Nómades en la noche

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En uno de los cruces más atractivos de los últimos tiempos, Los Espíritus dio un show cargado de potencia junto a Bombino, uno de los artistas africanos más interesantes del momento.

Por Pablo Díaz Marenghi
Fotos: gentileza de Mathías Magritte

“Pan y vino, pan y vino, pan y vino, pan y vino, el que no grita Bombino para qué carajo vino”, cantaba el público que se amontonó en Niceto a mitad de semana para ver al Hendrix del desierto africano. Acompañado por una base de segunda viola, bajo y batería, el oriundo de Níger hizo vibrar al público enfundado en una túnica de color marfil y tocando sin púa su guitarra eléctrica, que le da sostén y energía a un sonido por demás atractivo. Bajo el ala de Los Espíritus, el africano que le rinde tributo al afrobeat y a Fela Kuti, entre otros, llegó a la Argentina y demostró por qué su nombre viene sonando fuerte en el plano internacional (en este último tiempo llegó a grabar un tema con los Rolling Stones) y de qué manera cruza los universos sonoros de su propio origen tribal con el blues, el rock valvular norteamericano y el reggae alla Alpha Blondy.

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No por casualidad su mejor disco, Nomad (2013), fue producido por Dan Auerbach, de The Black Keys. En el reggae de Bombino hay mucho de su estilo personal, con letras que se nutren de dialectos originarios: él suele decir que su estilo es el Tuareggae, que deriva de la tribu Tuareg en la que nació. Por supuesto, también se percibió en la noche una relación notoria con el imaginario de Los Espíritus, ya que el cruce no fue para nada casual. La banda se fascinó con el africano al punto tal de convocarlo para hacer tres fechas con ellos (también el 15 y 16 de febrero). El público argentino recibió al nigerino de la mejor manera, con los cantos tribuneros típicos entre tema y tema.

Bombino despertó ovaciones y sorprendió a varios. Primero, por su particular carisma: se mostró muy tímido (no habló en todo el show, el vocero de su banda fue el bajista), mirando al piso en varios momentos mientras bailaba y tocando con una solvencia notable. Sus canciones se basan en riffs sostenidos y atravesados por un tempo que se vuelve casi un mantra, cambios de ritmo con diferentes niveles de intensidad y un ritmo más propio de las claves africanas (como la clave de bembé en 6/8), que se cruza con el blues más crudo y la psicodelia.

Luego de un show con pasajes de alto vuelo, con momentos de solo de bajo procesado con pedal de wah-wah o de estructuras rítmicas que se repetían hasta estallar de modo chamánico, llegó el turno de los anfitriones. Los dirigidos por Prietto y Moraes suelen escuchar, casi como un ritual o una cábala, el tema “Tar Hani” de Bombino antes de salir al escenario, para darse ánimo, inspirarse y entrar en el groove correcto. Una de las bandas más importantes, si no la más, de la escena emergente actual logró lo que no muchos correligionarios pudieron: revalidar su excelente presente con una nueva dosis de sus clásicos y abrir las mentes de sus fanáticos, así como les pasó alguna vez a ellos mismos como melómanos irrenunciables. En tres horas a puro psycho-blues incendiario, melodías de westerns de La Paternal y ritmos latinos, África y Sudamérica se dieron la mano en una noche memorable para la música independiente.

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Con las camisas hawaianas que ya son su marca registrada, Los Espíritus desplegaron nuevamente las artimañas que los llevaron a la consagración. Intercalaron canciones de sus tres discos –Los Espíritus (2013), Gratitud (2015) y Agua Ardiente (2017)- y le dieron forma a un show potente que hizo bailar a todos con su groove ignífugo. “La crecida” decretó el comienzo a puro blues sureño y destellos de psicodelia. En ese tipo de melodías, Los Espíritus se destacan por conectar con una fibra por momentos olvidada en el rock: la cuestión del cuerpo.

Dentro de la fiesta que se vivió el miércoles, la gente coreó a rabiar los temas del último disco, el que confirmó su salto definitivo a la masividad. Entre ellos, “El viento”, con su letargo rítmico delicioso, o “La mirada”, el western urbano con reminiscencias a las bandas sonoras de Ennio Morricone que corona con un solo hendrixiano de Miguel Mactas, el socio ideal de Maxi Prietto, y con los juegos de percusión exquisitos a cargo de Fer Barrey. Santiago Moraes, que supo forjar un estilo compositivo que enriquece el imaginario de la banda, aportó su cuota con “Perdida en el fuego” y “Mapa Vacío, entre otras. Su guitarra acústica anestesió el trip rítmico del grupo y su tono de voz, como es costumbre, volvió a resaltar por su amplitud y calidez.

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Los puntos altos del show llegaron con “Jugo” y la arquitectura rítmica gestada por Maxi Prietto y su modo único de tocar la guitarra, que oscila entre lo virtuoso, lo deforme y la lisergia. Luego vinieron “Mares”, con un inicio diferente a la versión de estudio, “Las armas las carga el diablo”, de un ritmo más aletargado y psycho-rural, y también “Jesús rima con Cruz”, clásico inoxidable del primer disco. Hubo momentos para disminuir la intensidad, como en “Luna Llena”, que generaron puentes entre las diferentes vertientes instrumentales de la banda. “Vamos a la luna”, “Negro Chico” y “Noches de Verano” -otro viejo clásico- despertaron el agite, los pogos circulares y los gritos: el choque promiscuo entre los cuerpos se convirtió en una marca registrada de las presentaciones en vivo del grupo.

Sobre el final se dieron el lujo de hacer “Tar Hani” junto a Bombino, el tema que, como ya se dijo arriba, les sirve como ritual antes de los shows. Los Espíritus fueron para el africano la banda soporte que le aportó el colchón rítmico voluminoso y afianzado que potenció su virtuosismo a la hora de tocar la guitarra y cantar con su inconfundible tono de voz. “La rueda”, una de las tantas letras de Prietto que le escupen en la cara a la sociedad de consumo, marcó el fin de una noche espirituosa más. Esta celebración del fuego dejó una marca dentro del rock local ya que unió a una banda de la nueva generación deudora de los géneros clásicos (blues, folk sureño, psicodelia, folklore, ritmos latinos) con un referente del África tribal. Fue, sin dudas, el triunfo y la materialización de la banda sonora de los oprimidos, un testimonio ebrio de esa potencia incendiaria y pasión por la música que atraviesa continentes.//∆z

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