BAFICI 20: TERCERA ENTREGA

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Terminó el BAFICI 20 y, con él, nuestra cobertura. En esta última entrega, tres películas de directores argentinos, el debut en la industria norteamericana de un reciente ganador del Oscar, una animación japonesa llena de humor ácido y el falso documental de un realizador inglés. 

Por Pablo Díaz Marenghi y Joel Vargas

Female Human Animal (Competencia Internacional / Josh Appignanesi, 2017)

Algún desprevenido pudo haber pensado que esta película, parte de la Competencia Internacional, se trataba de una biopic de Leonora Carrington. La vida de la artista surrealista nacida en Inglaterra y radicada en México era más bien una excusa para pensar cómo es posible filmar el arte plástico y de qué manera jugar con los formatos visuales. El director, Appignanesi, usa una cámara VHS para darle una tonalidad gastada y anticuada a las imágenes. La protagonista es Chloe Aridjis, una escritora encargada de curar una muestra de Carrington que vive sóla con su gato y se muestra incomprendida y por momentos frustrada y agobiada por su presente. Intenta escribir y no puede. Todo está registrado bajo un tono de “falso documental”. De hecho, Chloe es en verdad escritora y curadora de una muestra de Carrington. Cuando le hacen entrevistas parecen no escucharla, sus amigas conversan con ella y no le prestan atención y todo se muestra a partir de largos planos secuencia en los que Chloe camina con la mirada errante, o planos cerrados en su apartamento de noche, con un tono melancólico en su rostro. La llegada de un hombre misterioso y atractivo dota al film de un aura de thriller que no llega a profundizarse del todo. Pese a estas dificultades de guión, funciona como una puerta de entrada para el universo de una artista revulsiva y para dar cuenta de cómo las dimensiones morfológicas y estructurales no son meros complementos del relato. Las decisiones estéticas influyen en cómo y qué se cuenta. / Pablo Díaz Marenghi.

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Casa propia (Competencia Argentina / Rosendo Ruiz, 2018)

Un plano en cámara fija presenta a un grupo de jóvenes cordobeses que comparte botellas cortadas de fernet. Son pibes y pibas planeando la salida de la noche. Algunas hacen jueguito. Otros cuentan chistes al pasar. Por detrás de este diálogo etílico se ve a a un hombre que golpea una puerta y ruega por entrar para llevarse sus cosas. El espectador deduce que es su novia quien lo echó y que se trata de una escena recurrente. Ese personaje que ruega por el perdón de su pareja es Alejandro (Gustavo Almada), el protagonista de esta historia. Docente de literatura al borde de las cuatro décadas, vive con su madre enferma de cáncer (Irene Gonnet) y deambula por distintos departamentos vacíos buscando un lugar donde vivir. El director, reconocido cineasta sanjuanino y cordobés por adopción, se vale de planos largos para resaltar la naturalidad y la expresividad de sus actores. El clima es sórdido. Alejandro deambula por la escuela donde trabaja, alguna que otra fiesta, un prostíbulo, un asilo de ancianos o la casa de su novia (Maura Sajeva) envuelto en un manto de derrota y desolación. El film da en el clavo al presentar el pequeño universo de un ser gris, contradictorio y hasta por momentos patético. Luego de una grata sorpresa con la aventurera De Caravana (2010) y de contar un drama adolescente con Maturità (2016), Ruiz se consolida como un sólido narrador de las miserias cotidianas. / Pablo Díaz Marenghi.

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Mochila de plomo (Competencia Argentina / Darío Mascambroni, 2018)

Un grupo de niños de doce años, con los pies sucios y las bicicletas en el piso, come papas fritas de una bolsa y hace sonidos. El paisaje: semi rural, mucha tierra y lumpenaje. Uno de esos chicos es Tomás, y tiene una pistola en su mochila. Pichín, su mejor amigo, le pidió que se la guarde. Esta escena, que bien podría ser una versión trash de Stranger Things, es parte de Mochila de plomo, segunda película de Darío Mascambroni, que ratifica que ya es posible hablar de un cine cordobés de peso. Algunos ejemplos son Casa propia, Maturità y la anterior de este director, Primero Enero. Tomás guarda el fierro en la mochila, deambula por Villa María después de haber sido suspendido en la escuela técnica por acumular faltas, sobrevive a una madre ausente que vive de noche y sufre porque pronto saldrá de la cárcel el supuesto asesino de su padre. Los niños, irreverentes y seductores, son el sostén emocional de la película. Con mucha mano para los planos abiertos, que resaltan los climas y la emotividad, el director genera una empatía directa con los personajes. En entrevistas recientes citó a Los 400 golpes de François Truffaut y a Kes de Ken Loach como sus influencias. El arma irrumpe como una presencia perturbadora en varios momentos del film y resume el espíritu de la historia: el dolor de crecer antes de tiempo y la dificultad del abandono de la infancia. / Pablo Díaz Marenghi.

Expiación (Competencia Argentina / Raúl Perrone, 2018)

Un hombre y una mujer están enterrando libros en el jardín de una casa. Los dos están desesperados. Un hombre fuma y los observa. Es el comienzo de la última dictadura, y a lo largo de la hora y media que dura el film vemos cómo cuatro personajes, entre ellos un padre y su hija, conviven con otras dos personas en una casona antigua. Están escondidos.  El padre y la hija interactúan con una mujer que representa “La Fe” y con un muchacho que es “El idealismo”.  Hay un sótano derruido, inundado, lleno de muñecos que cuelgan. Los personajes deambulan por los cuartos de la casa, por el jardín, van y vienen por ese espacio.  Desde hace algunos años Raúl Perrone viene experimentando en sus películas. P3ND3JO5 (2013) fue la primera de ese estilo. Era un film mudo, una historia de jóvenes skaters en blanco y negro,  un tratado sobre la juventud. En Expiación, Perrone indaga en la memoria, y su nueva apuesta es otro modo de contar el período más oscuro de la historia argentina. / Joel Vargas.

Violence Voyager (Competencia Internacional / Ujicha, 2018)

La segunda película de animación de este japonés treintañero causó controversia en los espectadores. Algunos salieron maravillados, otros la denostaron. ¿Por qué? Los que la amaron disfrutaron la trama: unos niños se pierden en el camino hacia la montaña, se encuentran con un parque de diversiones muy extraño y conocen personajes siniestros. Violence Voyager tiene clara influencia del cine clase B estadounidense de los ’80. Ujicha juega con los clichés de la animación japonesa cuando, por ejemplo, un mono, un gato y un murciélago ayudan al protagonista a vencer a los malos. Los que la criticaron seguramente no tomaron a bien el humor negro de Ujicha, que es irónico en temas terribles como la pedofilia.  Sin embargo, lo más interesante de la película es el método de animación Gekimation, una vieja técnica de la década del ’70. El movimiento de los personajes se recrea mediante figuras recortadas y se los manipula como títeres. / Joel Vargas.

Disobedience (Sección Trayectorias / Sebastián Lelio, 2017)

El año pasado el director chileno Sebastián Lelio alcanzó la gloria cinematográfica al ganar el Oscar a mejor película extranjera con Una mujer fantástica. Con Disobedience, su primera experiencia en el cine de habla inglesa, redobla la apuesta. En Una mujer… cuenta la historia de una mujer trans y la discriminación que sufre por parte de la familia de su novio, luego de que este muriera. En Disobedience, que es una adaptación de la novela homónima de Naomi Alderman, narra una historia de amor entre dos mujeres en el seno de una comunidad judía ortodoxa en Londres, Lelio sigue desnudando la crueldad de la humanidad. Rachel McAdams, en la mejor interpretación de su carrera, hace de una chica que se casó con su mejor amigo, el discípulo del rabino, a pesar de estar enamorada de su mejor amiga (Rachel Weisz). En The Notebook (2004), McAdams, junto a Ryan Gosling, eran el paradigma de la historia de amor hetenormativa. Es interesante ver cómo en Disobedience se rompe ese patrón y ella empieza a formar parte de un paradigma de amor diverso.  Solo Lelio podía lograrlo. /Joel Vargas. 

 

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