Y aún yo te recuerdo: 15 años sin Ricky Espinosa

Flema y su versión anarco quilombera del punk uanchutrifor resaltó entre el sushi con champagne de los años noventa por su líder nihilista, auto destructivo y sensible. A 15 mayos de su muerte, así lo recordamos.

Por Pablo Díaz Marenghi*

El no future que cantaba Johnny Rotten, cantante de los Sex Pistols, es rastreable en el nihilismo y la desesperación de las letras de Espinosa. Allí se encontraba su esencia, su carne fresca y en reposo, exhibida y desnuda para ser devorada por el público. Sus letras muestran climas de época, modos de ver el mundo, ansias de rebeldía, estados de ánimo social y gramáticas punk (alcohol, excesos, sexo, droga y rock and roll). Líder de Flema -el Negro, o Chuky para los amigos del barrio- supo ganarse un lugar en el Salón de la Fama Punk a fuerza de talento, pese a que muchas veces su figura se circunscribió al descontrol, el desborde y los excesos. Nihilismo. Extrema sensibilidad. Letras descarnadas. Final trágico. Hoy, a 15 años de su muerte, su recuerdo emerge con la misma potencia que su voz y arrastra una huella imborrable, digna de repasar.

Odio el sistema social

Corría el año 1990. Los integrantes iniciales de Flema –Fernando Cordera, Juan Fandiño, Sebastían “Gador” Corona y Pablo Sara– abandonaban el grupo y dejaban a Ricky a la deriva. Al enterarse de la partida del último miembro, tomó el cigarrilo que colgaba de su boca y apretándolo con fuerza contra su brazo escribió una F. Su amor por ese grupo no terminaría allí. Lo llevaría en su carne para siempre. El escritor Diego Vecino en su libro Flema es una mierda afirma: “En los noventa todos fuimos punk”. Es una afirmación tajante pero sirve como puntapié inicial para dimensionar el rol que jugaba el punk en aquellos tiempos.

Los años noventa serán recordados por la marginalidad, la necesidad y la pobreza extrema en la que fue sumida gran parte de la Argentina. Quizás grupos de punk rock como Flema -que a priori pueden parecer agresivos, cultores del exceso y desagradables ante el ojo de la cultura legítima- funcionaron como paliativos para una inmensa masa de clases populares descontenta que canalizó en el rock y en sus letras su presente. No a modo de anestésico –si hay algo que no caracteriza al público punk es el adormecimiento, la docilidad o la pasividad de un mero espectador-, sino como una práctica, un ritual y una lógica determinada, que proporcionaba contención y pertenencia en tiempos difíciles.

En sus recitales era común ver escupitajos entre el cantante y el público -un significante propio de la cultura punk- botellas volando, pogo y mosh furioso. En cuanto a lo musical, lo sonoro y lo tímbrico, las canciones de Flema suenan, en su gran mayoría, monótonas, con tres o cuatro acordes, y tonalidades clásicas del punk rock y el hardcore: ritmos acelerados, gritos guturales del cantante, canciones breves, bases de bajo y batería repetitivas, punzantes. La distorsión en las guitarras, los acordes “mal tocados” a propósito, el desequilibrio de tonalidades y volúmenes construye esa madeja compleja y a la vez simple que conforma el sonido punk clásico.

Otro aspecto a tener en cuenta en cuanto a la reflexión estética del sonido característico de Flema es la voz de Ricardo Espinosa. Su tono vocal es poco frecuente dentro de los cantantes punk. Aunque cuesta hallar una constante en las voces de este género (como sucede en el heavy metal o el folk) la desafinación era rasgo identitario de Ricky. Gritos, alaridos, tonos agudos conformaban un registro que puede resultar irritante para quien lo escuche por primera vez. Flema nunca fue apto para todo público. Al mismo tiempo, también lograba ciertas variaciones con sonidos más graves, densos y casi susurrados. En algunos discos aparecía una canción con tonos más suaves como “En la nada”, pero eran raras excepciones. Con una estética plebeya, transgresora e irreverente, las letras de Flema compuestas por Espinosa reunían temáticas del neobarrialismo, los excesos, el amor, el sexo, las drogas, el vino (“Tetrabrik”, “Siempre estoy dado vuelta”)  la violencia, la muerte y sobre todo, un inmenso nihilismo con tendencias suicidas propias de Espinosa (algunos ejemplos son las canciones “Tiempo de morir”, “Me echaron de casa –soy un mal polvo-“, o “A nadie”).

Los seguidores de Flema, así como los de bandas punk contemporáneas, no eran meros sujetos espectadores que observaban un rito desde afuera sino, más bien, formaban parte. Eran una pata fundamental y constitutiva de ese ritual que se componía de canciones, retóricas del aguante, discos y se consolidaba en las presentaciones en vivo. Un todo emergiendo como un magma entre gente y banda; una necesidad que se retroalimenta de una manera más dialéctica que simbiótica.

Vida espinosa

“Ricardo es el héroe del punk rock argentino. Si no lo fuera, nadie estaría hablando de él ni hubiera vuelto Flema. Es muy probable que sin lo que mostró Ricky, Flema hubiese quedado en el olvido” afirma Sebastián Duarte, periodista y autor de la biografía no autorizada del cantante, El último Punk. Con Flema grabó siete discos de estudio, dos en vivo, cuatro demos e integró diversas compilaciones, entre ellas, Invasión 88, la cual difundió a muchas bancas punks que se consagrarían en el futuro como Attaque 77, Los Baraja y Comando Suicida. “El nombre Flema lo inventó Juan Fandiño. Se había enfermado y tenia flema, y su hermana, Sabrina, le dijo que podría ser un buen nombre para una banda” explica Duarte. Así nacía el conjunto que acompañaría a Ricky durante 15 años.

“Ricky era un rockero. No era punk de adolescente, era más bien un metalero. Se pintaba los ojos, se ponía talco en el pelo y salía así a la calle. Se juntaba con sus amigos del barrio a tomar cerveza y escuchaba Riff, Pappo y Manal. Después le empezó a gustar Iron Maiden, Black Sabath, Motorhead, Slayer” relata Duarte. La primera banda que integró, Overkill, hacía canciones de heavy metal, género que lo marcó de por vida. “El punk rock lo conoce cuando ingresa en Flema pero previamente, en las juntadas en Plaza Alsina, interactuaban chicos que tocaban en bandas de diferentes géneros. Desde stone hasta punk. Se hablaba de literatura, drogas, guitarras, vinilos” amplia Duarte.

Hijo de padres laburantes, Espinosa no fue un simple rockero bañado en drogas y alcohol. Era un joven sensible, romántico y depresivo por sobre todas las cosas. Letras como “Caigo en un pozo”, de su disco solista Vida Espinosa (1999), o “A nadie”, de Flema, capturan el costado humano del artista. Sus temores, sus neurosis y sus llantos. Sus preocupaciones, su anarquismo, y el descontento con el orden social establecido. Su obra es premonitoria de su trágico final, mezcla de suicidio y accidente, ocurrido el 30 de mayo de 2002. Duarte apoya esta hipótesis: “Si uno presta atención, él lo venía anticipando, especialmente en su disco solista; refleja sus sentimientos, su catarsis y sus ganas de partir. Era una persona que sentía que no podía cuajar con los mandatos sociales y sufría mucho el abandono de sus amigos y la traición en las relaciones humanas. Eso lo ponía muy mal. Además, las discográficas lo jodían con los discos, los managers le sacaban plata. Le costaba mucho confiar en la gente. Eso le traía mucha depresión.”

Ricky fue solidario con sus colegas y colaboró en su difusión. En sus discos Underpunk (1997) – con el alterego de Flemita- versionó a bandas punks de la época propias de la escena independiente como Mal Momento y Prisión Preventiva y en Tributo a Embajada Boliviana y Sin Ley (1999) grabó covers de estos dos conjuntos emblemáticos de los submundos punks.

“Cuando empieza a hacerse más conocido, lo empiezan a visitar fanáticos a su barrio y Ricky los echaba a patadas. Literalmente. Allí él era un pibe como cualquier otro; con sus amigos, iba a la cancha a ver al Porvenir, estaba con la barra. Sus amigos no eran punks. Eran pibes típicos del conurbano que escuchaban los Rolling Stones o AC/DC” relata Duarte resaltando otro aspecto clave de la figura de Ricky Espinosa: nunca haber perdido sus raíces y el consecuente el recelo a que se contaminen con personas foráneas. Se lo vio más de una vez regalando discos por la calle, recién salidos de la compañía discográfica, sin que sus mechas teñidas de violeta se le despeinen.

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El Porvenir, club del barrio de Gerli, fue otra de las grandes pasiones de Ricky. Amigo de la barrabrava, solía juntarse en un bar cercano al club -El Expreso- para ponerse en pedo y alentar al equipo. Camiseta del Porve encima, Ricky era uno más gritando por su equipo e incluso saltó en alguna pelea de hinchadas hasta terminar en preso.

Ricky fue un apasionado. Se enamoró de Meche, fanática de Flema y estudiante de cine, y construyó una relación que le brindaría tantas satisfacciones como penurias. “Él amaba mucho a Mercedes y lo deprimía estar peleado con ella. Yo no responsabilizo a la relación de su muerte, pero creo que fue una de las tantas angustias que terminó influenciando en su partida” señala Duarte. Otra mujer trascendental en su vida fue Valeria, madre de su único hijo Lucas, nacido en 1996. Con ella compartió cervezas, drogas, llantos y desesperación. Tener un hijo cargó de pánico al músico aunque intentó acompañarlo, con sus conflictos internos y adicciones a cuestas.

Y aún yo te recuerdo

La mochila de quilombos de Ricky fue pesada a lo largo de toda su vida. La versión oficial de su muerte, esparcida de boca en boca con tintes mitológicos, cuenta que el 30 de mayo de 2002, luego de haber tomado litros de alcohol fino con jugo de naranja, increpó a Luichi de Flema en medio de un partido de Playstation: “Si pierdo me tiro”. Estaban en un quinto piso de un monoblock de Avellaneda. Bromeando, corrió hacia la ventana y entre tropiezos, cayó al vacío. Una parte del punk se iba para siempre. “Ricky no quería llegar a viejo, bajo ningún punto de vista. Quería defender sus ideales hasta las últimas consecuencias y lo hizo hasta que tocó partir. Decidió partir. Porque más allá de que uno especule con que fue un accidente o que se tiró por la Play, era claro que Ricardo se quería ir” afirma Duarte. Él sabía mejor que nadie que jamás podría encastrar con los cánones sociales. Como supo cantar, “odio el sistema social”. Impedimentos que lo atormentaron y, a la vez, moldearon una obra que junto a su inmensa sensibilidad y su manera descarnada de ver el mundo, dejaron una catarata de canciones que marcaron el punk y el rock en general.

Pibe de barrio, punk rocker, nihilista y romántico, sus propias palabras, citadas en la biografía escrita por Duarte, sintetizan su ideología y su actitud ante la vida: “No pensar en mañana, vivir el día como si fuese el último, disfrutarlo es mi consigna. Yo pienso todos los días distinto. A veces cuando estoy mal me quiero matar y en el mismo día algo se resuelve y tengo ganas de vivir de nuevo. Extremos. Todos los muertos son buenos. Hasta yo voy a serlo cuando ya no esté. El día que me muera espero que los que visiten mi tumba se tomen una birra a mi lado y en mi honor”.  Su muerte –inconscientemente profetizada- volvió al hombre un mito.

*Una primera versión de este texto se publicó el 30 de mayo de 2013 en la extinta Revista Alrededores.

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