1982, de Sergio Olguín

La nueva novela de Sergio Olguín revisita el imaginario nacional de la última dictadura y la guerra de Malvinas desde la perspectiva del mito de Fedra, que le permite atravesar diferentes géneros literarios.

Por Matías Buonfrate

1982 recrea el mito griego de Fedra, adaptado para teatro por Racine en 1677. En el mito original, Fedra se enamora de Hipólito, su hijastro, cuando su marido parte a la guerra. El amor no es correspondido y eso conduce a la tragedia. El triángulo amoroso adaptado a nuestra historia y latitudes se constituye entre el teniente coronel Augusto Vidal; Fátima, su segunda esposa; y Pedro Vidal, hijo de la primera esposa del militar.

La obra está estructurada en cuatro partes que develan una parte de la trama. Cada una es consecutiva de forma cronológica y cambia el punto de vista del narrador, aunque mantienen una tercera persona limpia y limitada a las ambiciones y emociones del protagonista de turno.

Olguín construye los puntos de vista con eficacia. A medida que cambian los narradores, expone el norte moral de cada uno de forma clara y precisa, a veces al borde de la redundancia. Este subrayado tiene un motivo, dejar en claro que todos los personajes creen que tienen la razón. Esto los vuelve fastidiosos, molestos, apenas capaces de superar su propia perspectiva sobre cualquier asunto. No solo en lo que respecta a la tragedia que recrean, sino con respecto a la política, a la sociedad, al arte, a la familia. Cualquier tópico que se les acerque es desviado por sus marcos de comprensión. Dentro de este solipsismo radical, pretenden ser inocentes y simples, lo que los hace más indeseables.

Pedro es un estudiante de Letras, último elemento masculino de una familia de militares. Es débil o su madre lo crió débil o su padre no lo quiso fuerte. Carece de inclinación marcial y eligió el camino universitario. Como estudiante, es difícil imaginarlo entender a algún autor, o compararlos, al menos llegar a aceptar que no es el regalo de dios a las Letras. Es joven, soberbio y lo oculta con melancolía, lo que hace que lastime a otros y nunca sienta culpas, porque se considera el ser más dolido sobre la faz de la tierra desde que su madre murió. Su amabilidad y pureza son solo superadas por su ignorancia absoluta respecto de lo que pasa a su alrededor. No puede comprender por qué sus compañeros lo echan de sus reuniones en la facultad, por qué está de novio en el primer tercio de la novela o qué es lo que hace su padre en Malvinas, o siquiera en el ejército que gobierna de facto el país.

Fátima, al igual que Pedro, ha dejado que el destino la arrolle. En algún momento de su biografía se planteó cruzar al otro lado de la autopista, hacia praderas más verdes. Aunque a mitad de camino se detuvo, encandilada por las luces de un Falcon verde. Fanática cultora del posibilismo más estricto, ha pasado de reina de la belleza en un pueblo de Tucumán a segunda esposa de un militar de carrera y, como consecuencia ineludible, en madre de su segunda hija.

Pedro y Fátima, verdaderos antihéroes cultores de la ignorancia y la mediocridad, se enamorarán. A lo largo de tres cuartas partes de la novela, seguiremos la conformación de la relación. Primero desde la perspectiva de Pedro; en la segunda parte a través de Fátima; y por último, a través de un punto de vista mixto que conjuga lo mejor de ambos. ¿Por qué empiezan una relación? Quizás el teniente coronel Augusto Vidal no los amó demasiado. O los atormenta la parsimonia de sus soledades acompañadas. Tal vez las decisiones que tomaron son inexistentes y necesitan sentirse dueños de su destino.

Envalentonados por la ausencia de un militar de carrera, miembro en funciones de un gobierno de facto criminal y violento, se animan al amor. ¿Es amor? Como espectador, encariñarse con su relación resulta un acto reflejo. Seguirlos parece correcto, del otro lado está Vidal, uno de los personajes más desagradables que se puedan construir. Esto no basta para participar de sus encuentros melosos o aceptar las explicaciones constantes que se dan (y nos dan) sobre lo que sienten.

La tragedia los persigue, Olguín ya nos lo aclaró cuando Pedro intenta que Fátima lea Fedra. Llegará, cómo no, en la figura de Augusto Vidal. Metódico, paciente, machista, fascista, entrenado en lucha contra la insurrección. La cuarta y última parte de la novela se titula “Los otros”, aquellos que estuvieron por fuera de la relación de Fátima y Pedro durante el resto de la narración. Son los villanos clásicos, aunque también podemos entender que son otro tipo de sobrevivientes, diferentes de Pedro y Fátima, con sus propios anhelos y motivaciones. No alcanzan para humanizarlos; la elección narrativa es clara, necesitamos villanos. De todas formas es grato ver que se desdibujan los contornos de quienes pudieron ser caricaturas de trazo grueso. Aquí es donde Olguín plantea que ellos, los otros, los “malos”, también imaginan estar en el lugar adecuado de la justicia.

¿Cómo puede ser alegre una tragedia? 1982, después de tres partes que reposan en la construcción del romance, la sexualidad y el enamoramiento inconsecuente, arriba a una cuarta parte conmovedora. Así nos encontramos con una deconstrucción del género romántico hacia el policial negro más denso. Los protagonistas del romance resultan tan melifluos, que la tragedia aparece como un paso más en una sucesión de malas decisiones. Es dolorosa, sí, pero se agradece. La estructura pergeñada por Olguín prevalece por sobre los personajes. Tiene una enseñanza, de moral gris: destruye la idea de que el amor es una fuerza cósmica atemporal superior a todo. Hay historia, hay política, hay sociedad. Evadirse es siempre un problema.

Se extraña el punto de vista de Lorena, uno de los personajes más subestimados por los demás. Hermanastra menor de Pedro, hija de Augusto y Fátima. Reconstruir su punto de vista, sin embargo, es un ejercicio de lectura satisfactorio. Mientras todos los adultos se obstinan en vivir el masaje egocéntrico de sus pasiones, Florencia es apenas una posta que se pasan y desatienden para seguir sus prioridades: otra mujer, otro hombre, la guerra, la obsecuencia. La de Lorena es la peor parte, protagonista silenciosa. La única cuya inocencia no puede ser puesta en duda. Resta desear que, luego del final de la novela, Lorena haya triunfado donde los demás miembros de su familia fracasaron.//∆z

olguin 1982

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