Una política del miedo

La séptima temporada de American Horror Story, serie creada por Ryan Murphy que explora miedos profundamente estadounidenses, hace foco en la victoria de Trump y pone en pantalla la división de la sociedad norteamericana.

Por Celso Lunghi

Ryan Murphy es uno de los productores estrella de la actualidad, tiene tres series en el aire y dos en pleno desarrollo (una precuela de Alguien voló sobre el nido del cuco para Netflix y una sobre el nacimiento del movimiento LGTB en los ochenta). Más allá de los resultados (sólidos, a veces y desparejos, por muchos momentos), hay algo que no se le puede cuestionar: sabe cómo promocionarlas. Con American Horror Story impuso un concepto que no solo le fue útil a él mismo para trasladar a otras producciones (American Crime Story y la reciente Feud) sino que también fue adoptado por otras series (Fargo): temporadas autoconclusivas. A través de estas antologías, Murphy logra renovar el interés del público por un producto que, aunque el año anterior no haya sido óptimo, puede mejorar al siguiente. Y, en ese sentido, American Horror Story, la pionera en este formato, es el caso paradigmático: después de dos temporadas muy distintas la una de la otra pero igual de logradas (la primera, Murder House, acerca de una casa embrujada, y la segunda, Asylum, sobre un psiquiátrico infernal), la serie entró en un declive del que le costó salir. Sin embargo, gracias a la renovación, la expectativa nunca disminuyó. Todo lo contrario. Y ese es, sin dudas, un mérito inmenso. En Coven, la tercera temporada, el efecto se consiguió a través de la temática, por un lado, pero, fundamentalmente, a partir de la incorporación de Kathy Bates, el primer ícono fuerte del género que incluían. Y la desaprovecharon. Y la historia no cerró por ningún lado. Y, no obstante, la expectativa por la próxima fue mayor: Freak Show, la cuarta, tuvo el mejor comienzo de temporada en términos de audiencia de la serie y de la cadena que la transmite. Y no era para menos: como relectura de La parada de los monstruos (1932), un clásico del género, nada podía fallar. Y falló. Y, a pesar de una trama que no encontraba rumbo, la expectativa por la quinta fue incluso superior. Es que, tras la salida de Jessica Lange, que hasta esa temporada había sido el eje de la serie, Murphy trasladó el protagonismo ni más ni menos que a Lady Gaga. ¿Cómo desempeñaría su rol la nueva reina del pop? ¿Estaría a la altura de las circunstancias? Para comprobarlo, para alabarla o para criticarla, no había alternativa: había que verla. Hotel, tal su nombre, nos presentó a una Lady Gaga sobria y correcta (su interpretación, de hecho, le valió un Globo de Oro) que estaba desperdiciada en un guion que dejó conflictos irresueltos a diestra y siniestra. Para la sexta, la estrategia fue otra, completamente diferente a la que habían usado con sus predecesoras: la temática recién fue revelada el mismo día del estreno. ¿De qué se trataría esta temporada? Un misterio que solo se revelaría sintonizando FX. Finalmente, la serie adoptó el formato de un falso documental para poner en escena a la colonia desaparecida de Roanoke, una incógnita que está arraigada en los Estados Unidos, y, con algunos tropiezos, volvió al rumbo que había marcado con la primera y la segunda temporadas. Murder House y Asylum, en definitiva, no podían haber sido casualidad.

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Según Murphy, en cada temporada, la premisa de la serie es explorar miedos típicos y profundos de Estados Unidos y, por lo tanto, el nombre de la séptima no iba a tardar en aparecer. La propuesta de este año fue American Horror Story: Cult, es decir, secta, una problemática que es recurrente en el país del norte. Un breve rastreo será suficiente: Jim Jones, Marshall Applewhite y, paradigmáticamente, Charles Manson son casos de líderes que han convencido a sus seguidores de actuar a su antojo y de, invariablemente, perpetrar masacres. Y, por si el nombre ya de por sí no fuera atractivo, Murphy le agregó otro condimento: la temporada comienza la noche de las últimas elecciones en Estados Unidos. Y este no es un dato menor. American Horror Story es la primera serie que tematiza la victoria de Trump. Y no lo hace ni en un marco de drama ni de comedia: es una serie de terror puro y duro. El hecho está enfocado desde dos puntos de vista opuestos: Ally Mayfair (Sarah Paulon), el arquetipo de mujer liberal (es lesbiana y, junto a su pareja, dirigen un restaurant que emplea a mexicanos y educan a su hijo en un marco de la diversidad de género) y Kay Anderson (Evan Peters), un joven sobre el cual no conocemos demasiado pero que se sentirá enfervorizado por la victoria de los republicanos. A Ally, en cambio, el acceso de Trump a la Casa Blanca le desata las fobias que creía que eran parte del pasado, entre las que se destaca la coulrofobia, o sea la fobia a los payasos. Se disparan, en este punto, dos líneas de lectura: en principio, el aprovechamiento que hace Murphy de la figura del payaso en coincidencia con el esperado remake de It y, en segundo término, la comparación directa de los seguidores de Trump con un grupo de bufones. American Horror Story: Cult elige no ser alusiva: cada elemento de la serie es direccionado y concreto. Los títulos de apertura son bastante elocuentes al respecto: la serie no nos va a hablar de dos arquetipos de político (como House of cards) sino de dos políticos en particular, de Trump y de Hillary, que además encuentran su correlato en dos personajes de sus respectivos géneros. Esta temporada, en síntesis, plantea el avance de la derecha en Estados Unidos. Porque Ally, a causa de sus miedos, se convierte en una reaccionaria y comienza a replicar aquello que criticaba. En el segundo capítulo se surte de un arma y, en un confuso episodio, mata a uno de sus empleados, un mexicano que, paradójicamente, había ido a prestarle ayuda. A Ally la consume el remordimiento pero al mismo tiempo se siente amparada por un contexto de suma hostilidad hacia los extranjeros y, en especial, hacia los mexicanos. En ese sentido American Horror Story: Cult también puede leerse como una crítica al supuesto progresismo de los demócratas: en el capítulo tres, su pareja le reprocha a Ally que no haya ido a votar, cuestionamiento que en el primer capítulo le había formulado otro personaje.

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Con American Horror Story: Cult Murphy volvió al esquema sobre el que se habían sustentado las dos primeras temporadas: pocos personajes y bien explotados, entre los que sobresale el Kay Anderson, el líder de la secta que este año le da título. En uno de los últimos capítulos, de hecho, el propio Evan Peters interpreta a cada uno de los líderes mesiánicos americanos. Mención aparte merece, asimismo, el capítulo siete, que puede verse casi como un capítulo independiente, en el que se repasa la historia de Valerie Solanas y el Manifiesto SCUM.

Sin ningún elemento sobrenatural, Murphy se arriesgó a poner en pantalla la división de la sociedad norteamericana y lo hizo a través de su costado más oscuro, ese del que le sobran antecedentes y hacia el cual tiende permanentemente: un estado de conservadurismo que desencadena en tragedia. Al igual que tras el cierre de cada temporada, las teorías en Internet proliferan y los fans arriesgan temáticas para la próxima, que debería seguir en el cauce de su predecesora.//∆z

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