10 recomendados para la Feria de Editores

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Hoy, y durante todo el fin de semana, en el Ciudad Cultural Konex se llevará a cabo la Feria de Editores 2018. En esta lista, entre novedades y no tanto, diez libros recomendados que se pueden encontrar en la feria que nuclea a las editoriales independientes más importantes de Argentina y otros países latinoamericanos.

Por Juan Alberto Crasci, Pablo Díaz Marenghi, Joel Vargas y Alejo Vivacqua

 

China es un frasco de fetos, de Gustavo Espinosa – Alto Pogo, 2018

Las etiquetas son injustas. Siempre. Encorsetan el sentido y restringen la interpretación de una obra. Pese a esto, parecería emerger una característica recurrente en la literatura uruguaya; un pathos. El crítico Angel Rama lo sintetizó en un epíteto que bien podría ser el nombre de una película de Martín Rejtman: “Los raros”. Estos escritores y escritoras gustan de torcer la realidad hasta el paroxismo, jugar con los límites de lo políticamente correcto y, sobre todo, recurrir a la ciencia ficción o al género negro para escapar del realismo rioplatense, con Mario Levrero a la cabeza. Gustavo Espinosa (1961) es un fiel exponente de esta corriente y su novela China es un frasco de fetos, recientemente editada en Argentina por Alto Pogo, representa esa pulsión a correrse de la norma. El oriundo de Treinta y Tres Orientales, también docente y músico, construye una ficción que remite a relatos distópicos que rozan el absurdo, como “La gelatina” de Levrero. Forja un Uruguay distópico mediante diferentes narradores y registros enunciativos: monólogos, poemas, enumeraciones, la transcripción de una asamblea, cadenas nacionales y hasta comunicados oficiales de un Ministerio Mental, que remite a 1984 de George Orwell y plantean una relectura fantástica de la Dictadura Militar uruguaya. Espinosa, quien cuenta en el epílogo final lo que le costó recuperar la versión original de esta novela encerrada en una notebook desvencijada, esculpe el lenguaje en la búsqueda de la belleza de las palabras; forja escenarios ominosos y perturbadores que pondrán en jaque al lector en más de una oportunidad. Pablo Díaz Marenghi

Sin Segundo Nombre. 10 historias de Jack Reacher, de Lee Child – Blatt & Ríos, 2018

El caso del británico Jim Grant es curioso. Mejor conocido por su seudónimo, Lee Child (1954), luego de ser despedido de su trabajo como productor televisivo, se instaló en EE.UU, se inventó un seudónimo y decidió convertirse en escritor. Seguramente no se imaginaba el éxito editorial que obtendría debido a la publicación de una veintena de novelas que giran en torno a un mismo personaje: Jack Reacher, interpretado en cine por Tom Cruise, es un ex policía militar norteamericano que deambula resolviendo crímenes, derrotando villanos y salvando inocentes a puño limpio. Child combina la sagacidad propia del policial inglés clásico (Arthur Conan Doyle, Agatha Christie) con la podredumbre y la nocturnidad ominosa del policial negro norteamericano (Raymond Chandler, Dashiell Hammett). Aquella ambivalencia, que Ricardo Piglia analizó en un ensayo incluido en Escritores Norteamericanos, Child la combina con elegancia para construir policiales magnéticos. Blatt & Ríos viene rescatando su obra. Primero, con la publicación de Noche Caliente, y luego con Sin Segundo Nombre.

Esta antología de relatos expande el universo de Reacher, de un modo similar a lo hecho por Salinger con Seymour Glass. Las fronteras entre lo legal y lo ilegal se diluyen en “Demasiado Tiempo”, mediante una narración vertiginosa con diálogos intempestivos y secos; en “Segundo Hijo” se narra la adolescencia de Reacher, quien demuestra a muy temprana edad sus ansias de justiciero. “La nueva identidad de James Penney” provee un final sorprendente mientras que “Un tipo entra a un bar” muestra a un Reacher ya viejo y retirado que arroja una frase que lo pinta de cuerpo entero: “los viejos hábitos son duros de matar”. Pablo Díaz Marenghi

Caricatura de un enfermo de amor, de Vicente Luy – añosluz editora, 2018

Antonin Artaud bautizó al pintor holandés Vincent Van Gogh como “el suicidado de la sociedad”. Esta fórmula, referida a artistas en carne viva, encaja con el poeta cordobés Vicente Luy (Córdoba, 1961-2012). Este libro, publicado por primera vez en 1991, exhibe una faceta primigenia de un poeta que, a partir de su suicido, su gusto por el alcohol/drogas y la infinidad de anécdotas que lo rodean, se convirtió en una figura de culto. Ordenado cual si fuera una auto-antología, con indicaciones de los lugares y las fechas donde se escribieron los poemas, se intercalan versos escritos en diferentes épocas de la vida de Luy, sobre todo en la década del ochenta. Una primera diferencia, con el resto de su obra, es que el poeta juega con elementos más bien clásicos: sonoridades, métricas y maneras de rimar propias de una poesía heredera a la obra de su abuelo, el  español Juan Larrea. Un ejemplo: “Habláis del fin porque os hablaron del principio”. Por supuesto, se mantiene ese dejo melancólico, extremo y casi nihilista, un sello indeleble en su obra. Cartas de amor que nunca van a llegar o la crónica de un cóndor destripado, que bien podría ser una metáfora de la Argentina, son algunos de los tropos que pueblan este poemario. Luy hace gala del romanticismo más brutal, el de los poetas malditos, y lo resignifica a su propia geografía, como cuando escribe, internado en el Hospital Militar de Córdoba que “Mi enfermo es un suicida, uno que le da golpes a la muerte, golpeándose en la vida”. Estos versos, publicados en los noventa, pueden ser leídos en sintonía con otros poetas que publicaron en la misma época y se encargaron de escupirle en la frente a la poesía hegemónica (Fabián Casas, Fernanda Laguna) y se hermanan con una tradición anterior que también supo jugar con lo irreverente y lo políticamente incorrecto (Leónidas y Osvaldo Lamborghini, Néstor Perlongher). Pese a esto, Caricatura… se desmarca apelando (también) a procesos estéticos sutiles que apelan al susurro más indómito de un poeta que sufre y que, con ese dolor a cuestas, escribe versos como este: “Los muertos no tienen voz, pero contestan”. Pablo Díaz Marenghi

Que cien flores florezcan, Norberto Cambiasso – Gourmet Musical, 2018

Norberto Cambiasso hace lo que quiere. En una época en la que la crítica musical desoye la música y la época y funciona como mero instrumento publicitario de “la novedad”, Cambiasso apuesta por recopilar un grueso de artículos escritos entre 1993 y 2001 junto a un puñado de textos fechados entre el 2005 y el 2011, yendo al revés, trabajando a contrapelo de las modas. Si en 1993 era extraño analizar exhaustivamente a Polifemo o a Arco Iris, entonces, ¿cómo puede leerse ese gesto –y esos artículos– en 2018? ¿Y bajo qué lógica puede comprenderse el corpus del libro? Del doo woop al rock progresivo sueco, de Domenico Modugno al kraut rock y al jazz europeo, de Arco Iris o Polifemo a Einstürzende Neubauten, de Comus al rock post industrial… nada parece quedar por fuera del ojo de Cambiasso. Y lo que aparenta inconexo al ojear el índice del libro, se muestra relacionado y vivo gracias al enfoque social e histórico del crítico, que revela más continuidades –por muchos impensadas– que rupturas, y expone que no todo lo que luce contracultural o revolucionario nació de ese modo, y viceversa, como también que lo que muchas veces pareció llegar al pico absoluto de creatividad, al mismo tiempo se estaba consumiendo desde adentro hasta agotarse.

Vale decir también que Cambiasso lee con el guiño del tiempo, yendo hacia atrás, relacionándolo todo desde su postura humanista, marxista, inquiriéndolo todo, guerreando con otras lecturas por zonzas, sesgadas o incorrectas. Porque qué es este libro sino un gesto de resistencia, de la supervivencia de una forma de leer y de ejercer la crítica, que, por ser quirúrgica, penetrante, resalta las luces del arte y de la época como también sus sombras, elementos constituyentes en igual medida de los objetos artísticos. Imprescindible tanto para amantes de la música como para periodistas. Juan Alberto Crasci

Maestros de la escritura, de Liliana Villanueva – Godot, 2018

Un poco por necesidad y otro poco por obligación, así comenzaron algunos de estos grandes escritores a dar taller literario. Necesidad y obligación que se confundían e iban de la mano: el trabajo de escritura –ficción, crónica, periodismo– nunca fue sustento suficiente para ellos, al mismo tiempo que, en momentos en los que recrudecía la dictadura militar, resultaron indispensables las reuniones literarias como forma reflexión y resistencia. Así comienza y se desarrolla esta peculiar historia, mitad manual de escritura, mitad apuntes biográficos, con testimonios de Abelardo Castillo, Liliana Heker, Alberto Laiseca, Hebe Uhart, Alicia Steimberg, María Esther Gilio –de quien se encargó en Lloverá siempre– y Leila Guerriero.

Villanueva, participante de varios de estos talleres, guía al lector sin lucirse; lo pasea entre las vidas de los maestros, sus anécdotas, sus mañas y sus vicios; el abanico completo de características que formaron sus métodos de enseñanza. De la libertad total a la corrección rigurosa, del cariño al desapego, de los juegos del lenguaje a la mirada rigurosa y siempre atenta, los escritores develan algunos de sus trucos con humildad y sabiduría. Un libro tan delicado –con las virtudes a las que Villanueva nos tiene acostumbrados– como oportuno, en un momento en el que se multiplican tanto los talleres –¿necesidad ante la crisis económica, demanda del mercado?– y el público desea transformarse en publicador. Juan Alberto Crasci

 

 

 

 

Lloverá siempre. Las vidas de María Esther Gilio, de Liliana Villanueva – Criatura Editora, 2018

Los roles se invierten: la cronista entrevista a la gran entrevistadora. Y el procedimiento se establece: Villanueva se oculta, invisibiliza sus preguntas y deja a la protagonista explayarse, contar su vida y dirigir la charla durante nueve horas consecutivas. Porque este libro, que nace de esa conversación interminable entre Villanueva y Gilio en un ambiente casi mágico, a oscuras, con un corte de luz masivo y una lluvia machacante, termina transformándose en una biografía de la periodista, que abarca desde su infancia y su adolescencia ―aquí comienza su relación interminable con Onetti― hasta la adultez y vejez. Por las páginas pasan muchos de los personajes más importantes de la cultura del siglo XX y de la tormentosa situación política e institucional de los años 70 en toda Sudamérica.

Se suceden las historias y anécdotas con Onetti ―vuelve, una y otra vez―, Borges, Troilo, políticos uruguayos, amigos argentinos, brasileños, franceses, una campesina brasileña que cambió su forma de mirar, la guerrilla tupamara, el exilio interminable esquivando y encontrando dictaduras en cada lugar al que se dirigía, y el dolor de abandonar a sus hijas para salvar su vida. Una bomba en su casa de Uruguay, un secuestro en Brasil y ver cadáveres de compatriotas uruguayos tirados en plena calle de Buenos Aires torcieron el rumbo de Gilio, que deambuló entre Europa y América, extrañando profundamente su tierra y trabajando de lo que pudo para sobrevivir. Del siempre presente periodismo a la moda, de la decoración de interiores a la construcción de viviendas, Gilio se adaptó al momento que le tocó vivir para seguir existiendo.

Y Villanueva, que enmarca el texto con una breve introducción y un aún más breve epílogo precedido por una carta de Onetti a Gilio, se oculta sin alejarse: todo el tiempo vuelven las marcas que muestran que lo que estamos leyendo es una charla, un material a trabajar, a editar (“sacá eso”, mejor poné esta palabra”, dice Gilio en innumerables ocasiones, y Villanueva lo transcribe), y que refuerzan la premisa básica del periodismo: la búsqueda de la verdad, junto al artificio literario de presentar un texto dinámico, vivo y verosímil tanto históricamente como hacia el interior del libro.

Lloverá siempre, publicado en Uruguay por Criatura Editora, ganó el premio Casa de las Américas de 2017 en la categoría Literatura Testimonial. Juan Alberto Crasci

Historial de navegación, de Carlos Araya Díaz – Alquimia Ediciones, 2016

En su primer libro de relatos el escritor chileno Carlos Araya Díaz describe con crudeza el norte minero de Chile, haciendo foco en Calama y el desierto. Por sus páginas desfilan hombres y mujeres destrozados. Algunos son explotados en las minas, otros simplemente tienen el espíritu fracturado.  Araya Díaz retrata la violencia, la desmenuza y forja una tesis: todos y todas estamos condenados a ella. No importa que seas un minero adicto, una prostituta peruana que le miente a su familia, un amante empedernido. Historial de navegación respira crueldad. Es importante destacar que Araya Díaz además de ser escritor es cineasta. Y eso se nota. Su prosa tiene un dejo cinematográfico. En su primera novela, Ejercicios de encuadre (Cuneta, 2014), esto es evidente. El relato está fragmentado, cada escena es la apreciación de un momento. A veces un zoom detallado, otras una simple enumeración de acciones. Un hombre sale de la cárcel y encuentra trabajo como guardia de seguridad en una galería llena de locales; se obsesiona con una mujer; esconde algo oscuro, que está latente. Araya Díaz construye escenas que parecen editadas con un corte directo. Elige contar secuencias con pocas palabras, con un estilo seco, despojado. Este uso del montaje cinematográfico se emparenta con lo que hacía Manuel Puig. Y lo mismo que Puig, Araya Díaz se reapropia de formas vinculadas a otros géneros. En Historial de navegación esto va un paso más allá. Si en Ejercicios de encuadre convivían entradas de Wikipedia con poemas, en los cuentos hay muchas más mezclas de registros, descripciones técnicas y pormenorizadas de fotografías, transcripciones de chats de Facebook. Joel Vargas

Lo irreparable, de Gabriel Payares – Corregidor, 2018

No sería extraño que cualquier lector sudamericano que supiera mínimamente algo de la biografía de Gabriel Payares creyera intuir, al abrir este libro, algo de lo que puede haber en estos ocho cuentos. Alguna vez Leonardo Padura, cuando le preguntaron sobre la política cubana, contestó que a Paul Auster nadie le andaba consultando a cada rato sobre la situación social estadounidense, y con ello dio a entender que, según la vara con la que se mida, en ciertos contextos una obra de arte pareciera quedar subyugada a una coyuntura determinada. De esta forma, ninguna lectura que no vea a la obra como el espejo de una realidad acuciante parece, entonces, ser posible.

Pero en Lo irreparable, si bien hay mucho de lo que uno esperaría encontrar en un libro de un joven escritor venezolano, que además reside hace unos años en Buenos Aires, el camino tiene sus desviaciones. Con “Para Elisa”, el primer relato, donde una historia de violencia policial involucra a dos jóvenes caraqueños de bajos recursos, parece marcarse desde el inicio el tono del resto de los cuentos, pero la crudeza se disipa cuando en las páginas siguientes, mientras los narradores que elige Payares van tomando otros rumbos y otros desafíos, aparece con más nitidez la principal virtud del libro. Publicado por Corregidor, que desde hace décadas viene conformando un catálogo con interés hacia la narrativa latinoamericana, el tercer libro de Payares tiene dentro de su variedad de géneros y temáticas momentos inspirados que se dan, sobre todo, por la forma de narrar ciertas tramas que de otra manera, en otros autores menos interesados en el cómo, no serían igual de interesantes.

Es en el estilo más poético (que contrasta con buena parte de la sequedad imperante en la prosa argentina) cuando los personajes, que hablan y piensan -casi siempre con nostalgia- sobre su relación con los hombres y las mujeres que pasan por su vida, van ganando peso. Detrás de ellos, de manera explícita o velada, está siempre una ciudad que se muestra en varios momentos como una figura perdida e irrecuperable. En un pasaje, por ejemplo, mientras uno de los narradores se toma un tiempo, se lee: “Entonces me senté en la ventana y miré a Caracas hasta el atardecer, un incendio en el mar Caribe que fue muriendo tras las montañas hasta volverse una noche completa”. Alejo Vivacqua

Bogotá 39 – Nueva narrativa latinoamericana – Sigilo, 2018

Las listas y selecciones literarias siempre fueron motivo de debate. “¿Por qué está tal autor y no tal otro?”, “Ese escribió un gran libro, no entiendo por qué no está”. Frases que se pueden leer en suplementos culturales o escuchar en reuniones, pasillos de universidades, cafés. Todos los ámbitos del mundo del libro se trenzan en discusiones interminables, cada uno argumenta sobre sus favoritos, critica omisiones, lamenta ausencias. Es una polémica que no para de volver y que tuvo una de sus últimas ediciones con la selección del Bogotá39. El año pasado el Hay Festival, con la ayuda de un jurado conformado por Leila Guerriero (Argentina), Carmen Boullosa (México) y Darío Jaramillo (Colombia), eligió a los 39 mejores escritores de ficción menores de 40 años de América Latina. Esta iniciativa ya se había realizado en 2007, y aquella vez se destacaron varias jóvenes promesas del campo literario. Algunas hoy son una realidad: Alejandro Zambra o Pedro Mairal, por citar algunos. En esta nueva edición algunos de los elegidos ya son reconocidos, y no hay solamente un futuro posible de la literatura latinoamericana sino que también hay autores y autoras con un gran presente. Samanta Scheweblin y Diego Zúñiga, por ejemplo. La antología publicada en nuestro país por Sigilo contiene textos de los 39 seleccionados que sirven como una puerta de entrada para cualquier advenedizo de la literatura latinoamericana contemporánea.  Joel Vargas

Los Atrevidos. Crónicas íntimas de la Argentina, de Julián Gorodischer – Marea Editorial, 2018

En tiempos donde el periodismo haiku, notas de ínfimas líneas y poquitos caracteres son moneda corriente, Los Atrevidos es un bálsamo, un refugio en la intemperie. Este libro viene a romper con dos mitos. El primero: la muerte del periodismo. El segundo: la crónica es un género pasado de moda. Julián Gorodischer es el padre de la criatura, y la génesis de este proyecto está en su tesis de Doctorado de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires: Nueva crónica argentina. Intimidad y vida cotidiana en el periodismo narrativo (2000-2015). En el prólogo Gorodischer teoriza sobre cómo el periodismo narrativo de nuestro país ensanchó los límites de su objeto y su método y puso la bala en los intersticios de la cotidianeidad y la intimidad. Ejemplos en Los Atrevidos hay de sobra, pero con tan solo leer la crónica de Alejandro Seselovsky sobre cómo es sentirte un deportado, un paria en otro país, alcanza. Gorodischer muestra que al calor del Argentinazo nació una nueva era dorada de la palabra y la acción en el periodismo vernáculo. Hay crónicas de todo tipo: minuciosas, descriptivas, juguetonas, comprometidas. También hay perlitas como el texto firmado por Martín Rejtman (donde el escritor devenido en cineasta hace gala de su ritmo narrativo). Los Atrevidos es un dream team. Hay pesos pesados del género: Leila Guerriero, María Moreno, Martín Caparros, Cristian Alarcón, Javier Sinay, Mariana Enríquez, Cicco y siguen las firmas. Joel Vargas

 

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