Apocalipsis mutante

X-Men: Apocalipsis deja gusto a poco y cierra una nueva trilogía en la saga de superhéroes mutantes de la mano de Bryan Singer.

Por Martín Escribano

Todo comenzó algún tiempo atrás y gracias a Bryan Singer, ya que fue su X-Men, allá por el año 2000, la que inició el camino de un género que, dieciséis años después, vive su primavera cinematográfica: el de los superhéroes. Luego de las dos primeras películas a comienzos de la década pasada y X-Men: Días del futuro pasado (2014), el renombrado Singer parece dar su primer paso en falso en lo que va de la saga.

X-Men: Apocalipsis acontece a principios de los ochenta, diez años después de lo ocurrido en la entrega anterior. Mystique es apenas el recuerdo de una heroína, Magneto va camino a formar una “familia tipo” gracias a una nueva identidad, Charles sigue con su escuela y recluta mutantes frescos y atribulados por su condición. Mientras tanto, una de las grandes fallas de la película (la que le da su nombre, ni más ni menos) va de continente en continente, luego de una siesta que duró milenios, reclutando a sus cuatro jinetes para acabar con todos. Se trata, claro está, de Apocalipsis (Oscar Isaac), un mutante que se cree Dios pero que genera más risa que otra cosa. Es el mutante de mutantes, acaso el primero, pero al igual que ocurría con Ronan en Guardianes de la galaxia, parece salido de una Comic-Con.

Si el film ya empieza rengo con un antagonista que deja que desear, dos horas y media después, la cosa tampoco va mucho mejor. El humor no funciona en ningún momento, los one-liners se multiplican hasta el último minuto (¿no aprendieron luego del horrible “mutant and proud” de J-Law en First Class?) y los personajes se empeñan en explicarle al espectador de qué va la cosa. Es cierto que Singer había dicho que su Apocalipsis se iba a teñir del estilo de Michael Bay pero en este caso el que avisa igual traiciona: muchos de los excesos de los que se habían prevenido las anteriores películas de Marvel, como la reciente Capitán América: Guerra civil aparecen aquí. Su guión no sostiene su gigantismo visual.

Hay, por suerte, un puñado de aciertos, como las escenas en cámara lenta de Quicksilver que, es verdad, ya aparecían en X-Men: Días del futuro pasado, y la bellísima Psylocke (Olivia Munn) a la que le basta una mirada para intimidar. Muy poco para el director de Los sospechosos de siempre.

En un fugaz momento de autoconciencia, la nueva Jean Grey (Sophie Turner, la Sansa Stark de Juego de tronos) dice que la tercera parte de una trilogía siempre es la peor. Es un guiño a X-Men: The Last Stand, la única de la trilogía inicial que no dirigió Bryan Singer. Pero es también lo que podría decirse de la trilogía que acaba de cerrar.//∆z

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