Nada contra qué chocar, de Jorge Abel Muñoz

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En su primer libro de cuentos, publicado por Ediciones La Parte Maldita, el autor explora las miserias del mundo laboral, las dudas de la infancia y el trip de las drogas mediante un prisma de humor y desparpajo.

Por Pablo Díaz Marenghi

“Todas las historias del mundo se tejen con la trama de nuestra propia vida”, afirmaba Ricardo Piglia y se podría decir que Jorge Abel Muñoz cumple esta máxima a la perfección. Construye un universo propio en el que a través de pinceladas precisas del mejor realismo expone sus preocupaciones más profundas: la niñez, la alienación del mundo del trabajo, el paso del tiempo, las relaciones familiares que se resquebrajan, las drogas y el rock and roll. Hay un tono intimista, ajeno a florituras y ornamentaciones excesivas. Con los recursos lingüísticos y estéticos justos y necesarios, Muñoz crea escenas tragicómicas, de empleados que le lloran un aumento de sueldo a patrones obesos y payasescos (“Pez gordo”) o de niños que se desesperan por masturbarse con una revista porno robada mientras uno de ellos insiste con jugar un picadito (“Avalancha”). Es notoria la influencia de Liliana Heker (el autor asistió a su taller) en cuanto a la construcción de la identidad de los personajes y al devenir de su existencia. De hecho, “El regalado” podría ser un lado B del célebre cuento “La fiesta ajena” de la escritora. En este caso, un niño enamorado de la mamá de su amigo lo lastima en un puentecito chino para tener la excusa de ver a su amor platónico. En el medio se deja ver una tanga y el cuento cobra tintes entre almodovarianos y surrealistas.

El oprobio del mundo laboral y su alienación asfixiante están presentes en relatos como “Profeta”, en donde un oficinista despotrica contra cielo y tierra, o en “Ponderando a los chinos”, en el que resuena el presente de los millennials sin suerte y condenados a un futuro laboral tortuoso: un empleado promedio es despedido e intenta agredir a su jefe con resultados hilarantes. También hay momentos para otro tipo de trabajos ajenos a la fauna oficinística, como en “Caballito”, donde aparece el mundo de la calesita y la sortija, o en “Las trayectorias”, en el cual un vendedor ambulante en el bondi irrita hasta el hartazgo a un pasajero algo snob.

Se percibe en estos cuentos breves, algunos de unas pocas páginas, algo de la vida personal del autor. Aparecen agencias de publicidad (Muñoz es redactor creativo y docente de Creatividad Aplicada y de Concepto de Marcas en la Escuela Superior de Creativos Publicitarios) y conciertos de rock (“Vocecita”, un original relato en medio de una estampida durante el show de The Wall de Roger Waters). “Salomón” ilustra cómo el autor se deja empapar por la emergencia de las relaciones familiares. Sean más o menos autobiográficas o no, Muñoz, que con este libro obtuvo en 2016 el 2do. premio del Fondo Nacional de las Artes, emana una sensibilidad diáfana al narrar, por ejemplo, la eutanasia de un perro, la soledad de una madre y la incertidumbre de un hijo joven que duda mientras da sus primeros pasos de manera independiente. Sin dudas éste es uno de los puntos de emotividad más altos del libro.

Hay un lugar destacado también para el mundo de las drogas, la lisergia y el humor tragicómico. Por ejemplo, en “Frito y copiloto” se cuenta la historia de un ex yonqui devenido en un hippie zen que recae en la cocaína, en una estructura de relato clásico que se va desenvolviendo como una mamushka. Otro ejemplo de la veta psicotrópica de este libro es “Amigo Suculento”, en donde un pendejo empepado intenta volver en bici de una fiesta y describe, con una belleza poética notable, lo que sus cinco sentidos bañados de ácido perciben mientras anda bajo la lluvia. O en el humilde pero contundente “Manny Pacquiao”, que presenta a Peliculita, un paseador de perros cuyo derrotero cannábico es digno de ser leído.

Nada contra qué chocar es una carta de presentación sólida para un narrador joven al que se lo nota preocupado por intentar volver literatura los motivos de reflexión de su propia cotidianidad. Sus relatos muestran más de lo que cuentan. Mediante descripciones, diálogos y metáforas Muñoz le presenta al lector una cosmogonía y una voz propia que oscila entre el realismo trash ungido por el tiempo millennial y el melodrama de la vida cotidiana presente en la literatura clásica. //∆z

 

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