Avernos provincianos

Los ausentes y El ciudadano ilustre son dos propuestas nacionales que abordan el imaginario del pueblo bonaerense desde perspectivas heterogéneas.

Por Martín Escribano

La ópera prima de la habitual colaboradora de Adrián Caetano, Luciana Piantanida, quien además fuera asistente de dirección de Néstor Frenkel y productora de La larga noche de Francisco Sanctis, está atravesada por el duelo. El tratamiento que hace del mismo sorprende teniendo en cuenta que Los ausentes es su debut como directora. La acción transcurre en un pequeño pueblo sin nombre (se trata de Beguerie, de menos de 500 habitantes, en el partido de Roque Pérez). No hay demasiadas referencias excepto que hace calor y se aproxima el carnaval, dato no menor si tenemos en cuenta que etimológicamente carne-vale significa “adiós a la carne”. Dicha festividad opera como paréntesis al orden terrenal, cotidiano y la ley natural se suspende. Tal es el tono conquistado por Piantanida, quien logra desde el primer plano que el espectador se contagie de ese estado particular que atraviesan los protagonistas del film, una mujer y dos hombres, y que sobreviene al perder a un ser querido. Gracias a un logrado tratamiento de la luz, el color y el sonido, esa experiencia próxima a la alucinación se vuelve palpable y se potencia con la sensación de agobio que desprende el verano pueblerino. Encerrados en la pérdida, los tres personajes deben lidiar con un mundo que se les vuelve inhabitable. Los intentos por dar con el objeto perdido se reiteran hasta la desesperación y es por ello que Los ausentes es, a pesar de algunas flaquezas narrativas, un llamativo drama con toques de terror sobrenatural.

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Un pueblito de temer, aunque por otros motivos, es Salas, donde transcurre gran parte de la acción de El ciudadano ilustre. La reciente ganadora de la Copa Volpi al Mejor actor (galardón que han obtenido Alec Guiness, James Stewart, Burt Lancaster y Philip Seymour Hoffman, entre otros) en el 73° Festival de Venecia cuenta la historia de Daniel Mantovani, ganador del Premio Nobel de Literatura, que vuelve a su pequeña ciudad natal luego de cuarenta años.

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Al igual que en El hombre de al lado y El artista (ambas superiores a El ciudadano ilustre), hay en el cuarto largo de ficción de la dupla Cohn-Duprat, reflexiones sobre el arte que van de la mano con un contraste entre el cosmopolita europeo y el “simple” hombre de pueblo. Quizás sea esperable que un escritor consagrado mundialmente tenga una noción distinta acerca del “buen arte” que aquel que participa en un concurso de pintura local, el punto es desde dónde se construye el imaginario del pueblo bonaerense. Es por eso que los logros de la primera mitad de la película (escenas como el paseo en autobomba, el video de bienvenida, las entrevistas en medios locales) se resignifican negativamente con el correr de los minutos y llegando al final solo queda gusto a  nihilismo exacerbado y, para colmo, reiterativo. Como ocurría con la Relatos salvajes de Szifrón, jóvenes y adultos, hombres y mujeres, todos son miserables, a excepción de un personaje, que, como el protagonista, sueña con ser escritor. El resto se halla condenado al patetismo. El humor al hueso y la incorrección política que hacían de El ciudadano ilustre una tragicomedia prometedora se desdibujan cuando los directores deciden ponerse del lado del cosmopolita y resolver las tensiones por el espectador. El discurso final se parece a una jugarreta, como si los directores quisieran dar marcha atrás en aquello que han transmitido.

A pesar de su deliberada irrealidad, la apropiación de pueblo que hace Piantanida es más valiosa. Su cine propone algo más que la misantropía y dota al encierro que padecen sus personajes de una dignidad que El ciudadano ilustre ni siquiera se propone alcanzar.//∆z

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