3° Han Cine: Festival de Cine Coreano

Héroes nacionales, mafias y futuros distópicos protagonizaron la tercera edición del Festival de Cine Coreano en Buenos Aires. ArteZeta estuvo allí. 

Por Mara Laporte

Asesinato  (Choi Dong-hoon, 2014)

Este film supone el esperado regreso de Choi Dong-hoon, uno de los directores más influyentes de la industria cinematográfica coreana, después del tremendo éxito de su comedia de acción The Tieves, que en su momento se convirtió en la segunda película más taquillera de la historia de Corea del Sur. Y si todo lo que toca Choi Dong-hoon parece destinado a volverse millones, Asesinato no ha sido la excepción: sólo en su país de origen superó tras su estreno los 12 millones de espectadores.

En esta nueva propuesta, el director presenta un trabajo bastante más ambicioso que su antecesora The Tieves.  Y si bien sabemos a qué atenernos cuando nos acomodamos en una butaca para ver una superproducción que se titula, escuetamente, Asesinato, diremos que Choi Dong-hoon no decepciona: en esta película hay tiros, muertes, armas, traiciones y conspiraciones suficientes para colmar cualquier expectativa.

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Asesinato plantea un relato de ficción con componentes históricos ambientado en el Shangai y el Seúl de los años 30, período en el que Corea estuvo ocupada por los japoneses. El jefe de policía del gobierno provisional coreano, desde su exilio en Shanghai, unido a un grupo de exiliados rebeldes de aspiraciones independentistas, planea un doble asesinato: el del comandante de las tropas japonesas en Seúl y el de un magnate coreano traidor, aliado del gobierno de Japón. Para cumplir con su enrevesado plan, en principio casi kamikaze, recluta a tres personajes que son los que acaban cargando el peso de la misión: una mujer francotiradora del ejército de la independencia de Corea condenada a muerte en Manchuria y dos miembros masculinos del ejército independentista  mitad héroes, mitad mafiosos encarcelados en China. Todo se complica cuando un espía alerta del plan a los japoneses, acelerando un entramado de traiciones en el que comienzan a confundirse los cazadores con los cazados.

Choi Dong-hoon repite en esta película un doble recurso que parece ser marca de la casa: mantener la tensión dramática a partir de un tejido de subtramas que acompañan la historia central y la construcción coral en la que una  multitud de personajes entran y salen de escena llevando la batuta de la acción. Aquí, como ocurre en sus anteriores producciones, echa mano de un elenco de estrellas que son verdaderas celebridades en el cine local, entre las que destacan, en el papel protagónico de la audaz francotiradora An Ok-yun, la célebre actriz de la televisión surcoreana Jun Ji-hyun, que en este caso lleva con solidez la construcción de un doble personaje la francotiradora y su hermana gemela que de no ser por su eficacia interpretativa estaba condenado a lo inverosímil. Y el contrapunto masculino es también un actor garantía de taquilla: Ha Jeong Woo, cuyo personaje de galán y aventurero al estilo Indiana Jones parece haber sido construido más para permitirle lucir sus dotes de seductor que para aportar funcionalidad a la historia.

Sin embargo, a pesar de estos altibajos en la conformación de algunos personajes, Asesinato resulta un producto sólido y entretenido. El hecho de que incluya algunos datos reales y caros a la historia de Corea como es el personaje de Kim Koo  sexto y último presidente del Gobierno Provisional de Corea que luchó contra la ocupación japonesa la heroicidad de quienes pelearon en la clandestinidad o la traición de los chinilpa  coreanos pro-japoneses cuyo papel resulta fundamental en el relato permite que la película mantenga un pie en lo histórico sin perder la libertad de construir un argumento ficcional.

Asesinato no es una película que se proponga exaltar el nacionalismo coreano. Podría ser tranquilamente un spaghetti western, una película de gangsters o un culebrón de gemelas separadas al nacer. Y de alguna manera lo es. Su mérito consiste, precisamente, en que con el trasfondo de las luchas independentistas plantea una historia que mantiene su esencia de relato universal: idealismo, amor, traición, acción y muerte salpicados con algún toque de humor de tanto en tanto. No es necesario conocer la historia de Corea ni ser adepto a ningún género en para disfrutar de esta propuesta en la que Choi Dong-hoon viene a demostrar una vez más, en las dos horas y veinte minutos que dura la película, su habilidad para mantener el vértigo y la tensión narrativa. Y al espectador clavado en la butaca.

El Almirante: Rugido de las corrientes (Kim Han-min, 2014)

El Almirante fue sin duda una de las joyas del festival. Se trata no sólo de la película más taquillera de la historia de Corea del Sur sino también de una verdadera cátedra de cine épico de la mano de KIM Han- min, uno de los realizadores más promisorios del panorama cinematográfico actual.

Con una producción filmográfica todavía muy corta, compuesta por Paradise Murder (2007), Headphone (2009) y War of the Arrows (2011) Han-Min deslumbra ahora con El Almirante desde una propuesta de igual calidad visual que sus antecesoras, pero con una producción de presupuesto mucho mayor, lo que deviene una auténtica oda al género épico ideal para las dimensiones de la gran pantalla.

La película está centrada en la hazaña del almirante Yin Sun-Sin, que el 26 de octubre de 1597, con una flota menguada de apenas una docena de naves, venció y humilló a la poderosa fuerza naval japonesa, compuesta por 300 navíos -los historiadores dirán hoy que en realidad no eran 300 sino entre 120 y 250, detalle que no desmerece la hazaña- en la célebre batalla de Myenongyang, al suroeste de Corea. Esta descomunal contienda, que supuso para Japón una derrota que acabaría poniendo fin a sus incursiones navales en la península coreana, convertirían a Yin Sun-Sin probablemente en el mayor prócer de la historia de Corea, y en uno de los estrategas más admirados de la historia de la humanidad.

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Un héroe nacional, una superproducción millonaria, un país siempre ávido de revisar la construcción de su identidad como nación: la película tenía todos los ingredientes para convertirse en un hito cinematográfico. Y superó las expectativas. El Almirante es, sin duda, una de esas películas que entran en la categoría de imperdibles. El talento de KIM Han-min, la utilización magistral de los efectos digitales, las contundentes actuaciones de un elenco de primera línea, encabezado por  Choi Min Sik (el tremendo protagonista de Old Boy) en la piel de Yi Sun-Sin, su contrapunto Ryu Seung Ryon como el Comandante japonés Kurushima Michifusa, rodeados por un séquito de secundarios de lujo, hacen que en esta película todo lo que pueda estar bien, esté más que bien.

En principio, es de agradecer la decisión del director de introducir al espectador, en la primera media hora del film, en el contexto histórico del combate. El quién es quién, las internas de ambos ejércitos, el respeto por las jerarquías, todo queda plasmado en los primeros minutos de la película. Revelador, sobre todo, ese diálogo inicial “maestro-discípulo” entre el Almirante y su hijo que, fragmentándose a modo de flashback en varios momentos de la película, resulta fundamental tanto para humanizar al Yi Sun-Sin personaje como para dar sustento ideológico a una misión que desde la lógica sonaba a delirio con destino de masacre. “Si deseas vivir, encontrarás la muerte; si deseas morir encontrarás la vida”, alecciona el padre antes de lanzarse, convencido de que el coraje se contagia igual que el miedo, a la batalla. Esa batalla a la que Kim Han-min nos transporta, durante 75 minutos en los que no da respiro, en un espectáculo de gran despliegue visual. La maestría con la que se narra el combate, alternando secuencias de vértigo con silencios sepulcrales, el simbolismo de algunas escenas, como esa conmovedora toma cenital en la que se muestra a los aldeanos acercarse con sus rústicas embarcaciones a remolcar a la enorme y vapuleada nave del Almirante, el dominio del ritmo narrativo y la tensión emocional por parte de Kim Han-min justifican sobradamente el éxito de una película memorable no sólo para los amantes del cine épico. Y consolida el trabajo de  un director al que vale la pena empezar  seguir de cerca.

Pieta (Kim Ki-duk, 2012)

Hablar de una película de Kim Ki-duk supone hablar, en primer lugar, de Kim Ki-duk. Pocos directores tan controvertidos, amados u odiados con igual intensidad como él. Con una filmografía oscilante entre lo sublime y lo indigerible, tan poco estimada en su país como aclamada por la crítica internacional, estamos ante uno de esos creadores cuyo nombre se impone por delante de su obra. Capaz de lo mejor y lo peor no sólo en su irregular trayectoria sino en un mismo film y hasta en una única escena, Kim Ki-duk es así:  podrás tomarlo o dejarlo pero nunca permanecer indiferente.

Pieta, su película número 18, marcó el renacimiento del director tras una larga temporada de aislamiento y  crisis personal. Se trata de una apuesta fuerte y sin concesiones que generó todo tipo de controversias y críticas encontradas en cada una de sus proyecciones, y que finalmente se llevó nada menos que el León de Oro en la 69ª edición del Festival de Venecia en el 2012.

El título de la película remite a la escultura homónima de Miguel Ángel, símbolo del amor materno-filial, en la que la Virgen María sostiene a su hijo muerto, y desde allí plantea una alegoría compleja y angustiante que recorre todo un relato centrado, casi en su totalidad, en dos personajes. El protagonista, Kang-Do, es un joven oscuro y mercenario que, contratado por prestamistas usureros, se dedica a cobrar e incluso mutilar sin remordimiento a unos aterrorizados deudores y  su tiempo libre lo emplea en alimentarse de vísceras animales o masturbarse. Su suerte cambia cuando un día aparece en su vida una mujer que asegura ser su madre y le suplica perdón por haberlo abandonado. La irrupción de esa mujer, extraordinariamente interpretada por Min-soo Jo, le dará otro sentido a su existencia, y representará para él tanto la posibilidad de redención como el riesgo de quedar expuesto, por primera vez en su vida, a sufrir el dolor en carne propia.

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Pero Pieta pretende ser también, en palabras del propio director,  una crítica al capitalismo salvaje. “¿Qué es el dinero?”, pregunta el protagonista. “El principio y el final de todas las cosas”, responde su madre. Y ahí es donde el guión empieza a mostrar sus fisuras: en la explicitación del discurso anticapitalista, en ese desliz melodramático que supone el  viraje de 180 grados en la moral del protagonista a partir del vínculo con su madre. Porque Kim Ki-duk se le da mucho mejor la sugerencia que la obviedad innecesaria. Su fuerte es el poder simbólico, su tremenda capacidad de sugerir desde la belleza, incluso cruel, el vacío de la sociedad, la hiperviolencia y la carencia afectiva.

Pero más allá de esos deslices moralizantes, Pieta es la vuelta de un Kim Ki-duk que tiene en el silencio, en esos planos largos que amplifican el dolor, en las actuaciones minimalistas pero perturbadoras, en los juegos de luz de efectos casi pictóricos y en la construcción de la atmósfera y el paisaje (acá la liberadora naturaleza de Primavera, verano, otoño, invierno… y otra vez primavera se vuelve claustrofobia y suciedad urbana) sus marcas de estilo más poderosas.

Pieta es, en definitiva, una película compleja y terrible que obliga a cerrar los ojos por momentos, en la que la crueldad humana alcanza límites de horror. Y en la que, una vez más. Kim Ki-duk vuelve a demostrar que a veces es posible, al menos en el cine, fusionar violencia y poesía.

SnowpiercerBong Joon-ho (2013)

Que Snowpiercer sea una película coreana es casi una cuestión de fe. La propuesta más hollywoodiense del festival es una coproducción entre Estados Unidos, República Checa, Francia y Corea del Sur, hablada en inglés y protagonizada por un elenco de estrellas de Hollywood. Los únicos guiños asiáticos son su director, Bong Joon-ho, dos de sus actores de reparto, Song Kang-ho y Go Ah Sung y el aporte de un peso pesado como Park Chan-wook, esta vez en calidad de productor.

El modo en que el realizador Bong Joon-ho acabó rodando Snowpiercer es también rocambolesco y fortuito. Cuenta la leyenda que el director se encontró por casualidad en una tienda de cómics con un ejemplar de Le Transperceneige, historieta de culto francesa de los años ’80 creada por Jacques Lob y Jean-Marc Rochette. Fascinado por la historia, se obsesionó con adaptarla al cine, proyecto que le llevó unos ocho años y que finalmente, tras una mezcla de azar, convicción y transacciones varias propias de la industria del cine, se convirtió en este “blockbuster hollywoodense de autor” de producción millonaria.

La película plantea una historia de ciencia ficción distópica que arranca en el 2031, diecisiete años después de que un fallido intento por frenar el calentamiento global acabara ocasionando una nueva era glacial, con el planeta congelado y la humanidad extinguida casi por completo. Los únicos supervivientes son quienes lograron arribar el Snowpiercer, un tren larguísimo que viaja sin destino ni descanso alrededor de un mundo helado, impulsado por un extraño motor de movimiento perpetuo.

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El relato comienza en los últimos vagones de ese tren, donde todo es sucio y oscuro y la gente vive hacinada en condiciones infrahumanas, apenas alimentada por unas repugnantes barras energéticas que llegan desde “el otro lado”. “El otro lado” es el extremo delantero del tren, donde vive la clase acomodada y dominante, que disfruta de la impunidad y el lujo a expensas de la miseria de los otros.

Así, dentro del Snowpiercer se va construyendo un microcosmos, metáfora  extrema de la sociedad actual, con sus estructuras de clases, rencores y privilegios. Y cuando el delirio y la necesidad se apoderan de esos parias agonizantes, comienza a gestarse la revolución, lliderada por Curtis (Chris Evans), su mano derecha Edgar (Jamie Bell) y el viejo  Gilliam (John Hurt), a quienes se suman el lunático ingeniero Namgoong (Kang-ho Song) y su hija Yona (Ah-sung Ko), adictos al kronol pero poseedores de algunos secretos clave para el combate.

La cámara sigue a los rebeldes en su avance a través de los vagones, en una carrera sin retorno que remite a la estructura de los videojuegos beat’em up, donde la única posibilidad de movimiento es hacia adelante, atravesando diferentes escenarios, combates físicos y niveles. Los mueve la desesperación y la sed de venganza hacia los líderes del otro lado, la malvada y desopilante Maso (una Tilda Swinton brillante, que se come la pantalla en cada aparición) y el objetivo final de la rebelión: el enigmático creador del Snowpiercer, un gélido y despiadado Wilford (Ed Harris) que los espera al final de la cruzada.

Es posible que sólo un director como Bong Joon-ho sea capaz de extraer tanta riqueza visual de un escenario tan claustrofóbico como un tren. Especialista en grabar en localizaciones estrechas (como el inolvidable puente de Memories of Murder o el circuito de alcantarillado de The Host) las imágenes que nos ofrece en Snowpiercer —interiores y exteriores— son sencillamente deslumbrantes. Así, los baches que pueda presentar la película a nivel argumental -alguna incongruencia de guión, la simpleza de la dicotomía pobres/ricos, buenos/malos- los sortea cómodamente con un trabajo de fotografía fascinante. En esa sucesión de escenarios y escenas de acción que vuelve a este película una rara avis en el mundo de la ciencia ficción: una “superproducción de cámara” en la que un director experimenta con las directrices del género hasta hacerlo suyo, desplegando con maestría todo lo que puede suceder dentro de los límites de un tren único e interminable.//∆z

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