5 libros de no ficción – Parte II

Presentamos otra selección de obras de no ficción publicadas recientemente.


Lemebel Oral, de Gonzalo León (Mansalva)

¿Por qué hay que leer a Pedro Lemebel? Es una pregunta fácil de responder: por su talento, por cómo retrató a un Chile que la derecha trata de esconder, porque cuenta muchas verdades y eso incomoda. Podríamos seguir enumerando razones pero creemos que no hace falta. A cuatro años de su muerte, Lemebel sigue estando en el foco. En diciembre del año pasado, unos alumnos de una escuela chilena se negaron a leer un libro de él por ser “asqueroso”. Como siempre, se armó un debate. Si quieren conocer cómo pensaba Lemebel (más allá de su obra publicada) recomendamos leer Lemebel Oral (Mansalva, 2018), volumen compilado por el periodista Gonzalo León, donde pueden encontrar varias entrevistas que le hicieron entre 1994 y 2014.  Dos décadas de declaraciones irreverentes y pelearle a la contra. Lemebel hizo visible al Chile que esconde la “suciedad” debajo de la alfombra. Sus armas: la constancia, el talento y la palabra.  Joel Vargas


Summa technologiae, de Stanisław Lem (Godot)

Technologiae se propone desde el título como una operación imposible: la de escribir una summa, la de reunir en un solo volumen todo el conocimiento sobre la “técnica” en esta etapa de la humanidad. También la de proyectar, a partir de ese presente, las posibilidades futuras del estado de la tecnología en la época en la que fue editado el libro (la primera edición es de los años sesenta). Esto conlleva su propia ridiculización, como cualquier intento de predecir el futuro, y Lem comienza el libro atajándose en ese aspecto: “Debería hablar del futuro”, dice, pero de ahí en adelante se propondrá más bien hacer una historia de la tecnología, con mucho de presente y algunas tímidas pinceladas sobre lo que vendrá. Porque a Lem, este escritor polaco nacido en 1921 y fallecido en 2006, poco le importaba la proyección horizontal: lo suyo era más bien la exploración vertical, con base en la humanidad.

Stanisław Lem es conocido sobre todo por Solaris, novela que excede cualquier clasificación genérica, adaptada al cine por nombres de la talla de Andréi Tarkovski (1972) y Steven Soderbergh (2002). “Solaris” es el nombre de una inteligencia alienígena bajo la forma de un gigantesco océano que cubre un planeta entero. Sus protagonistas, enviados para establecer un contacto, terminan enloqueciendo: el psicólogo Kris Kelvin ve a su mujer muerta en la nave y mantiene conversaciones con ella. Lem es uno de esos escritores donde la “ciencia” en el binomio “ciencia ficción” es lo de menos: se propone más bien experimentar con las posibilidades humanas, en una especie de Cámara Gesell demoníaca.

En este sentido, los ensayos que conforman Summa Technologiae cruzan dos aspectos importantes de la organización del universo: la homeostasis, que es la tendencia al equilibrio, y la entropía, que es la tendencia al caos. En esta lucha se dirimen, para Lem, las posibilidades de crecimiento de lo humano. Uno de los tantos aciertos del libro es pensarlo más en términos novelísticos (el conflicto entre ambos factores) que ensayísticos. En algunos momentos de la historia de la humanidad triunfa el caos y la desorganización; en otros, la tendencia al orden y el equilibrio.

Pensado como un libro de “proyecciones”, Summa Technologiae se resguarda muy bien con la premisa de que los caminos evolutivos, tanto en lo biológico como en lo tecnológico, son inescrutables, dependen más del azar que de la voluntad humana, pero sin embargo acierta en todos los problemas que debemos enfrentar en la actualidad acerca de la relación entre las personas y las máquinas, que es el punto exacto donde esas dos formas evolutivas se cruzan. “Nuestro problema deberá ser perfeccionar al hombre”, dice. Y es ese el salto que la humanidad está dando todo el tiempo, tan paulatino que no lo veremos venir, porque sucede ahora, en este futuro en el que vivimos. Luciano Lamberti

*Fragmento del texto publicado originalmente en Inrockuptibles


La Hermana menor, de Mariana Enriquez (Anagrama)

En los últimos años, la editora del suplemento Radar de Página 12 y niña prodigio de las letras argentinas (a los 21 años publicó Bajar es lo peor, su primera novela), se convirtió en una de las escritoras argentinas más importantes a nivel internacional. Sobre todo por la trascendencia que logró su último libro de cuentos, Los peligros de fumar en la cama. Además de destacarse como una narradora que se mueve dentro del universo del terror cotidiano, con influencia de  plumas norteamericanas como Shirley Jackson o Stephen King, Mariana Enriquez se destaca como narradora de no ficción. Una muestra de ello es el notable perfil que escribió sobre Silvina Ocampo, la menor de las hermanas más famosas de la literatura argentina. Reeditado en 2018 por Anagrama, allí se luce tanto por su trabajo de investigación como de recreación de episodios fundamentales de su vida y al caracterizar su personalidad y su rol en torno a los pesos pesados sobre los cuales orbitó y que terminaron relegándola a un injusto segundo plano: su hermana Victoria, su esposo Adolfo Bioy Casares y su amigo Jorge Luis Borges. Desde el rumor de su relación prohibida con la madre de Bioy, hasta el descubrimiento fortuito del pene por intermedio de un criado y su crianza aristocrática, Enríquez traza la silueta de una mujer cuya personalidad poseía bastante de enigmática, que supo enorgullecerse de cierta cualidad de outsider, que no encajaba con el canon esperable de una mujer de su clase social. Enriquez describe su relación con las visitas, con la prensa, con la comida. Hasta describe el tono de su voz. Su retrato de Silvina logra ser completo al abarcar las luces y las sombras, los ninguneos y los elogios, los murmullos y los silencios de una escritora a la que muchos ubican en el panteón de las más destacadas autoras nacionales, y que para otros, aún, es un misterio. Pablo Díaz Marenghi


Hora Boliviana, Historias del país presente – Selección y prólogo de Fernando Barrientos (Editorial El Cuervo)

En el prólogo, Fernando Barrientos (editor de El Cuervo) admite la complejidad de retratar “lo boliviano” debido a la heterogeneidad y versatilidad que abarca dicho calificativo. Afirma: “hoy toca hablar con el vértigo del presente absoluto, plural y polisémico”, describiendo, de algún modo, la diversidad de los textos que incluye esta antología. Las catorce crónicas oscilan entre el relato non fiction tradicional, el perodismo superyoico performático, la entrevista mixta y el relato testimonial: desde el ascenso social y los aires de superioridad de ciertas zonas (El Alto), hasta la muerte fatídica de un niño boliviano en el extranjero, pasando por relatos de comunidades indígenas, el eterno dilema acerca de la salida al mar, misceláneas cotidianas que incluyen cazafantasmas barriales y vendedoras de DVDs piratas hasta la semblanza de un narco devenido en santo pagano. Los narradores vierten emotividad a la hora de contar lo que ven en las calles de su país. Narran la cotidianeidad desde una profunda sensibilidad que se vuelve, por momentos, desgarradora. Por ejemplo,  Santiago Espinoza cuenta la vida de su “casera de películas” favorita y escribe una oda a la cinefilia; Leonardo de la Torre Ávila reconstruye la historia de un taxista y su pequeña hija. Wilmer Urrelo Zárate, uno de los escritores bolivianos contemporáneos más destacados, cuenta su padecimiento ante una enfermedad crónica en los huesos que le produce un dolor absoluto a la vez que se encuentra con un viejo amigo cineasta que lo invita a colaborar en el guion de su película. Sin dudas, uno de los textos más logrados.

La lectura de corrido de estos textos híbridos, que recurren a diversos géneros y técnicas narrativas, permite visualizar aquella polisemia que menciona Barrientos referida a un país. Bolivia es un territorio inexorablemente latinoamericano que, por lo tanto, exuda desigualdad social, destinos migrantes y una movilidad social eclosionada. En el medio, hay tiempo para el baile, la reflexión histórica, los narco corridos y el romance. Pablo Díaz Marenghi


Mi Vida, de Luis Valor (Editorial Planeta)

Que salía vestido de traje a robar bancos y blindados. Que se escapó de la cárcel de Devoto por una ventana, colgando de una soga hecha con sábanas atadas. Que se tiroteaba con la policía con ametralladoras y un FAL. Que repartía bolsones de dinero y mercadería en el barrio cual Robin Hood o Papá Noel. Que estuvo casi un año prófugo. Que fue militante peronista y montonero. Que jamás le robó a un trabajador porque, afirmaba, “para eso estaba el Estado y el sistema capitalista”. Que fue, o es, el “Al Capone” argentino. Lo interesante de Luis Alberto “El Gordo” Valor es que todas las leyendas que circulan sobre él son ciertas. Y todas las cuenta, de puño y letra, en Mi vida, su autobiografía editada por Planeta. Allí narra su periplo en el hampa. Cuenta con prólogo de Rodolfo Palacios, quien se consolida día a día como el heredero del Patán Ragendorfer y el curador de la historiografía criminal argentina. Tal vez, por momentos, la prosa se vuelva algo rústica y repetitiva (Valor es un experto en robar camiones blindados en segundos, no es escritor), y los detalles no logran conformar al lector más deseoso de conocer cómo era que la “Superbanda” (su séquito delictivo que atemorizó al país durante los ochentas) realizaba sus raids de robos. Lo cierto es que, tal como reza uno de los subtítulos de su relato, Valor construye el “réquiem de un pistolero sin armas” y las memorias de un personaje clave de las páginas policiales (mejor dicho, delincuenciales) argentinas que pasó la mitad de sus 64 años preso y afirma: “Que mi historia (…) sea como un símbolo de lo que no hay que hacer“. Pablo Díaz Marenghi //∆z

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