40.DOC, de Gustavo Noriega y Marcelo Panozzo

El libro intenta narrar la historia del documental argentino y reflexionar sobre el país mediante una selección arbitraria pero su objetivo queda trunco.

Por Pablo Díaz Marenghi

En una entrevista con el diario La Nación, el recientemente fallecido Ricardo Piglia define a un relato como “un modo de establecer relaciones de causa-efecto que parezcan naturales. La narración, en general, establece en la experiencia caótica y confusa que tenemos de la vida la sensación de una linealidad, de una causalidad”. Sin dudas, 40.doc (Márgen Izquierdo), editado en julio de 2016, intenta esto; darle cierta continuidad y coherencia a algo despedazado por mil partes: la historia argentina en general y el documental argentino en particular. Los autores, Panozzo y Noriega, cuentan con sendos currículums que los avalan en materia cinematográfica: el primero, periodista de espectáculos, crítico de amplia trayectoria y ex director del BAFICI entre 2012 y 2015. El segundo, fue uno de los fundadores de la revista El Amante en 1991, publicación trascendental en la historia de la patria cinéfila argentina, y fue su director hasta 2013. Con semejantes antecedentes uno se imagina que en este libro, en donde se incluye una selección de cuarenta documentales nacionales entre 1960 y 2013, se encontrará con profusos análisis de dichas obras. Esto no termina siendo del todo así. Los textos son flojos. Hay muy poco análisis audiovisual y son piezas breves, casi que, por momento, parecen un mero acompañamiento. Esto se explica un poco más cuando se indaga acerca del contexto del libro: originalmente estos textos formaban parte de una muestra, homónima, realizada en el espacio Margen del Mundo, un “multiespacio audiovisual” (sic) creado por Luis Majul, periodista y director también de la editorial que edita el libro. Hay varios puntos a tener en cuenta a la hora de analizar esta obra pero no hay ninguna duda de que la afirmación que se deja leer en el subtítulo es, a viva voz, falaz: “una historia del documental argentino en 40 películas”.

En primer lugar, el prólogo ya abre el paraguas. Dicen los autores que “estos 40 documentales no son necesariamente los mejores aunque muchos de ellos realmente lo sean”. Esta oración, que parecería ser la exposición de un esquizofrénico, abre una serie de dudas: ¿los autores intentaron armar una selección de documentales que refleje el crisol de opiniones, estéticas, puntos de vista e ideologías que pululan en la cinematografía argentina? ¿Este mosaico libre de jerarquías o medallas al primer puesto es, acaso, algo más cercano a la objetividad? Conociendo un poco la ideología de los autores, sabiendo de su predilección por el tantas veces celebrado “periodismo independiente” uno puede intuir que algo de eso hay. Cuando ya es harto sabido –alcanza con abrir un Ciencias Sociales for Dummies– que ya en la mera selección de contenido se juega toda la subjetividad de un autor. Noriega/Panozzo intentan, según el prólogo, armar “un retrato del país, al mismo tiempo que esbocen en paralelo alguna descripción de lo que pasó en el cine nacional a lo largo de estos años”. Es por esto que en este volumen coinciden tanto La Fiesta de Todos (1979), señalada como “la película infame” que celebra el clima de fiesta al compás de la picana durante el Mundial 78, o Cazadores de utopías (1996), una oda a la militancia de los setenta. No queda del todo clara la intención de mezclar izquierdas y derechas, azules y colorados, sin más coherencia que la de una “arbitraria” selección. Falta análisis en profundidad, algo que no está mal exigirle al ex director de la revista nacional más relevante de crítica cinematográfica y a un ex director de uno de los festivales de cine más importantes.

El libro es de lectura rápida. Allí aparecen muchos documentales con problemáticas sociales, desde el fundacional Tire Die (1960) de Fernando Birri hasta Memoria del Saqueo (2003), de Pino Solanas. También mucha militancia política: desde La hora de los hornos (1968), de Solanas/Octavio Gettino o la contracultura en Rock hasta que se ponga el sol (1973). En todas las reseñas se cuela, a cuenta gotas, la opinión política de los autores. “La Argentina es un país de milagros desparejos” exponen en la reseña de La era del ñandú (1987), de Carlos Sorín. Su anti peronismo se deja ver en el texto sobre Perón, Sinfonía de un Sentimiento, la descomunal obra de Leonardo Favio definida como un “poema pedagógico, tan endeble en su rigor histórico como fascinante”. O permitirse hablar de una “épica desesperada” respecto al Movimiento Piquetero, en alusión a La crisis causó dos nuevas muertes (2006), de Patricio Escobar y Damián Finvarb. Si a esto se le suma el endiosamiento a La República Perdida (1983) de Miguel Pérez, una película ultra alfonsinista y binaria, y las referencias solapadas al Kirchnerismo, movimiento el cual los autores desprecian, por ejemplo en el texto sobre Cazadores de Utopías: “El sentimiento predominante–idealización de una generación y necesidad de revancha– prefigura” el kirchnerismo y “presagia un futuro”.

Es interesante el podio que establecen los autores sobre los cineastas contemporáneos de más renombre (Martín Rejtman, Mariano Llinás y José Celestino Campusano), destacando su rol como documentalistas con Balnearios (2001), Copacabana (2006) y Legión (2006). Las entrevistas son, quizá, lo más atractivo y profundo de leer, con nombres como el propio Campusano, Favio, Albertina Carri y Rafael Filipelli, y que en varios de estos diálogos se exponen críticas al INCAA. Vale recordar que este libro se editó aún bajo el mandato del Kirchnerismo, movimiento del cual Panozzo/Noriega son férreos detractores.

Nicolás Prividera, autor de M (2007), documental citado en el libro, escribió un ensayo llamado “El canon accidental” donde reflexiona sobre el libro de Noriega/Panozzo y esboza una teoría de por qué su propósito queda trunco: “si bien “todo es historia”, no se trata de igualarlo todo sino de diferenciar textos y reponer contextos, es decir, historizar, para encontrar también, en los hiatos y las faltas, las huellas que el documental siempre deja a su paso en su reconstrucción del pasado y su retrato del presente” y critica la inclusión de dos documentales polémicos como cierre: El diálogo (2014) de Pablo Racioppi y Carolina Azzi y Los Valientes de Formosa (2013) de Sandro Rojas Filártiga. Ambos son descriptos como obras valientes, a contramano de la historia, críticas con el “paradigma imperante en la Argentina desde la caída de la dictadura y que ha sido reforzado en la Argentina en los últimos 12 años”, cuando en realidad son el rejuvenecimiento de la Teoría de los Dos Demonios (definido por los autores como un “sambenito”) bajo el disfraz de la “reconciliación” y la “memoria completa”. En el primero cruzando a un “montonero arrepentido” con una “líder de los Derechos Humanos” como Graciela Fernández Meijide, y en el segundo narrando la llamada Operación Primicia, la primera acción militar de Montoneros el 5 de octubre de 1975. Prividera enuncia, respecto a lo dicho en 40.doc: “la reivindicación de los combatientes de entonces apunta por elevación a exonerar a sus superiores (una suerte de “obediencia debida” invertida), así como los hechos particulares alcanzan resonancias generales para justificar la violencia “defensiva”. La estrategia retórica es clara, y no faltan adjetivos ni bajadas de línea aunque Noriega y Panozzo aseguren que ‘prescindiendo de bajadas de línea ostensibles (…) se priva de adjetivar'”.

40.doc comprueba el amplio espectro de géneros, estéticas y posicionamientos políticos que puebla el documental argentino. Sin embargo, no alcanza, como dice en el prólogo, con mostrar la multiplicidad. Hay que mostrar la versatilidad pero también explicarla con la debida profundidad. La supuesta arbitrariedad enunciada en el prólogo no alcanza para validar la propuesta. Su falta de análisis crítico, la cuestionable ideología reaccionaria que emana en sus reseñas y la inclusión de algunas obras sin la más mínima contextualización o argumentación, son puntos flojos que dañan la supuesta coherencia artificiosa del relato, en términos de Piglia. Todo esto acompañado de un barniz de inocencia que se evapora en las primeras páginas. Falta una historia del documental argentino. Aún no ha sido contada.//∆z

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