobiográfico, compuesto de pequeños fragmentos de la memoria, codependientes de aquellos presentados en los volúmenes anteriores. Lo más interesante de la obra del noruego es la forma en que presenta estos recuerdos. Pareciera manejar una memoria total, un oído absoluto, pero dosifica a gusto lo que escribe página tras página, sin el típico proyecto autobiográfico de comenzar por el principio. Knausgård en el primer tomo era un adulto que vio morir a su padre, en el segundo contó su vida en pareja en su segundo matrimonio, en el tercer volumen se retrotrajo a la infancia –el libro comienza con un Karl bebé, paseado en un cochecito por su madre– y en esta cuarta entrega, es un adolescente que comienza a insertarse en el mundo adulto. Los cuatro tomos traducidos al castellano funcionan como un mosaico o un rompecabezas que se va completando con la lectura del volumen siguiente, y es constante la retroalimentación entre todos ellos. Sucesos esbozados en un volumen se vieron –o se verán– desarrollados en otro, y así sucesiva y recíprocamente. Estamos asistiendo a un verdadero acontecimiento literario, en el que se rompen las barreras del realismo y se pone en jaque lo que merece, debe, o puede ser contado. Esperaremos al próximo año para reunir algunas partes más de este todo llamado Karl Ove Knausgård.//∆z

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