“1995”, de Maximiliano Barrientos

Compartimos un cuento del escritor boliviano, autor de Una casa en llamas (2015); La desaparición del paisaje (2015); Fotos tuyas cuando empiezas a envejecer (2011); Diario (2009); entre otros títulos. 

Visual de Florencia Alborcen

La enfermera mira mi pierna izquierda, intenta descifrar lo que hay allí. Se demora segundos frente a la cama sin pronunciar palabras, y cuando se percata de que me di cuenta, dice:

¿No tuvo pesadillas?

No, digo, aunque de hecho sí las tuve.

Es buena señal, poco a poco van a ir desapareciendo, dice.

Limpia las heridas, es meticulosa. No siento el tacto de sus dedos en los huesos, en lo que quedó deformado.

*

En las pesadillas voy en el Mustang que hice pedazos. Antes de chocar con el Vitara todo se pone oscuro, pero sigo escuchando el motor. Despierto antes de que acontezca la colisión, despierto con la aspereza de un V8 en los oídos.

*

Cuesta acostumbrarse a la oscuridad, cuesta reconocer que esa oscuridad que rodea la habitación es una muy distinta a la que hay en la cabeza.

*

Me aferro a los tubos que dispusieron a lo largo del pasillo, me quedo quieto, no avanzo ni un paso más. Tiemblo, la boca se llena de saliva. Trago y miro al piso, cada vez que levanto la mirada encuentro desprecio en los ojos del médico que se encarga de la fisioterapia. Tanto él como yo sabemos que el esfuerzo será inútil el día de hoy.

Ponga de su parte, dice sin esconder la impaciencia, las ganas de estar lejos.

Mis manos están empapadas de sudor.

*

La piel, en eso es en lo que pienso la mayor parte del tiempo que estoy consciente, cuando los analgésicos trabajan el sistema nervioso. La piel convertida en algo distinto a lo que originalmente era. Las variaciones en la morfología que sufrió tras el estruendo, las alteraciones que ocasionó el contacto con el metal.

Parámetros que se conservarán gracias al queloide.

*

Un hombre llora a metros de mi cama. Dice que su padre está frente a él, que viene a buscarlo. Dice que murió quince años atrás y que por nada del mundo irá a donde está ese cabrón que le sacó la mierda desde que era un pelao.

Una mancha de pis se forma en las sábanas.

No creo que pase de una semana, dice un viejo.

Me hace un guiño.

Dice:

Una vez me tiraron un balazo en el pecho, por meses farseé esa cicatriz. Me cogía a hembritas gracias a esa marca.

Se abre la bata y me la muestra, es una pequeña distorsión en la piel. En eso apenas visible hubo un agujero.

Tocaban y se imaginaban la bala raspándome el corazón, dice. Les hacía chorrear el cocho.

El otro hombre sigue gritando, su voz ya es un quejido.

*

Toco la pierna mala y en mi mente toco partes que no pertenecen a mi cuerpo, toco el motor del Mustang.

*

Había un muerto con la cabeza reventada y había cosas en el piso: vidrio, pero también muñequitos con los que ese hombre adornó el interior del Vitara, y ropa, prendas que llevaba en la parte trasera, zapatos de mujeres, revistas y bisutería, aunque esto último puede ser un detalle que yo haya añadido más tarde, cuando desperté en el hospital, a horas de que me operaran para reconstruir ligamentos y huesos y tendones.

La gente me preguntaba el nombre. La voz se había ido del muerto, buscaban si esta seguía conmigo. Me abrían los párpados, querían constatar si yo seguía en los resplandores del iris.

Era rubia, tenía quince años y los ojos azules más hermosos, más fríos y más salvajes.

Apartó a esa banda de curiosos, se agachó y dijo mi nombre. Quería que la mirara. Apoyó una mano en mi cuello, buscó el pulso.

A Eliana no le dio asco la sangre ni el vidrio pulverizado en mi pelo, no le dio asco el tajo que tenía en la frente. No le importó las personas que hacían preguntas y susurraban y me señalaban sin disimular el pavor. Quería regalarme alegría, introducirla en los lugares que no se habían roto.

No pasó así, dice el muerto. Cuando estabas tirado en la puta calle, Eliana no te buscó el pulso.

Está a mi lado, junto a la enfermera que me baña y esparce shampoo en el pelo. Le falta un ojo, tiene el cráneo fracturado, pero ya le han limpiado la sangre. No puede parpadear.

Dice:

Ni siquiera te atrevías a llamarla por teléfono cuando estaban en el colegio.

Dice:

Salía con otros, no se hacía problema en dárselo al que le hablara bonito.

No es cierto, digo.

La enfermera me corre el cabello del rostro, sonríe: piensa que hablo con ella.

¿Qué recuerda del accidente?, dice mientras me enjabona los hombros y el pecho. Tiene menos de treinta años y está todo lo buena que puede estar, pero no significa nada para mí.

Ruidos, digo. Mi llanto.

Estruja la esponja en el pecho y en el vientre, ya no me incomoda que me vea desnudo. El muerto desaparece, un olor a gasolina inunda el aire.

*

Si le regalo el cuerpo a otro igual voy a seguir roto, dice el viejo al que balearon en el pecho muchos años atrás y que ahora está postrado en una cama contigua a la mía. Lo consume un cáncer en el páncreas.

*

Por primera vez voy solo al baño, desmonto el vendaje y miro las cicatrices. Toco. No hay simetría en las deformidades ni en los clavos que incrustaron en la rodilla. No es mi pierna, después del accidente dejó de serlo: es una prolongación del Ford Mustang que destruí. Es cromo, es la fantasía de un diseñador obsesionado con la velocidad. Mi pierna izquierda, la que quedó inutilizada, es la forma que adquiere la velocidad cuando es atrapada por un acto de violencia.

Introduzco un dedo en las heridas que no consiguen cicatrizar. El dolor no significa nada, no me ata al cuerpo, no me vuelve más consciente, no me revela ninguna información esencial. El dolor no permite que yo haga las paces con lo inconcluso. Está allí, en los tendones y en los nervios, zumba, deja un rastro imperceptible en el tejido sano y en el dañado.

Coloco el vendaje y regreso a la habitación. Todos duermen. Me recuesto en la cama. A mi lado el viejo que balearon hace años intenta masturbarse, lo escucho gemir.

No puedo, dice, y me mira desconsolado.

Me da la espalda y se queda en silencio hasta que se pone a llorar.

Yo también me volteo y veo la cama vacía del hombre que le gritaba a su padre. Murió al mediodía.

*

Brotaron ojos en la pierna. Los aprieto, estallan, la esclerótica parece clara de huevo. Crecen otros alrededor de la rodilla y en la parte interna del muslo, se multiplican como hongos.

*

Toco el cráneo reventado del hombre que murió en el accidente. Hay masa encefálica en su nuca, donde su cabello se ondula y desciende todo prolijo, formando la melenita que Etcheverry usaba a principio de los 90, en el único momento glorioso que tuvo la selección boliviana.

¿Duele?, digo.

No responde, nunca parpadea. Hay un hueco donde debió estar uno de sus ojos. Escarbo. No retrocede, no pide que deje de hurgarlo.

¿Cómo es que te limpiaron la sangre pero dejaron toda esa masa encefálica? ¿No te da asco?, digo.

No, dice.

¿Cómo te llamás?

Pancho.

¿A dónde ibas tan rápido? ¿Acaso no viste la curva? ¿Acaso no viste que yo iba en el sentido contrario? ¿Estabas borracho? ¿Te metiste unas rayas y te creíste inmortal?

No, dice. Estaba sobrio, era el cumpleaños de mi hija. Quería llegar a tiempo pa sorprenderla.

Dejo de escarbar, miro el dedo. No hay sangre, es como si en vez de tejidos hubiera tocado madera.

¿Cuántos cumplía?, digo.

Siete.

Tras un largo silencio, sonríe. Su único ojo resplandece, está iluminado por una luz que lo recorre por dentro.

Mentira, dice. Nunca tuve hijos, nunca quise tenerlos.

*

En el patio la enfermera dice que me darán de alta, yo le digo que ya lo sabía, que el médico encargado de la fisioterapia pasó por mi habitación y soltó la noticia. Mira a un grupo de enfermos que juega ajedrez. Son cinco, uno tiene la cabeza envuelta en gasa, los labios no paran de temblarle.

La luz del sol da sobre la pierna mala, sobre los fierros que introdujeron para que no se caiga a pedazos. Hace cuatro días revocaron los vendajes.

Asienta una mano en mi rodilla dañada. Sus uñas son azules, recién se las ha pintado. Tiene un anillo de compromiso que no le había visto antes. Al percatarse que lo miro, dice:

Me voy a casar.

El grupo que juega ajedrez estalla en una carcajada. Dos se ponen de pie y se quedan atentos a algo que uno de ellos va a decir.

¿Quién es el chichudo?, digo.

Un hombre bueno, dice, y no retira la mano de mi rodilla. Siento el principio de una erección, es la primera vez que hay deseo desde que llegué al hospital.

Dice:

Es profesor en un colegio, da clases de matemática a los de tercero medio.

Una vez estuve casado, digo.

¿Qué pasó?

Conoció a otro hombre.

Deja de mirarme, mira los resplandores del sol en la hierba. La puse incomoda, quisiera que siga agarrándome la rodilla, pero eso no volverá a ocurrir.

Es una pena, dice.

No importa, fue hace tiempo.

¿Cuál era su nombre?

Eliana, digo.

*

Quiero verlo, le digo al mecánico.

Tras dudar unos segundos, me hace pasar al galpón. Desde hace días camino ayudado por un bastón.

El auto, lo que quedó: fierros abollados, sangre seca en el tablero. Eso que ya no es un todo, que es un montón de partes juntas, se encuentra cubierto por una lona. Lo destapo, allí está. Paso dos dedos por el capó, hay una fina capa de polvo. Dejo líneas donde la pintura está intacta. El mecánico no retira la mirada de mi rostro, siente pena, me provoca risa: la aguanto. Por la postura, por el movimiento continuo de sus dedos, asumo que está incómodo.

Recojo fragmentos de vidrio, los aprieto, los acerco a mis ojos.

Quiero que lo lleven a casa, digo.

Se saca la gorra y menea la cabeza.

¿Qué?, dice como si no me hubiera oído la primera vez.

Eso, que lo lleven a casa.

*

Falta poco para que amanezca. Me inclino sobre el volante. Hay fragmentos de vidrio repartidos aquí y allá. Toco, huelo el cuero, la humedad. El velocímetro se mantiene en cero.

No querés entrar y hacerme compañía, le digo al muerto que está apoyado en la puerta del garaje, al lado de una cortadora de césped que nunca usé.

No responde. Vacila.

No te va a pasar nada, digo.

Digo esto más:

Es un Ford Mustang Fastback del sesenta y ocho, una auténtica reliquia. Mi padre siempre deseó manejar uno de estos, pero nunca tuvo el dinero pa comprarse uno.

Digo:

Siempre manejó un pequeño Daihatsu hasta que el motor se pudrió. Literalmente eso fue lo que pasó.

La pierna, dice. ¿Sigue doliendo?

Ya no. Me queda una cojera, nunca va a irse, pero por lo demás estoy bien.

A veces te veo cuando tenías quince años, dice. Veo cómo te daban unas palizas brutales a la salida del colegio.

Me aferro al volante, lo muevo a izquierda, a derecha. Cambio la caja. Acelero, pero no me muevo, no salgo del garaje. El auto está estropeado, es chatarra. Desde ahora siempre será chatarra.

Sucedió hasta segundo medio, digo. Luego ya no.

Te defendiste, dice. Al líder de ese grupito, al revoltoso cuyos padres se estaban divorciando, le arrancaste un pedazo de orejea de un mordisco.

Sonríe. Tiene el cráneo destrozado, le falta un ojo, pero sus dientes siguen intactos. Pudimos haber sido amigos. Si nos hubiéramos conocidos en otras circunstancias, él y yo hubiéramos ido a algún bar, hubiéramos vaciado cervezas, hubiéramos contado historias, hubiéramos hablado de la naturaleza de nuestros trabajos, de los lugares donde vivimos, de los lugares a donde pensábamos volver cuando gozáramos de tiempo.

Mierda, dice. Qué lío hiciste esa mañana, qué manera de haber sangre.

Se lo merecían, digo.

¿Te acordás de cómo te miró tu madre cuando te dio encuentro en la oficina del director? ¿Te acordás de cómo se le fue el color del rostro cuando te vio con la polera llena de sangre y cuando supo que ninguna gota era tuya?

Se lo merecían, digo. Debí hacerlo antes.

Te expulsaron, dice. Es probable que hasta ahora sigan hablando de vos, del pelao que le arrancó de un mordisco la oreja al matón del colegio.

Cambio la caja, aprieto el acelerador. Giro a izquierda, acelero. El muerto sigue allí, mirándome. Cierro los ojos, reconstruyo el accidente, la curva en que los autos chocaron.

Eliana, digo. ¿A veces la ves?

Claro, dice. La veo con quince y también con trece. La veo siendo una niña de once. Veo cómo va dejando de ser niña y se va convirtiendo en una belleza de dieciséis.

Hay deseo en su voz. Me enoja, no quiero que sepa que tengo celos. Acelero, no me muevo. Corro a toda velocidad pero no consigo salir del garaje. En mi mente cruzo la ruta donde nos encontramos, donde nos hicimos mierda.

Describimela, digo. ¿La estás viendo ahora?

Sí, dice. Sólo puedo ver lo que está en tu cerebro, lo que alguna vez viste. ¿Acaso ya no la recordás?

¿Qué lleva puesto?, digo.

Una faldita de jean y una polera blanca.

Dice:

Qué pedazo de piernas tiene esa hembrita. Una pelusita rubia se hace visible cuando le da el sol.

¿Qué está haciendo?

Oh, no querés saber qué está haciendo, no querés saber con quién está hablando.

Contame.

¿Por qué? ¿Qué importancia tiene? Sucedió hace mucho. ¿Por qué te hacés daño?

¿Podés olerla?, ¿podés decirme a qué huele?

¿Por qué nunca le hablaste? ¿Por qué nunca te atreviste a buscarla?, dice. Te hubiera dado lo que le dio a otros.

Toco las cicatrices, presiono sin importar si jodo los puntos, sin importar el dolor. Sigo esos patrones que se extienden hasta la rodilla, no significan nada. Decoración, ornamento.

¿Con quién está? ¿Con Juan? ¿O con el hijo de puta de Alfredo?, digo. ¿Conversan en la cancha de fútbol? ¿Apoyados en el kiosco?

Digo:

¿Me mira? ¿Sabe que estoy ahí?

Ríe. El único ojo del muerto deja de escrutarme, mira algo que está encima de los despojos del auto.

Dice:

Si pudieras ver el cielo, si pudieras ver el puto cielo del noventa y cinco como lo viste esa tarde.//∆z

Somos2

Un comentario en ““1995”, de Maximiliano Barrientos

  1. Pero qué pelotudez más grande. Otro hipster sobrevalorado. Así la literatura se va a la mierda.

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