Alain Johannes: carta de presentación

En Fragments and Wholes, el cantautor chileno demuestra todo lo que sabe hacer. Resulta que sabe mucho y tiene con qué, aunque no le haría mal organizarse un poco mejor.

 Por Santiago Farrell

Es fácil reducir a Alain Johannes a su función de colaborador y telonero de Queens of the Stone Age. Pero sobre todo es injusto: aunque su producción solista es más bien escasa, Johannes es uno de los hijos pródigos del desierto californiano, una de las fábricas del rock creativo en siglo XXI. Multi instrumentista, productor y promotor de bandas, este personaje nacido en Chile no es sólo el pelado simpático que toca escalas extrañas en una cigar box antes de que arranquen Josh Homme y compañía.

Así lo demuestra Fragments and Wholes, Vol. I, su primer trabajo solista desde Spark (2010), que en cierta forma funciona como una carta de presentación. En aquel primer trabajo, Johannes estaba motorizado por la trágica pérdida de su esposa, lo que configuró un tributo excepcional. En Fragments… la cosa pasa por desplegar todo su potencial, y este músico talentoso lo logra sin problemas, con un disco excelente, cuyo único defecto tal vez provenga de su carácter de compilado anunciado por el título.

El principal activo de Johannes es una paleta sonora infrecuente en el rock mainstream, y lo que es más importante, con una impronta muy propia. Gente que hace proezas de escala libre con acústicas e instrumentos inusuales abunda, pero Johannes se destaca por tener tintes bien característicos, como dejos suaves de música india y de Europa Oriental unidos de forma cohesiva a la tradición de cantautores norteamericanos y al mal llamado rock stoner del desierto californiano. Es una mezcla fascinante, aunque a veces parezca encorsetarlo, especialmente si se lo escucha desde la idea de lo exótico.

Fragments… no pierde tiempo en demostrar su poder de fuego. La tríada inicial del disco es de lo mejor que salió este año, especialmente por “Whispering Fields”, una balada preciosa con coros zombie salidos de Songs for the Deaf, y por el hecho de que siga el trance metalero de “Saturn Wheel”, digno de pogo en cámara lenta. Y en la onírica “Kaleidoscope”, tal vez el punto más alto del disco, Johannes logra tender un puente perfecto entre instintos pop y sus vueltas de tuerca armónicas, que evoca a las mejores bandas de principios de la década del noventa. No es casualidad, ya que el tipo trabajó con muchas de ellas. Pero nunca suena como algo anacrónico o que podría haber sido hecho por otro artista, lo que es todo un mérito.

El único achaque más o menos serio que se puede hacerle al álbum es la falta de un intento de unificación. Claramente se trata de un compilado donde Johannes prueba todo lo que sabe hacer sin ningún orden particular, y si bien no hay un solo tema malo, juntos no fluyen tan bien, especialmente en la segunda mitad. Así, Fragments… pierde un poco de fuerza a medida que pasan los tracks y las variantes de Johannes se van repitiendo. En algunas ocasiones es una lástima, como pasa con “Where Angels Crawl”, que por sí sola es preciosa, pero como parte de la lista suena algo densa. Otro problema, aunque menor, es el hecho de que tanto foco en la paleta sonora a veces se impone demasiado sobre la estructuración de los temas, que quedan medio fragmentados. Es el caso de “Swan and Crow”, que no se aparta demasiado de lo que parece un loop de la cortina de Game of Thrones. Tal vez una mejor organización del material hubiera evitado estos problemas.

De cualquier forma, nada de esto quita méritos a un buen álbum hecho por un tipo ridículamente talentoso, donde cada escucha revela detalles deliciosos aquí y allá, y Johannes tiene la gran virtud de saber meter golpes de timón. La conexión con su cuna musical queda establecida con las guitarras imitadoras de OVNI de “Petal’s Wish” y el paso pesadillesco de “Jack of Wands”, que por un breve y fantástico instante muta en “Breathe” de Pink Floyd. Y está la brillante “Let It Gnaw”, que invoca de golpe al primerísimo primer disco de QOTSA para cerrar todo con un groove podrido e hipnótico. Es un final redondo y un gesto contundente, que cumple con el cometido de mostrar todo lo que sabe hacer esta eminencia californiana. Por ahora alcanza y sobra. Pero no olvidemos decir: continuará.//z

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