“Animales del imperio”, de Tomás Sanchéz Bellocchio

Presentamos un cuento de Familias de Cereal, primer libro de Sanchéz Bellocchio editado por Candaya

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De mi papá supe dos cosas por sobre todas las cosas. Que amaba los animales más que a sí mismo. Y que veía el mundo a través de ellos.

Al morir no sólo dejó deudas, sino también un montón de papeles desordenados, dedicados a mi hermana y a mí. Tardamos años en recibir ese testamento porque mamá juzgó que éramos demasiado jóvenes entonces. Él había perdido la razón en el último tiempo y al menos dos tercios de su contenido no eran adecuados para ser leídos por dos chicos de trece y catorce años. Lo cierto es que había partes en las que se refería a ella de un modo cruel. No fue tan cínica como para censurarlas, pero la tarde en que nos presentó esa herencia bizarra volvió a recordar el estado de papá antes del fin.

Los papeles, una vez ordenados, conforman una especie de Bestiario o compendio de fábulas. Hay de todo: apuntes sueltos, dibujos y pequeños ensayos, hasta fragmentos de cuentos. La mayoría de las entradas comparte esta estructura: descripción de un animal real o imaginario seguida de una breve reflexión o glosa.

El Fénix fue el único animal del Edén que resistió la tentación y conservó la vida eterna. Según la tradición, se consumía por acción del fuego cada quinientos años, entonces un nuevo y joven Fénix surgía de sus cenizas. Cada cinco años (todavía estoy lejos de los ceros), yo también trato de empezar de nuevo. Organizo un viaje, cambio de trabajo, me mudo a otro lugar. A su mamá siempre le costó entender el espíritu de estas renovaciones.

La Anfisbena es una serpiente de dos cabezas, una está en su lugar y la otra en la cola. Con las dos puede morder, corre con ligereza y sus ojos brillan como candelas. En el siglo XVII, Sir Thomas Browne observó que no hay animal sin abajo, arriba, delante, detrás, izquierda y derecha, y negó que pudiera existir la Anfisbena, en la que ambas extremidades son anteriores. Lo que Sir Thomas Browne desconocía era que faltaban tres siglos para que naciera Alejandra. Sus dos lenguas bífidas explican su capacidad para proferir en simultáneo las cosas más hermosas y las más horribles.

Durante un tiempo, cuando todavía estaban casados, vivimos en una casa con jardín y pileta. Lo de jardín es una forma de decir. Las plantas y los árboles crecían en estado salvaje, rompiendo esa armonía contenida y un poco inglesa de los jardines vecinos. Lo de pileta también es una forma de decir. Él la había convertido en un estanque en el que criábamos carpas, nutrias y hasta dos yacarés enanos traídos furtivamente del Iberá. Por épocas, según los dictados de su humor, tuvimos liebres, comadrejas, lechuzas, monos. Recuerdo mi preferido que sólo vivió con nosotros un mes: un hurón de pies negros que era la versión en miniatura y alargada de un panda. Nuestra casa era famosa en la escuela, entre nuestros compañeros que todo el tiempo pedían que los invitáramos y también entre sus padres que nunca dejaban que vinieran.

Un invierno, los yacarés se escaparon. Nos despertamos una mañana y cuando fuimos a ponerles comida ya no estaban. Disimulado por el seto, habían expandido a base de empujar uno de los rombos del alambrado. Rastrillamos el jardín durante días, los buscamos en la calle, y al final hubo que pegar carteles en el barrio para que tuvieran cuidado nuestros vecinos. Aparecieron meses después, cuando ya los habíamos olvidado, todavía juntos y muertos de frío en una zanja.

Hay una sección o capítulo, hacia la mitad de los papeles, en el que cambia el registro o la intención. Comienza con esta línea: Este país que tenemos sólo puede explicarse mediante la fábula. Y después, aparecen entradas que son fragmentos sueltos, como fábulas incompletas. Algunas las recuerdo, porque solía contarlas cuando había discusión política en casa.

Piensen en unos castores que viven en la desembocadura de un río. Controlan su cauce, obligando a los animales del bosque a pagar un tributo para seguir viaje…

…Los teros dejaban caer piedras sobre la casa del jaguar para obligarlo a abandonar su guarida. Muchos animales inocentes que pasaban por ahí murieron, nadie sabe cuántos, porque los teros se encargaron de borrar el recuento de aquel día de la corteza de los árboles.

…Escondían los huevos de los pájaros muertos y se los llevaban lejos, para que fueran criados en las costumbres de los reptiles y no supieran nunca lo que significaba volar…

En el clímax de una bronca, él alzaba sus manos como rindiéndose, pero en realidad lo que pretendía en ese momento era calma. Entonces,  delante de familia extendida o amigos, se ponía a contar una fábula y después nos animaba a dar una opinión. Dudo que a esa edad dijésemos algo interesante, pero él hacía un esfuerzo por traducirnos, por extraer una idea o un significado original. No olvidaré la noche en que mi hermana se largó a llorar por la presión de tantas miradas juntas. Histérica, balbuceaba y tiraba grititos como dardos a los oídos. Papá tuvo que abrazarla y pedirle perdón muchas veces para que se tranquilizara.

En su crítica de la educación francesa, Rousseau ataca el uso de las fábulas con niños por su moral equívoca y ambigua. Por experiencia, puedo afirmar que los niños son a veces mucho más sutiles e intuitivos que los adultos. Consiguen completar el sentido y extraer conclusiones y enseñanzas aun sin entender todo lo que han escuchado o leído.

A papá le gustaba leer y leernos. Lo de escribir era un hábito nocturno y privado, que no compartía con nadie. Pero en cualquier momento, en cualquier parte, sacaba un libro no sé de dónde y nos sentábamos en sus rodillas. El Bestiario de Aberdeen, las Fábulas de Esopo y La Fontaine. Y también Borges, Quiroga, Arreola, Monterroso, Kafka. Él me contagió el placer de la lectura desde chico. Yo creo que leía esas historias buscándolo a él y es probable que siga haciéndolo ahora. Cuando empezaba a leer en voz alta, había algo hipnótico, muy particular, en el tono y el ritmo que imprimía a las frases. Hasta los animales de la casa se acercaban a escucharlo: uno podía sentirlos quietos y alertas entre las plantas, como si intuyeran que se hablaba de ellos.

De joven, no quiso estudiar veterinaria para no perder EL MISTERIO, con mayúsculas. Así como los médicos, decía, pierden humanidad en el trato con pacientes, pasa igual con los veterinarios. Ellos no consiguen apreciar el SER ―también con mayúsculas― que tienen delante, sólo ven la enfermedad o la herida. Pero tampoco era vegetariano ni un acérrimo defensor de los derechos de los animales. Creía en una oscura justicia de la naturaleza, que reparte al azar tanto vida como muerte. Detestaba las corridas de toros sólo por la desigualdad en las condiciones del duelo. Podía carnear y asar un corderito sin culpa en la chacra de los abuelos, pero jamás hacíamos las compras en un supermercado. Según él, la carne que se vendía ahí provenía de animales criados en campos de concentración. Y era capaz de sentir, como una descarga de electricidad, ese dolor en el primer bocado. Por eso, viajábamos fuera de la ciudad, una vez al mes, para hacer las compras en almacenes de pueblo y granjas ecológicas.

Algunos de los fragmentos son más difíciles de clasificar, pero en la sumatoria, y sobre todo para aquellos que lo conocimos, producen un efecto: es como una vibración que nos devuelve al pasado.

Hasta mucho tiempo después, seguí creyendo que las mancuspias existían. Las buscaba con ese y otros nombres, desde manuales de zoología hasta criaderos. Llegué a pensar en una cruza de distintas especies.

En 1862 Darwin predijo la existencia de la Mariposa Esfinge de Morgan. Por la forma del espolón de la orquídea de Navidad, de treinta centímetros de largo, dedujo que debía existir un insecto capaz de polinizarla. Y no fue sino hasta cuarenta años más tarde que una expedición francesa capturó en Madagascar una mariposa blanca con una trompa de treinta centímetros. Mirando bien el entorno, podremos adivinar los animales del futuro.

Las noches en que me resulta imposible dormir, recurro al viejo cliché de contar ovejas. Pero en vez de ovejas me salen lobos, lobos negros, casi azules de tan lustrosos, y en vez de saltar la tranquera de un campo en mitad de la llanura, saltan por la ventana abierta de mi cuarto. Y cuando el insomnio se extiende hasta bien entrada la madrugada entonces son quince, treinta, cuarenta lobos que van amontonándose alrededor de mi cama, debajo de mi cama, dentro de los cajones o el ropero, sobre mi escritorio…

Entre los papeles, encontramos un cuaderno sin tapas con un cuento. Es más largo que los otros y el único que pareciera estar completo. Quizá falten escenas o transiciones que conecten episodios, pero no son más que detalles. El título, tachado y escrito de nuevo en rojo, es: Animales del imperio. La influencia borgeana en el estilo es evidente, uno diría de aficionado por lo excesiva. En una anotación al margen, da a entender que quería pasarlo como un cuento inédito y perdido de Borges, que entonces llevaba muerto un año. Pero parece más una justificación que otra cosa.

El narrador es un anciano que agoniza en la celda de una torre. El tiempo y el lugar son indeterminados, pero aparecen, mezcladas, referencias a culturas medievales y antiguas. Antes de morir, el anciano suplica a su carcelero que lo escuche y haga circular su versión de la historia.

Sin duda seré recordado, tal vez no del modo que hubiera preferido. Y ahora espero la muerte, como el último de los esclavos. Si antes el emperador no osaba desoír mis consejos, ahora no puedo pronunciar una palabra sin probable castigo.

En su juventud, fue un célebre guerrero que por haber defendido las murallas de la ciudad se ganó la amistad del Emperador. A la muerte de éste, tras unos funerales que duran tres días y tres noches, es convocado ante su sucesor. El primogénito del Emperador, que es joven y presumido, le informa que tiene un encargo a la medida de su fama. Le encomienda la búsqueda de los animales legendarios del imperio. Aquellos que favorecieron a sus ancestros en la antigüedad y que ahora pueblan los cantares y las fachadas de piedra de los palacios. Se refiere al Grifo, al Dragón y a la Quimera. Desde el principio, el guerrero sospecha una burla, pero no le queda más opción que aceptar. Durante dos meses se dedica a reunir a los hombres que lo acompañarán y finalmente emprende la misión.

Arrasamos aldeas enteras, incendiamos sus bosques, matamos sus gentes en busca de los animales perdidos del imperio. Ninguna pista o señal. Nada que nos pusiera en el camino correcto. Los mercenarios a mis órdenes comenzaban a cansarse. Desaparecían de a dos o tres por noche, junto con partes del botín. En la oscuridad, oíamos el tambor de los  caballos perdiéndose y luego, en el campamento, suspiros de resignación.

Pasan dos o tres años antes de regresar de la expedición. Lo único que trae como ofrenda son unos animales de Oceanía, traficados por mercaderes orientales. Por la descripción, aunque no se los nombra, es fácil deducir que se trata de un canguro, un kiwi y un koala. Agraviado por la ofrenda insuficiente, el Emperador lo hace flagelar y lo envía de nuevo, más lejos esta vez, hasta los confines del imperio. El guerrero comprende, entonces, que jamás podrá volver. Su siguiente expedición es como un exilio. Viaja al desierto y a los bosques, a la tundra y la montaña porque el imperio es tan vasto que contiene todos los climas. Una noche, recostado en su tienda, concibe el plan que lo salvará.

Esos animales no existían, eran producto de la superstición y los rumores. Y si no existían, era mi deber y mi salvación inventarlos.

La cirugía se conformaba entonces como una ciencia creadora, no se limitaba a restaurar los accidentes del cuerpo. El dolor no permitía los ensayos con animales ni hombres vivos porque morían, inevitablemente, durante las operaciones. En raras ocasiones, si alguno sobrevivía, moría poco después por una fiebre de origen desconocido. Comenzó la experimentación con muertos, pero las leyes de la religión  eran rígidas y la práctica de la cirugía se volvió clandestina, nocturna.

Mandé en secreto a buscar águilas negras a los Montes Urales, cocodrilos a Tebas y leones a Cartago. En lo alto de mi torre, junto a mis acólitos, ensayé las primeras aleaciones posibles. Un torso de mujer con cola de cocodrilo. Un niño con alas de cisne y garras de león. Una pantera con cabeza de águila y cola de serpiente.

Meses después, cuando se ha perfeccionado en ese arte oscuro decide presentarse ante el Emperador. Los animales son expuestos sobre carruajes, colgados en posturas amenazantes. Por un extraño mecanismo de poleas parecen flotar. El clamor de asombro se extiende por las habitaciones del palacio y llega hasta la calle. Los niños corren, repartiendo la noticia. De tan fantástica ni siquiera se deforma por el boca a boca. Algunas mujeres se desmayan, otras acuden histéricas a los templos. Todos, incluido el Emperador, quedan maravillados. En medio del estupor general, un alto funcionario de la corte pregunta por qué todos los ejemplares están muertos. El guerrero alega que es imposible capturar con vida animales tan magníficos y tras una breve asamblea lo dejan ir en paz. Y así, año tras año, son depositados junto al trono los cadáveres compuestos que se pudrirán ante los ojos del Emperador. Nadie nunca descubre el engaño o a nadie le interesa descubrirlo. Más tiempo pasa, pero ahora computado en lustros o décadas. Ya viejo y retirado, colmado de honores, el guerrero recibe una noche la visita de uno de sus antiguos acólitos, que lo extorsiona. Paga pero sabe que pronto vendrán otros y entonces llega por fin el día en que es acusado de traición. Cuando lo encuentran, escondido en unas ruinas, desenfunda su espada con una torpeza que hace reír a sus captores. En ese punto, la narración se interrumpe.

El anciano se da cuenta de que nadie lo escucha, el carcelero ya no está en su puesto. Algo ocurre afuera. Desde el pasillo, llega el sonido de pasos y puertas que se abren. Una luz lo ciega durante varios segundos y entonces ve al Emperador, ahora casi tan viejo como él, dentro de su celda. Viene montado en un Grifo, un Grifo vivo de verdad, y sonríe. A través de las lagañas y cataratas de sus ojos, el anciano comprueba que sus movimientos son naturales, que el inmenso animal respira y pestañea. No hay indicios de cicatrices por ninguna parte. Su cabeza de águila es la continuación real de su cuerpo de león.

El Emperador contempla mi cuerpo acabado y pronuncia la sentencia final: el infierno será de los incrédulos. Entonces el Grifo se incorpora sobre sus patas traseras y al desplegar sus alas levanta el polvo de mi celda. El mismo polvo que antes de caer se irá conmigo.

Desde que lo tuve en mis manos aquella tarde, lo releí cientos de veces. Dirán que no puedo ser imparcial, pero a pesar de sus fallos, es un cuento que me gustará siempre. ¿Es una alucinación o es real la visita del Emperador? Para mí, en términos literarios, resulta irrelevante. El único problema es que me confunde con respecto a él. ¿Cuán loco estaba entonces?

Fue la Ley de Divorcio lo que impulsó a mamá a separarse definitivamente de papá. Se le habían acabado las excusas y en realidad ella nunca fue una persona religiosa. Hubo una avalancha de divorcios en la escuela aquel año, como si se necesitase un papel para partir en dos una familia. Nos mudamos a un departamento en el centro. Tenía dos habitaciones, era blanco y pulcro, en un piso alto. En las mañanas transparentes, alcanzaba a verse Uruguay al otro lado del río. De todas nuestras mascotas, pudimos llevarnos únicamente una pareja de tortugas. Con la excusa de la alfombra, el reino animal, que antes lo había ocupado todo, quedó reducido al espacio entre el lavadero y el balcón.

A mediados de ese año, el comportamiento de papá empezó a ser cada vez más errático, desconcertando incluso a los que más lo conocían. Perdió la custodia compartida y de golpe se encontró con que tenía derecho a visitas una vez al mes. Pasaba a buscarnos con su camioneta y nos llevaba a mil lugares distintos: al cine, a la plaza, a comer pizza. A veces, daba la impresión de estar enojado con nosotros, como si hubiéramos tenido parte de culpa en abandonarlo. Casi nunca nos llevaba a su casa nueva. Era minúscula en comparación con la anterior, y aun así no conseguía mantenerla limpia y ordenada. Supongo que después dejó de importarle porque empezamos a pasar algunas tardes ahí. Varios animales murieron, por descuido o tristeza, en aquel tiempo. Improvisábamos funerales en macetas si el tamaño del cuerpo lo permitía o en un descampado que había a la vuelta de la casa. Por su aspecto, cualquiera hubiese dicho que el próximo era él.

Hubo un período, casi dos años, en el que no supimos donde estaba. Llamaba por teléfono y pedía hablar con nosotros. Las interrupciones de su voz tenían menos que ver con la línea que con los atascos de su pensamiento.

Según quien lo cuente, mamá o mi tío, las hipótesis varían y se contradicen. Se habla de que estuvo en una clínica. Que consiguió trabajo como guardabosques en el sur. Que incluso estaba pensando en montar un arcazoológico con amigos. Puedo imaginarlo, con traje de capitán, llevando sus animales por los puertos del mundo. Parece que llegaron a tener un barco en vista, inversores y permisos del gobierno, pero en algún momento, el proyecto se truncó. Todavía no encontramos a nadie que pueda decirnos la verdad.

Hacia el final de los papeles la letra se deforma, se descarrila del renglón como un tren desbocado. Hay más tachaduras, signos incomprensibles. Empiezan a aparecer animales inventados por él.

El ijodemil es un animal pérfido como no hay otro igual. Invade colonias y manadas de otras especies, cambiando a antojo su apariencia. Sus células, al microscopio, son indistinguibles de las de un cáncer. Desde su posición ventajosa, empieza a soltar en cantidades mínimas un veneno que genera conflictos en la manada entera, al punto de disolverla. El único momento en que se descubre y pareciera vulnerable es durante el sueño. Le es imposible conservar la apariencia robada toda la noche. Y si no me creen, vayan esta noche al cuarto de su mamá y observen un rato la cara del hombre que está acostado junto a ella.

Yo agradezco que haya escrito aunque fuera sólo este tipo de cosas. Sé que corro el riesgo de convertirlo en una caricatura. Pero pienso en los huérfanos de padres desconocidos. Ningún documento que contenga el flujo  de una conciencia, un modo de ser o pensar. Las fotos, ahora estoy seguro, no sirven para nada. Durante años vi fotos suyas, guardadas en cajas llenas de polvo: instantes congelados de un tiempo perdido. No había nadie que me dijera cuándo la habían sacado, qué había ocurrido antes o después, qué habían estado pensando en ese momento.

En ocasiones, durante alguna cena familiar, emerge la cuestión de papá y los animales. Nunca falta el que suelta, con ignorancia soberana, algún diagnóstico psiquiátrico. Hay un síndrome, oigo que alguien dice, que describe a aquellas personas que acumulan compulsivamente mascotas. Lo que tenía era otra cosa, digo. O muchas otras cosas, pero eso no lo digo. Y cuando se embalan en conversaciones así, sobre todo mi hermana, prefiero no escuchar.

El día que papá murió Buenos Aires estaba inundada. La lluvia de dos tormentas había desbordado el arroyo Maldonado, que corre debajo de la ciudad. En el noticiero, mostraban cómo algunos delirantes navegaban las calles con pendiente en canoas y tablas de windsurf. Yo volvía de la escuela esa tarde, y como en un presagio, vi animales muertos, arremolinados en las alcantarillas: ratas, gatos, palomas.

La última entrada de su Bestiario es la más ominosa. Es la que le dije a mi hermana que no leyera. Poco después de escribirla, me dice mi tío, lo encontraron muerto. La casa estaba revuelta, sucia, las paredes pintarrajeadas como una continuación de sus apuntes. Faltaban muebles y electrodomésticos que había tenido que empeñar. Y por todas partes, en el piso, aparecieron unas bolitas verdes, sin olor, como canicas: excrementos de un animal que nadie supo decirnos qué era.

El mono de los suicidios es uno de los animales más extraños. Tiene tres brazos y no tiene patas. Aparece de noche, cuando todos duermen, siempre colgado de su cola. Es una cola musculosa y larga, en forma de signo de interrogación. En cada mano empuña un arma distinta. De la ubicación o nacionalidad del suicida, depende el tipo de arma que lleva. En Asia, son comunes las dagas. En Norteamérica, abundan las armas de fuego. El mono que se conoce por aquí lleva una navaja como las de afeitar, un revólver siempre pequeño y un frasco de pastillas. Su habilidad para los malabares es única dentro del reino animal y la gracia es quitarle uno de los tres objetos que agita constantemente en el aire. Comienza entonces un juego con el suicida que nadie sabe, hasta la mañana siguiente, cómo va a terminar.//∆z

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