Suspiro crudo fosforescente: vida y prosa de Alejandro Urdapilleta

Con la reedición de Vagones transportan humo, la editorial Adriana Hidalgo vuelve a poner en escena los textos que el destacado actor, fallecido en 2013, escribió a lo largo de una vida. 

Por Pablo Díaz Marenghi

Alejandro tenía veintidós años y trabajaba limpiando casas en Londres. Vivía donde podía. Cuando no tenía plata, pedía monedas. También estuvo por Sevilla e Ibiza. Se inyectó morfina sintética. Luego pasó a la heroína. Hasta que tuvo que parar. Una noche, después de un mal viaje, se despertó con quince desconocidos a su alrededor. No tenía idea dónde estaba. “Esta gente no tiene vocación de nada. Y yo sí. Yo valgo para el teatro”, dicen que dijo.

Con esa impronta volvió al país. No lo sabía en aquel entonces, pero iba a convertirse en un protagonista del llamado “Destape”; el under de los ochenta. Junto a Batato Barea y Humberto Tortonese construirían una sociedad imbatible que circularía por reductos como Cemento y el Parakultural. Se anotó para combatir en Malvinas, pero no lo convocaron.  Llegó a la televisión con Antonio Gasalla, actuó y tomó tragos con su amigo entrañable, Fernando Noy, estudió con Augusto Fernández, interpretó al Rey Lear, a Hitler, actuó en cine y se convirtió en uno de los actores argentinos más prestigiosos.

Alejandro Urdapilleta (1954-2013), “Urda”, también escribía. Textos, monólogos, poesía, relatos breves, ideas sueltas. Zafarranchos textuales. Vomitaba versos como estos, pensados para ser dichos por su amigo Batato, en 1987: “De más está decir que el tiempo carcome la carne, que el alcohol fija las grasas, que los dientes se pican. Todo lo de esta vida desaparece como una espuma / todo se hace nada / el beso de nuestra madre el beso ese / el beso del amor ese / el beso de la vida desaparece como una espuma”.

La reedición aumentada de Vagones Transportan Humo (Adriana Hidalgo) es una buena excusa para repasar su vida y su obra, ligada sobre todo a la actuación pero también a la escritura.

“A quien dices el secreto das tu libertad”

Nacido en Uruguay durante el exilio de sus padres, “Urda” brilló en el teatro más oscuro y revulsivo durante la “Primavera Alfonsinista”, dando todo en esos tugurios que gritaban todo lo que se habían callado durante los años de plomo. Vista a la distancia, la década del ochenta contiene muchas cosas: cierta inocencia, algo de nostalgia, mucha efervescencia y desparpajo. Decir pija en un monólogo era, casi, un acto revolucionario. Y Urdapilleta se encargaba de llevarlo a la práctica. Algo de eso aparece en sus textos, donde recurre al sexo, el transformismo, el travestismo (previo al auge de lo queer) y lo escatológico. Lo que aún puede llegar a parecer incómodo, en los ochenta era transgresor en exceso.

Luego le tocaría brillar en televisión, en el teatro más “serio” (Mein Kampf, una farsa, de George Tabori, y Rey Lear, de William Shakespeare, ambas con dirección de Jorge Lavelli; Atendiendo al Sr. Sloane, con dirección de Claudio Tolcachir) y en el cine: filmó con Fernando Spiner y Lucrecia Martel, entre otros/as. Ganó muchos premios (Martín Fierro, Clarín, Konex, Festival de Cine de Mar del Plata, entre otros).

Así contaba en Clarín su vínculo con la escritura: “He escrito cosas geniales estando drogado, pero eso depende de cómo estés del corazón, de la bocha, del alma. Ahora por ahí me sirve en términos recreativos o de placer sensual, pero no para hacer cosas”. En una entrevista con Jorge Dubatti (su editor) se explaya aún más, dejando traslucir sus rincones inexplorados: “Se fue dando con el tiempo. Empecé a escribir de muy chico, con la Señora de Núñez, mi maestra de tercer grado. Hacía composiciones que a ella le encantaban y me las hacía leer delante de la gente. Yo leí desde muy chico. Mi viejo notó que me gustaba leer y empezó a comprarme libros. (…) Escribo para conocerme, porque soy solitario. Escribir es un vicio”.

Si hay algo que define a la prosa de Urdapilleta es la introspección transformada en poesía (más allá de si está escrita o no en verso). Sobre la primera edición de Vagones… dijo: “Estoy encantado, porque es como dejarle a la gente un testimonio de lo que hice en los ‘80. Es como un hijito… Medio deforme, por supuesto. Es rarísimo ver en un libro cosas que uno ha escrito medio en pedo y que ha usado en sótanos oscuros. Tiene de todo: dibujos, cuentos, cosas que son más tipo literatura… Aunque digo literatura y me da vergüenza.”

En los textos de Vagones… hay espejos voladores, pijas, leche y pus. Hay dramaturgia, pero también guion cinematográfico, monólogos, energía actoral puesta en pos de la creación artística más desencajada. Aparecen las drogas y el alcohol, piezas de un mosaico que el actor construyó al calor del under de los ochenta (o del engrudo, como le decían con Fernando Noy, ya que detestaban los términos en inglés). En sus textos hay descripciones, metáforas y comparaciones dignas de un notable escritor. Hay misceláneas y derivas difíciles de encasillar.

También despunta el vicio del dramaturgo que escribe sus propias piezas y agrega indicaciones minuciosas del espacio y el tiempo indicado para cada representación (como en “Suspiro Crudo Fosforescente”, pavada de título). Une escritura en verso y en prosa, en primera o en tercera persona. También, muchas veces, toma una voz narradora femenina o trans, un gesto que, con el tiempo, se convertiría el puntapié esencial para lo que vendría con artistas como Susy Shock o Naty Menstrual (o en otros tiempos, Mosquito Sancineto, Klaudia con K, los mismos Tortonese, Noy y Batato).

En esta reedición de Adriana Hidalgo se agrega Mensaje de Anfibio, un libro de artista que Urdapilleta repartió entre sus amigos y permaneció, durante mucho tiempo, inédito. Allí se incluyen poemas y dibujos de su autoría, en los que aparece su costado más personal, catártico y desgarrador. Su obra logra algo complejo de hacer, patrimonio de los grandes: combina, en armonioso equilibrio, partes casi iguales de luz y oscuridad.

Me voy al mar para ser el mar

En 2013, a los cincuenta y nueve años, dejó este mundo. Antes de tiempo, según el promedio, pero coherente, a la vez, ante un estilo de vida frenético, autodestructivo y politóxico. Murió en su ley, y eso es indudable. Sus amigos lo lloraron y lo recordaron. Algunos de sus testimonios se vierten en este artículo de Página 12. Osvaldo Santoro dijo: “Ante tanto farsante vanidoso, ante tanta mediocridad, Urdapilleta nos deja pensando profundamente sobre la esencia del verdadero actor”. Daniel Molina: “Recuerdo cuando Batato Barea trajo a Alejandro Urdapilleta al Rojas a fines de los ’80. Aunque no lo crean era tímido. En el ’88, Batato, Urdapilleta y Gumier se vistieron de chicas y se fueron al Carnaval. Los tres terminaron en cana. La democracia era niña.” Claudio Tolcachir: ““A Urda se le miraba como se mira la luna, sin saber si existe, si es real. Su intensidad no tenía límites porque todo en él era al límite. Buscaba el fuego y se quemaba.”

En 1989 pensó que la “peste rosa” se lo llevaba. Le dijo a Susana Viau, citado en un artículo de La Nación: “Yo creo que me voy a morir de SIDA. Si no este año, el que viene. Mucho tiempo estuve esperando que me apareciera la enfermedad. Nos dio un sacudón muy fuerte esa enfermedad. Cambiaron mis hábitos, mi forma de ver muchas cosas”.

Su obra seguirá viva y gozará de buena salud entre los amantes del teatro y la dramaturgia. Sus textos, rescatados en Vagones…, funcionan como la pieza de un rompecabezas que encastra a la perfección y ayuda a comprender mejor el universo de un artista particular. Que vivió y dejó todo por la interpretación llevándola hasta el límite, casi como ese personaje que interpretó en un capítulo de Tiempo Final, el notable unitario de los hermanos Borensztein: allí le dio vida a un actor que participaba de una audición para interpretar a un asesino serial, y su papel era, tal vez, demasiado verídico. Visceral, bucólico y sin anestesia, como era en la vida, lo era cuando declaraba a la prensa. Como en aquel extenso y lisérgico cuestionario al que lo sometió la Revista Humor. O, en otra oportunidad, cuando delineó para el Diario Clarín una suerte de manifiesto: “No creo en la prosperidad, el progreso: vamos a la fosa, eso está claro. Odio al ser humano, a mis semejantes; me gustan los animales, me gusta el alcohol, me gusta lo trágico y estar arriba de un escenario. Nada más”. //∆z

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